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    Crítica | Oasis: Supersonic

    Oasis: Supersonic

    Auge y decadencia del Imperio Oasis

    crítica ★★★ de Oasis: Supersonic (Mat Whitecross, Reino Unido, 2016).

    La historia de Supersonic es la historia actualizada, sin gore ni moralina, de Caín y Abel. Si se quiere una parábola homologable a los designios no poco prefabricados del último rock 'n' roll, el de los 90, según la cual los protagonistas —dos hermanos aparentemente humildes— exprimen una batalla de egos hasta convertirse, apenas veinticuatro meses después de su loado debut con Definitely Maybe, en aquello que tanto odiaron con tanta vehemencia: el quincuagésimo punching ball de tabloides amarillistas como News of the World (también conocido en su día con el sobrenombre de News of the Scripts, esto es, Noticias de Polvos) o The Sun, entre otros mugrientos escaparates que, conviene recordarlo, alimentaban el mito publicitario de Oasis: «La mejor banda inglesa post-Beatles». Poca cosa, ¿verdad? Así, a un lado, tenemos al hermano mayor (en realidad el segundo hijo, tras el nacimiento del segundón Paul, de los irlandeses Peggy y Tommy Gallaguer, con adosado en Longsight, una de las zonas más desfavorecidas de Manchester). Noel se llama el muchacho, que toca la guitarra y gusta de economizar la conversación. Tranquilamente se encierra en su dormitorio y, entre riff y riff rapiñado a los clásicos, fuma marihuana. Las imágenes, fotos y vídeos de innegable valor documental, muestran a un joven que se lanza a la aventura de las giras en furgoneta con los Inspiral Carpets en calidad de técnico, roadie o, por recurrir a la jerga, pipa que sonríe como Gioconda. Atrás deja Manchester por un tiempo, si bien con algún trauma en la mochila, para volver casi un año más tarde. A su regreso, descubre que su hermano pequeño, Liam, ese «perro necesitado de atención», ha formado un grupo del que es cantante y líder (in)discutido. Y, al parecer, no canta del todo mal. Aunque según Noel, lo único que sucede es que «él tiene mejor voz, sí, pero en realidad yo canto mejor».

    Ya hemos dicho que la de los Gallaguer es una historia con sabor a Escritura Sagrada/Profana*, por decirlo así, en la que poco a poco el nervio, inflamado, convierte el asunto en un cliché artístico-fraticida. El periodo vertiginoso que dista entre la publicación del primer disco y el segundo, (What's the Story) Morning Glory?, sirve para aumentar aún más las diferencias de criterio y ahondar en la mala relación de los Gallaguer, dos pitbulls chic especializados en la boutade y la provocación sarcástica al periodista. Son años de fiebre y conquista del mercado internacional. Algunos no soportan el ritmo ni el clima abyecto en la carretera. Noel decide prescindir del baterista fundacional, Tony McCarroll, porque, según dice, no está al nivel que precisa la ejecución de las nuevas canciones. O eso, o le cae muy mal. Entre tanto también el primer bajista, Paul Guigsy McGuigan, decide apearse del rock and roll train. Así, la película —dirigida por el solvente Matt Whitecross y agraciada con la vitola de los productores de Amy— deja entrever las contrariedades con que Liam afronta estas deserciones más o menos predecibles, aunque no escarba demasiado en las razones. Quizá porque nadie podrá saber nunca cuáles fueron los motivos auténticos de unos y otros. Al fin y al cabo forma parte de su mitología: el humo y la leyenda como fieles catalizadores de un fenómeno fan difícilmente repetible. Los recambios no se demoran, si bien en algún caso concreto —como el del baterista Allan White— tampoco será definitivo. El documental abunda en testimonios (ahí quedan las palabras de Peggy, la madre orgullosa y siempre escéptica ante la espuma del éxito, o las consideraciones de Alan McGee, factótum del sello discográfico Creation Records que reclutó a los Oasis tras una actuación en Glasgow, adonde habían llegado gracias a otro grupo amigo formado íntegramente por chicas) y sintetiza con audacia el camino que los condujo al imponente recital que ofrecieron en 1996 en Knebworth ante doscientos mil fans. La cumbre de su trayectoria, apenas tres años después del comienzo. Buenas y malas noticias, pues como ellos mismos aducen —siempre en off—, luego de aquel hito sólo podía surgir frustración. Y la promesa del futurible recordatorio audiovisual. Un documento éste, Supersonic, que ha de entenderse no sólo a la manera de una sutil hagiografía (me pregunto por qué nadie menciona la posible influencia del punk setentero británico o el innegable legado del sello Factory y su new wave, o, puestos a rogar, ¡tan solo algún influjo exterior! Porque, ¿de dónde han salido sus melodías? ¿Acaso se formaron musicalmente por ciencia infusa?) sino también como una especie de precuela consentida a ese otro documental revelador, pero también muy autorizado por los jueces Gallaguer, que es Lord Don't Slow Me Down. Whitecross hace un alto en el camino y nos pone en onda: al abuso de alcohol se unieron por algún tiempo otras adicciones tanto más erosivas y a corto plazo perjudiciales. Liam se aficionó a la metanfetamina. Sus días duraban setenta y dos horas. Y su hermano lo contemplaba igual que al excéntrico del Kilómetro 0 un sábado por la noche; mientras el pasado, como en las malas películas, volvía en forma de padre reclamando su minuto de gloria y cariño de a mil libras la muestra. Ese padre padrone que años atrás les pegaba palizas a Noel y a la madre de sus hijos, ahora estrellas del rock que lo mandan a paseo, de tacón, ignorándole la existencia como Redondo a Berg en Old Trafford. Un buen recuerdo para dos hinchas del City que se jactan de su estilo insuperable. Que se oye, se ve y se padece, con agrado, en Supersonic.

    *Bonus track: Una tarde, mientras grababan su disco (What's the Story) Morning Glory?, Liam y Noel empezaron a discutir. Liam había aparecido en el estudio borracho y con varios amigos que entorpecían el correcto desarrollo de la sesión. En un momento de la pelea, a puñetazos, Noel cogió un bate de críquet y golpeó a Liam en la nuca. Jamás han vuelto a estar tan cerca de convertirse en personajes bíblicos.


    Juan José Ontiveros
    © Revista EAM / Madrid


    El fulgor efímero

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