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    Mostra de Venecia 2016 (V) | Críticas: El ciudadano ilustre / Hacksaw Ridge / La región salvaje / Réparer les vivants / David Lynch: The Art Life

    Mel Gibson en Venecia

    De ídolos, placer y monstruos

    Crónica de la quinta jornada de la 73ª edición de la Mostra de Venecia.

    Hoy era un día de expectativas en la Mostra, muy especialmente a razón de la última película de Mel Gibson, que los medios americanos ya se han apresurado a citar como el ‘comeback’ que el director necesitaba. Sin llegar a ser del todo unánime, es curioso que la doble moral del realizador no haya llamado lo más mínimo la atención de sus compatriotas periodistas, raudos en calificar Hacksaw Ridge (30/100) como una trepidante obra pacifista que hará olvidar todos los pecados de su creador. Pero lejos de chovinismos idolatrados, el resultado que obtiene Gibson viene trazado por una mirada estrábica que, tan pronto canoniza a su protagonista, un soldado paradigmático que reniega del uso de las armas, como se regodea salvajemente en la ferocidad idiosincrática del ejército estadounidense. El resultado final se asemeja bastante a Más allá de la cúpula del fracaso (Beyond Blunderdome, Los Simpsons. Temporada 11, capítulo 227, 1999), episodio en el que Homer y Mel formaban equipo para convertir un inocente remake en un caótico festival de sangre abocado al fracaso. Un producto tan incongruente y encomiástico de la falaz coartada militarista americana que hace incomprensible muchas de las muestras de apoyo surgidas tras el estreno, donde pudimos ver a un esforzadísimo Andrew Garfield defendiendo a corazón abierto el sacrificio familiar y patriótico con algo tan contradictorio como el pacifismo armado. Al margen de su contradictoria fachada y su frenético avance narrativo, tan violento como descarnado, es evidente que el director no ha sabido (como de costumbre) escapar de la estructura clásica y poco inspirada del biopic bélico-romántico a la que nos tiene acostumbrados, con un primer acto más pausado y un segundo mucho más entregado la hipertrofia audiovisual.

    Poco después Mariano Cohn y Gastón Duprat consiguieron relajar a la platea gracias a las risas provocadas por la argentina El ciudadano ilustre (65/100), una sátira sobre la cultura, el orgullo artístico y las raíces que dividía a la crítica española; escuchándose en los espacios comunes una gran diversidad de opiniones entre los que la consideran demasiado amable y otros que la ven incluso televisiva. Cierto es que la estética planteada por los directores resulta alarmante, tanto por su insustancialidad dispositiva, como por el hecho de que no se aprecien en ningún instante esfuerzos por corregir esta situación; cediendo así todo el peso narratológico al guion, un libreto ácido y demasiado consciente que, pese a no dar lugar a equivocaciones argumentales o giros inesperados, funciona desde su cómica sencillez y su ingenuidad. En él se narran las vicisitudes de un escritor que, habiendo alcanzado la cima de su éxito ganando el Premio Nobel, decide tomar una arriesgada decisión regresando a su ciudad natal tras más de cuarenta años ausente. En casa, tendrá que hacer frente a la brutalidad provinciana y a ese malsano ambiente de habladurías, cotilleos, rumores y suspicacias propio de las pequeñas poblaciones donde todos los vecinos se conocen y no terminan de sentirse cómodos con la llegada de exiliados capitalinos, considerados como seres hostiles que amenazan con destruir el ecosistema de apacible rutina construido de forma tan metódica. Los prejuicios y resentimientos del retornado siempre han sido un buen tema de discurso en el cine y es una de las bases que maneja el filme de Cohn-Duprat. Tanto tiempo ausente borra las huellas que dejaron conversaciones, muchas de ellas inconclusas, que terminarán por perseguir al protagonista a lo largo de los cinco capítulos que componen esta película, jugando con los sentimientos del espectador al enfrentar al héroe a sus propias miserias y sacándole de su zona de confort. Un protagonista que renegará de su cuna, pero no dudará en aprovechar los momentos de inspiración y fuerza creativa que emanan salvajes de los recuerdos que le atormentan.

    La región salvaje
    LA REGIÓN SALVAJE de Amat Escalante.

