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    Crítica | Suburra

    Suburra

    La gran maleza

    crítica de Suburra (Stefano Sollima, Italia, 2015).

    El Renacimiento suele identificar en nuestro imaginario el periodo histórico caracterizado por el resurgimiento de los valores de la Antigüedad, preludiando la Ilustración y reaccionando contra la oscuridad medieval. Tuvo su foco en Italia, con el comercio veneciano, el Mos italicus o las obras de Da Vinci o Miguel Ángel entre otros hitos, en una sociedad mejor preparada que otras para la emancipación del individuo… aunque caracterizada también, como recuerda el historiador George H. Sabine, por la peor corrupción política y la más baja degradación moral. Esto es algo que quedó reflejado para la posteridad en El príncipe de Maquiavelo, describiendo un estado de cosas con intenciones más científicas que moralistas, lo cual desmentiría las críticas de distorsión diabólica que se le suelen verter. Uno de los aspectos que más quebraderos de cabeza le trajo a este filósofo político, y que sin embargo se correspondía muy bien con la realidad que vivía, fue la transformación del poder de los pontífices, que abandonaron sus pretensiones de arbitrio de la cristiandad para moverse en un plano paralelo al de los demás gobernantes. En este marco llegaron también las críticas luteranas y su extensión reformista, aunque más que una voluntad de renovación eclesiástica, lo que perseguían sus defensores era perpetuar su poder frente a la amenaza imperial. En suma, el mayor cambio respecto a la Edad Media se observaría a un nivel macro, pasando de la dualidad Iglesia/Imperio a la construcción del Estado moderno; pero a un nivel micro seguirían presentes muchas de las rivalidades políticas y las injusticias sociales que entonces eran la norma y que, valga el tópico, siguen siéndolo. De hecho, rastrear estas obvias constataciones hasta la época clásica sirve para traer a colación otra contradicción de la Antigua Roma: ciudad culmen de la civilización y anticipatoria de muchos de nuestros logros, pero no exenta de crímenes y desigualdades, en particular en ese barrio suyo con tendencia a gueto llamado Suburra.

    El cineasta Stefano Sollima, junto a sus guionistas y novelistas Giancarlo De Cataldo y Carlo Bonini, retoman esta expresión para dar título a su última película, una coproducción de Netflix que anuncia una serie de la misma temática que se estrenará el año que viene. Lo cierto es que las formas se han modernizado pero el fondo nos es harto familiar: nos encontramos con una trama oscurísima de altos políticos corruptos, mafiosos nativos y extranjeros, matones experimentados y de pacotilla, e incluso el mismísimo Papa que, dos años antes de que lo hiciera Benedicto XVI, se prepara aquí para dimitir. En efecto, la historia se ambienta en noviembre de 2011, cambio de fechas que se justifica para coincidir con otra dimisión real, la de Silvio Berlusconi, con motivo de la crisis económica que entonces alcanzaba su punto más álgido en el Mediterráneo. La cinta que nos ocupa arranca con una referencia a ambas situaciones, a modo de tenebroso augurio, ya que en lo sucesivo el metraje se divide en rótulos diarios según los días que preceden al “apocalipsis”. Entretanto asistimos a las argucias paralelas que traman los jefes de la camorra, planeando convertir la costa de Ostia en un nuevo Las Vegas. Para ello deben aprobar una ley que les deje urbanizar sin trabas, y ahí es donde entra el componente parlamentario, de la mano de un diputado (Pierfrancesco Favino) adicto al sexo con prostitutas y menores. La sobredosis de una de ellas desencadena una sucesión de muertes que entrelazan los destinos de estos individuos, a cada cual más amenazante y censurable, moviéndose en una noche eterna que les permite ocultar sus actividades a los ojos de un público invisible e indignado. Una constante lluvia torrencial termina por dibujar ese reverso mucho menos conocido y turístico de la capital italiana, apenas vislumbrada en su arquetípico esplendor con unos contados planos generalísimos. Por lo demás la cámara se adentra en estancias poco hospitalarias, casi claustrofóbicas, cuando no surca la contaminación de los ríos y las costas que separan esos lugares.

    Suburra

    «La película asciende a ese nivel superior, aquel que exige contar con imágenes memorables que sinteticen los mensajes del libreto: en este caso la falsa perspectiva de un tiempo mejor para una sociedad maldecida que no puede sino ahogarse en un mar de desdicha y decadencia».


    Al sonido y al fluir del agua turbia le acompaña una omnipresente banda sonora a cargo de la banda electrónica M83, destacando su hit Outro, que suena en dos momentos clave del metraje. Uno es hacia la mitad de su transcurso, marcando un punto de inflexión ya que es cuando de verdad empiezan a torcerse los antedichos planes. En concreto, uno de los cabecillas del crimen organizado, apodado Número 8 (Alessandro Borghi), contempla tras una ventana contra la que sigue chocando la tormenta el panorama de lujo imaginario que se delinea frente a su casa, recorriendo con los dedos el vaho para diseñar esos futuros edificios. Es un intervalo que conviene detallar porque, al margen de servir como decíamos de punto de giro, es cuando la película asciende a ese nivel superior, aquel que exige contar con imágenes memorables que sinteticen los mensajes del libreto: en este caso la falsa perspectiva de un tiempo mejor para una sociedad maldecida que no puede sino ahogarse en un mar de desdicha y decadencia. Quizás la única pega es que con todos estos elementos proféticos, el clímax no tiene todo el alcance que prometía, sino que se resuelve de una forma demasiado eficiente, incluso precipitada. Es en esos instantes finales cuando vuelve a escucharse la mentada canción a modo de leitmotiv, la cual ameniza la venganza consumada por la amante de Número 8 (Greta Scarano), concluyendo así el ajuste de cuentas con coherencia aunque sin sorpresas. Pero al fin y al cabo no podía ser de otra manera. Y es que Sollima se limita a disponer de unos intérpretes convincentes que nos permitan creernos sus estereotipos, situándolos en una ambientación sui generis, podría decirse que estilizada (algo a lo que contribuye la ya comentada música), que no hace sino reforzar lo artificial de su existencia. Que el destino les haya condenado es lo que explica la previsibilidad de sus acciones. Empero esta inevitabilidad trae causa de un aliento trágico que apenas ha cambiado desde hace siglos. Y ahí es donde encontramos ese propósito más elevado que da todo su sentido a Suburra. | ★★★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Italia & Francia, 2015. Dirección: Stefano Sollima. Guion: Sandro Petraglia, Stefano Rulli, Giancarlo De Cataldo & Carlo Bonini (basado en la novela de Giancarlo De Cataldo & Carlo Bonini). Productoras: Cattleya / Rai Cinema / La Chauve Souris / Netflix. Fotografía: Paolo Carnera. Montaje: Patrizio Marone. Música: M83. Diseño de producción: Paki Meduri. Vestuario: Veronica Fragola. Reparto: Pierfrancesco Favino, Greta Scarano, Elio Germano, Giulia Gorietti, Alessandro Borghi, Adamo Dionisi, Claudio Amendola. Duración: 130 minutos.
    PÓSTER OFICIAL de SUBURRA: LINK.

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