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    Stefano Sollima
    Stefano Sollima

    Les Trois Ombres

    Crítica ★★★★ de Sicario: El día del soldado, de Stefano Sollima.

    Siguiendo las pautas lúdico-didácticas de la narrativa de Rodrigo Fresán, podríamos establecer cuatro grupos de ordenación de los hechos reales, falsos, inexactos e inmediatos. Éste, por ejemplo, sería real: la violencia del narcotráfico ha condenado a México a una situación desesperada; algo que ha sido propiciado por la forzosa salida de los cuerpos del orden para dejar el control de las calles a los líderes mafiosos. Éste otro es falso: la violencia del narcotráfico es un problema de México; si bien es su origen, uno de los países que más se “beneficia” de la droga es Estados Unidos, por lo que parecería lógico que fueran los primeros en desear acabar con el problema de raíz, en lugar de marginar a sus vecinos sureños por medio de cualquier tipo de barrera infranqueable, una solución que, además, acarrearía la necesaria formación de cárteles en territorio estadounidense para suplir la gran demanda de estupefacientes. Un ejemplo inexacto: el mundo exterior forma parte de la realidad, mientras que la mente y la imaginación pertenecen a la fantasía; aunque resulta una afirmación bastante lógica, además respaldada por algunos de los más influentes escritores y artistas de la ciencia-ficción, como J. G. Ballard, resulta hoy algo ingenua atendiendo a la inversión de papeles que sufrimos en el ámbito de la ficcionalidad y la saturación delirante que padecen los medios de comunicación, lo que difumina cada vez más o, cuando menos, desconfigura, nuestra vieja percepción de lo real. Por último, he aquí un ejemplo de lo inmediato: la realidad ha superado a la ficción; y aquí es donde entra en juego la explicación que Stefano Sollima realiza en la sublime escena de apertura de Sicario: El día del soldado. En ella, el director presenta un astuto montaje en paralelo en el que, por un lado, encontramos una denuncia al problema de la inmigración, mediante la captura de un grupo de inmigrantes tratando de entrar en territorio estadounidense, y por el otro, se muestra el origen de la xenofobia vigente en Norteamérica, donde se tiene la certeza de que todo lo que entra por la frontera mexicana lo hace con un propósito muy concreto: el terrorismo, por ello esta secuencia de captura de migrantes fronterizos contrasta con terroristas islámicos inmolándose en un supermercado. La elocuencia dramática y la excelente continuidad de planos y saltos entre escenas de esta apertura conseguirán que perdonemos alguna licencia pirotécnica posterior demasiado efectista.

    Tras este atentado, que sumergirá de forma inmediata y sin ataduras al espectador en el interior de la trama, el gobierno estadounidense se mostrará tan firme como arrogante en su irracional bravuconería, prometiendo venganza sobre un enemigo al que no duda en generalizar con la bandera de todo un país. La promesa de una justicia implacable bajando torrencialmente por afluentes teñidos con la sangre de inocentes niños y ciudadanos con la mala suerte de tener el vecino equivocado. Ésta es la imagen que la película construye de los estadounidenses, retóricamente sazonada por el tópico, de irrefutable aire primitivista, del Buen Salvaje. Se trata de una visión cliché de la ingenua Norteamérica, ignorante, despiadada y vandálica, madre de una quimérica idea de libertad que no escondía sino el poderoso germen de la incultura, como explicaba Baudrillard en El crimen perfecto. Sin embargo, ante ese despliegue de potencia militar, el resto de países evolucionados, todavía demasiado lastrados por el concepto patriarcal de poder, equivalente al de masculinidad, quedan reducidos a simples cobardes ineficaces, muy preocupados por entender la naturaleza de lo posmoderno que, sin ninguna duda, fue creado por los yanquis y su sacralización de la cultura pop. Estados Unidos funciona, pues, como el espejo de un futuro próximo en el que se miran el resto de civilizaciones de primer orden. Por ello, el arte, la moda, la gastronomía, las finanzas… todo tiene su origen en esa Nueva York que funciona como la capital mundial del posmodernismo, tanto para lo bueno como para lo malo, de ahí que la caída de las Torres Gemelas supusiera un doloroso coming soon del 11M madrileño, la caída de Charlie Hebdo, la matanza parisina de noviembre de 2015, el 22 de marzo en Bruselas, el 14 de julio de 2016 en Niza o las funestas navidades negras de Berlín 2016, entre muchos otros. A pesar de que todos los líderes gubernamentales han señalado muy a la ligera y sin titubeos a un gran enemigo oculto bajo las siglas de ISIS, la realidad es mucho más compleja que la sencillez con la que todos apuntan, haciendo alarde de una gran moral y sentido de la justicia, a lo que consideran el mismo origen de todos los problemas del mundo, disfrazados de Santa Teresa y guiando al pueblo, con sus dedos incorruptos, hacia la instauración de un odio endémico.

    por Alberto Sáez Villarino
    julio 12, 2018

    Crítica | Sicario: Día del soldado

    por Alberto Sáez Villarino | julio 12, 2018
    Suburra

    La gran maleza

    crítica de Suburra (Stefano Sollima, Italia, 2015).

