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    Breve historia de siete asesinatos, Malpaso Ediciones

    Marlon James

    La dentellada del 'buffalo soldier'

    crítica de Breve historia de siete asesinatos de Marlon James.

    «Escuchen», nos previene una voz nada más descorrer el telón, o mejor dicho abrir una puerta con goznes dorados en la que previamente hemos leído dos versos de Bonnie Raitt («Gonna tell the truth about it. / Honey, that's the hardest part.»), «los muertos no paran de hablar». Una o dos frases que concentran y sintetizan, como la voz del bardo al calor de una hoguera Dios sabe dónde, el argumento que viene a desangrarse desde ese mismo aserto con que Sir George Arthur Jennings urge a transformar los ojos en orejas, es decir, a escuchar en tanto leemos las ochocientas páginas de Breve historia de siete asesinatos; título irónico que, bien leído, quizá no lo sea tanto: cierto es que toda historia bien narrada supone apenas una interferencia en la señal colectiva. De ahí la "fugacidad", y la violencia, con que Marlon James (Kingston, 1970) sacude los músculos del lector que se decida a escuchar atentamente. A escuchar, ojiplático, a los muchos oradores que se turnan para contarnos sus vidas, cuál fue su posición en aquel berenjenal en torno al Cantante, nombre en código (para no eclipsar a los verdaderos protagonistas) de Bob Marley, y qué hacían en la llaga de efervescencia sociopolítica, y a quién o quiénes, casi nunca por qué, les colocaron la fuca en la cabeza, cuando no directamente les pegaron un tiro porque, en fin, así funcionaba el negocio entonces: los rastas jaleaban su reggae incendiario, Get Up, Stand Up y ese rollo mesiánico con aroma verde y demás tópicos tumefactos, mientras el poder seguía decidiendo a capricho.

    Nada bueno podía brotar de aquella Copenaghen City enferma hasta las cachas. Una vez más: «Escuchen». Y lean. Sobre todo si el narrador es el joven Bam-Bam, cuya presentación ya en el primero de los cinco episodios que componen esta novela («Los chicos de la vieja escuela. 2 de diciembre de 1976», «Emboscada en la noche. 3 de diciembre de 1976», «Baile de sombras. 15 de febrero de 1979», «Rayas blancas / Los chicos de América. 14 de agosto de 1985», «La muerte del hijo. 22 de marzo de 1991») equivale por así decirlo al mejor de los palos en las costillas. «La locura —dice Bam-Bam— es ir andando por una calle elegante y ver a una madama vestida a la última moda y que entren ganas de embestirla y jalarle el bolso, aunque está claro que lo que quieres en veldá, veldá, no es el bolsito ni el dinero; es que la madame grite cuando vea que te le tiras directo a chuparle la bembita pintá, y quitarle la cara esa de contenta de un bofetón y sonarle un puñetazo en to el ojo que la deje bizca, jodida, y matarla allí mismo y violarla antes o después de descojonarla porque es lo que los pandilleros les hacemos a las mujercitas decentes como ésas». Un mazazo extrañamente sedante, sin giros poéticos ni esos adornos de novela hardboiled más preocupada por convencer que por remover tripas. El episodio donde la prosa de James, burbujeante y sincopada, produce a través del relato en primera persona de Bam-Bam una suerte de fascinación por el baile de cuchillos y ese horror doméstico cuyo final es tan solo el pistoletazo de salida a otra historia que bifurca, sí, hacia lo insondable del suburbio. Jamaica y su jungla de personajes malhablados que hablan sin freno, a veces de manera inteligente y otras no, es decir, como hablamos nosotros: modulando mal que bien el registro según el contexto, y regalando exabruptos a un diccionario todavía por inventar; un poco a la manera kitsch, histriónica, de Quentin Tarantino y sus entrañables bastardos, nazis o no. Más o menos así. No obstante con el dominio del tempo oral propio de una geografía, la caribeña en idioma inglés, que traducida en primera instancia al español por Javier Calvo, y convertida finalmente al dialecto cubano por Wendy Guerra, confiere a esta impecable edición de Malpaso el estatus de resistencia silenciosa frente al avance de las traducciones asépticas, cada vez más fosilizadas, sin capacidad para dar cobijo al matiz diatópico, en detrimento de otras (en realidad no sé hasta qué punto ha podido favorecer o adulterar dicha inclinación cubana terruñera) que hurgan y exploran diferentes posibilidades, lanzándose finalmente a una piscina con el fondo a muchas leguas.