    Entre recuerdos se mueve también David Lynch: The Art Life (70/100), un documental de Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergard-Holm destinado sobre todo a los amantes incondicionales del cineasta. El filme se compone por devaneos de su vida familiar y sus primeras creaciones, perturbadores dibujos que sirven de fondo a un relato con voz en off con el que, el propio Lynch, recorre su infancia y su juventud hasta el comienzo de su carrera cinematográfica, incidiendo en la relación con su madre, su padre y su primera mujer, y en cómo a raíz de esta se produjo su despertar artístico. Por supuesto, la perspectiva en primera persona que otorga el narrador, protagonista y omnisciente, es definitiva a la hora de restar objetividad a la mirada, y esto se hace ostensible en la clara visión parcial y selectiva que se lleva a cabo, en la que solo se muestra aquello que ha pasado por el riguroso filtro del surrealista realizador. Es, por tanto, una obra para perderse en las palabras del cineasta, en el recital monótono (Lynch no destaca precisamente como cuentacuentos) de un director que ya se sabe en el ocaso de su vida creativa y que ha decidido abrir las puertas de su hogar a unos cineastas que le han sabido tratar con respeto y han creado un retrato que no busca la investigación ni el estudio, sino el simple hecho anecdótico del alumno que rinde un sentido tributo a su admirado maestro, un homenaje que abarca la práctica totalidad artística de Lynch, y que va desde cuadros que juegan con materiales, texturas, formas y colores diversos, a sus primeros cortos realizados en el contexto de una inminente paternidad que condicionaría su mirada desde el principio. Algo que queda patente desde la génesis de Cabeza borradora, donde el expresionismo de sus formas dejaba relucir los mecanismos de interpretación de una mente brillante como ningún texto o mensaje pudieron lograrlo. Entre esta cita con Lynch, el estreno de Gibson y las sonrisas de El ciudadano ilustre, la azucarada amabilidad de Katell Quillévéré en Réparer les vivants ha sido recibida con una indeseable indigestión. Tras un comienzo poderoso y prometedor, con unos evocadores y refrescantes planos de surferos adolescentes “on the road”, la cinta se desinfla degenerando en un mal anuncio sobre la donación de órganos que olvida a sus personajes en detrimento de un mensaje tan bienintencionado como forzado en su ejecución. En su conjunto, el filme nos habla de los anhelos, los recuerdos y los temores de sus malogrados protagonistas haciendo gala de un título que pide que celebremos a los vivos a través de lo que los muertos nos conceden.

    Propuesta fugaz que se ha evaporado con la imponente apertura de lo último de Amat Escalante, todo un meteorito gravitatorio que ha estallado inesperadamente en una obra tan sorprendente como arriesgada, a mitad de camino entre el realismo social costumbrista y la ciencia-ficción más deudora del mismísimo Lovecraft. Lo que empieza citándose como un símbolo metafórico de las interrelaciones entre un médico y una de sus pacientes, acaba adquiriendo unos tintes fantásticos que se convierten en el eje central de la trama, superando así las apuestas iniciales que posicionaban ese arranque en la categoría de mero macguffin. La región salvaje (75/100) comienza de manera muy poderosa y sugerente, abriendo un misterio que engancha hasta sus últimas consecuencias para, poco a poco, ir dosificando la intensidad en los actos y palabras de sus personajes, todos ellos necesitados de un placer que no logran saciar por completo. Escalante se obsesiona con la idea del sexo como necesidad indispensable para encontrar la felicidad. Una vez ha mostrado sus cartas, no tarda en incidir en el tema de la adición y el abuso como los componentes perniciosos que derrumban ese insólito camino para alcanzar la realización personal. Por desgracia, en el tramo final, al mexicano se le va un poco la mano en su reparto gradual de la tensión, y logra que los explícitos planos den lugar a una sobreexposición irrisoria y muy poco verosímil que da al traste con la gran construcción inicial, algo que ha originado la diversa reacción del respetable, cerrando el pase tanto con aplausos entusiastas como con abucheos puntuales. Desde luego, no dejará indiferente y su valentía es tal que entra desde ya en el listado de lo más estimulante que nos ha deparado todo el programa oficial de la Mostra.


    Gonzalo Hernández Espinosa
    © Revista EAM / 73ª Mostra de Venecia


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