    El Renacimiento suele identificar en nuestro imaginario el periodo histórico caracterizado por el resurgimiento de los valores de la Antigüedad, preludiando la Ilustración y reaccionando contra la oscuridad medieval. Tuvo su foco en Italia, con el comercio veneciano, el Mos italicus o las obras de Da Vinci o Miguel Ángel entre otros hitos, en una sociedad mejor preparada que otras para la emancipación del individuo… aunque caracterizada también, como recuerda el historiador George H. Sabine, por la peor corrupción política y la más baja degradación moral. Esto es algo que quedó reflejado para la posteridad en El príncipe de Maquiavelo, describiendo un estado de cosas con intenciones más científicas que moralistas, lo cual desmentiría las críticas de distorsión diabólica que se le suelen verter. Uno de los aspectos que más quebraderos de cabeza le trajo a este filósofo político, y que sin embargo se correspondía muy bien con la realidad que vivía, fue la transformación del poder de los pontífices, que abandonaron sus pretensiones de arbitrio de la cristiandad para moverse en un plano paralelo al de los demás gobernantes. En este marco llegaron también las críticas luteranas y su extensión reformista, aunque más que una voluntad de renovación eclesiástica, lo que perseguían sus defensores era perpetuar su poder frente a la amenaza imperial. En suma, el mayor cambio respecto a la Edad Media se observaría a un nivel macro, pasando de la dualidad Iglesia/Imperio a la construcción del Estado moderno; pero a un nivel micro seguirían presentes muchas de las rivalidades políticas y las injusticias sociales que entonces eran la norma y que, valga el tópico, siguen siéndolo. De hecho, rastrear estas obvias constataciones hasta la época clásica sirve para traer a colación otra contradicción de la Antigua Roma: ciudad culmen de la civilización y anticipatoria de muchos de nuestros logros, pero no exenta de crímenes y desigualdades, en particular en ese barrio suyo con tendencia a gueto llamado Suburra.

    El cineasta Stefano Sollima, junto a sus guionistas y novelistas Giancarlo De Cataldo y Carlo Bonini, retoman esta expresión para dar título a su última película, una coproducción de Netflix que anuncia una serie de la misma temática que se estrenará el año que viene. Lo cierto es que las formas se han modernizado pero el fondo nos es harto familiar: nos encontramos con una trama oscurísima de altos políticos corruptos, mafiosos nativos y extranjeros, matones experimentados y de pacotilla, e incluso el mismísimo Papa que, dos años antes de que lo hiciera Benedicto XVI, se prepara aquí para dimitir. En efecto, la historia se ambienta en noviembre de 2011, cambio de fechas que se justifica para coincidir con otra dimisión real, la de Silvio Berlusconi, con motivo de la crisis económica que entonces alcanzaba su punto más álgido en el Mediterráneo. La cinta que nos ocupa arranca con una referencia a ambas situaciones, a modo de tenebroso augurio, ya que en lo sucesivo el metraje se divide en rótulos diarios según los días que preceden al “apocalipsis”. Entretanto asistimos a las argucias paralelas que traman los jefes de la camorra, planeando convertir la costa de Ostia en un nuevo Las Vegas. Para ello deben aprobar una ley que les deje urbanizar sin trabas, y ahí es donde entra el componente parlamentario, de la mano de un diputado (Pierfrancesco Favino) adicto al sexo con prostitutas y menores. La sobredosis de una de ellas desencadena una sucesión de muertes que entrelazan los destinos de estos individuos, a cada cual más amenazante y censurable, moviéndose en una noche eterna que les permite ocultar sus actividades a los ojos de un público invisible e indignado. Una constante lluvia torrencial termina por dibujar ese reverso mucho menos conocido y turístico de la capital italiana, apenas vislumbrada en su arquetípico esplendor con unos contados planos generalísimos. Por lo demás la cámara se adentra en estancias poco hospitalarias, casi claustrofóbicas, cuando no surca la contaminación de los ríos y las costas que separan esos lugares.

    por Ignacio Navarro
    octubre 02, 2016

    Crítica | Suburra

    por Ignacio Navarro | octubre 02, 2016

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