    Síncopa y apócope, rugido y leyenda


    Leí hace no mucho una entrevista —disponible en El País— en la que Marlon James asegura que su trabajo es «describir de igual manera un tiroteo que un beso». Bonita manera de ganarse un titular no poco romántico. Aunque la analogía, sobra decirlo, tiene muchas lecturas posibles. Todas ellas concernientes al trabajo del escritor, supongo. Ninguna aplicable a la realidad, o no a esa realidad cotidiana que experimentan el 99,9% de los trabajadores. Salvo que gustemos de comparar la violencia de ciertos labios con un tiroteo de alto calibre en la casa del Cantante en Hope Road apenas dos días antes de que este ofreciera un multitudinario concierto por la paz en el Parque de los Héroes Nacionales de Kingston, en medio de una conjura política diseñada por la CIA y sus machacas jamaicanos, algunos de ellos narcotraficantes con vitola de golpistas anfetamínicos, para intentar con la connivencia del JLP (Partido Laborista de Jamaica) derrocar al gobierno electo del PNP (Partido Nacional del Pueblo). Y aquí, unos cuantos erraron el tiro. O no supieron rematar al bulto. El 3 de diciembre de 1976, varios hombres irrumpieron en la casa-estudio del Cantante y dispararon a todos los presentes, incluidos su mujer, Rita Anderson, y su mánager, Don Taylor, quienes pudieron recuperarse del ataque a quemarropa pero difícilmente del susto. Lideraba la operación una de las grandes voces de esta novela a caballo entre la crónica gonzo y el realismo sucio de un beatnik en camisa de tirantes y chancletas, o más bien deportivas roídas, cuya diana —un pecho evacuando aire— quiso milagrosamente sobreponerse al impacto del plomo. No faltan actores, a cual más pintoresco, ni la subjetiva introspección del lenguaje marginal: Papa-Lo, Barry Diflorio, Nina Burgess, Demus, Alex Pierce, John-John K, Llorón, los ya mencionados Bam-Bam y Josey Wales, Kim Clarke, Dorcas Palmer... todos ellos, junto a segundas guitarras tan profesionales como Dr. Amor, componen de una manera u otra el breviario de una época torrencial que extendió su huella no sólo en el tiempo (la historia amalgama casi tres decenios) sino también en el espacio, pues los tentáculos del narcotráfico en Jamaica llegarían poco después al Bronx, en el norte de Nueva York, donde aterriza retóricamente Marlon James desatando una tormenta de consecuencias insospechadas y, sin embargo, muy familiar para entonces.

    Escribir como una incursión antropológica hacia el corazón de las tinieblas. Tal es el objetivo —o tal es mi intuición— de Marlon James, irradiar a fogonazos una supervoz de gente condenada a la violencia, a la vejez prematura, a la muerte arbitraria, a la enajenación de una guerra interminable que jamás es declarada, y por tanto nunca terminará en paz; porque tampoco nadie tiene muy claro a quién abatir, o, peor aún, quién será el propietario del flamante nuevo agujero junto a la carretera. Escritor radicado en Minneapolis que firmó esta, su tercera obra, para a continuación recoger el premio Booker 2015 y consagrarse como uno de los mayores talentos inconformistas a punto de rebelarse contra ¿sí mismo?, James saluda aquí con artillería pesada y diálogos envolventes que, en ocasiones, bien sucumben a su propia brillantez, bien a sus piruetas de trapecista entre dos ejes que producen una extraña fusión: la del registro vulgar, ampliamente dominado por el autor, y el estándar con jerigonza más o menos funcionarial al que recurren ciertos personajes y que podría, si no abrumar, sí confundir al lector más gandul. Ni tan siquiera un asterisco, aun así. Pocas veces un escritor contemporáneo (a la sazón discípulo oficioso de su querido y estilísticamente afín James Ellroy, pero también de los post-irónicos Thomas Pynchon y Don Delillo) ha logrado ensartar con semejante eficacia la mentira en la verdad del hecho histórico, si bien desempolvado con las técnicas de un nuevo periodismo que flirtea a dos bandas como un timador en busca de su golpe maestro. Así, Breve historia de siete asesinatos muestra sin duda a un narrador proteico y llamado a empresas todavía más redondas, quizá el punto de ebullición creativa, casi inefable, que separa el virtuosismo polifónico de la excelencia absoluta.

    A Brief History of Seven Killings, Estados Unidos, 2014. ISBN 978-84-16420-16-2. 800 páginas. Tapa dura. 14x21cm. Traducido por Javier Calvo.
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