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  • Malas calles.
    «Good Time», de los hermanos Safdie.

    Down by Earth.
    «Song to Song», de Terrence Malick.

    Dos ventanas al vacío.
    «A Ghost Story», de David Lowery.

    Loyal to the nightmare of my choice.
    «Dunkerque», de Christopher Nolan.

    Sensualidad praxiteliana.
    «Call me by your name», de Luca Guadagnino (Próximamente).

    Festival de Karlovy Vary 2016 | Día 5. Críticas: Waves / By the rails

    El equipo de By the rails en el KVIFF

    Frémaux al rescate

    Crónica de la quinta jornada de la 51ª edición del Festival de Karlovy Vary.

    Termina el pase de prensa de la última cinta de Cătălin Mitulescu, By the rails. Independientemente de su valor cinematográfico, se trata de la enésima demostración de hieratismo gestual y semántico tan proclive en Karlovy Vary. El público sale con la cabeza gacha, aturdido; incapaz de formular una opinión categórica. Cuestiones tales como ¿La he visto antes? O peor ¿La he visto hace un par de horas? Se sincronizan extramuros. Pero en el interior, el asunto ya ofrece una avanzadilla con numerosas miradas al reloj, chivadas por el chirriar de los asientos, y los ya habituales ronquidos. El periodista checo tipo supera la mediana edad con creces y su vista suele superar el marco de la pantalla y situarse en el techo más de lo apetecible para sus parteners de butaca en al menos tres puntos cardinales. También son esos señores y señoras que puntúan a todas las creaciones de su país con cinco hermosas estrellas. Entre ellos, se mezcla el resto de la prensa internacional que este año ha aumentado su número considerablemente, con la participación de medios como Indiewire, The Playlist o The Hollywood Reporter. El KVIFF quiere expandirse y abrir sus horizontes al mercado estadounidense tal como hace el Festival de Locarno en agosto. Y si el magnetismo no llega con el cine, que sean las fiestas las que tomen el relevo. Las hay épicas, como las organizadas por Variety, Sundance y HBO (que este año ha facturado miniserie checa). Obligada cita para aquellos que buscan El Contacto o simplemente conocer las delicias de una ciudad con muchas alternativas. Pero, no nos desviemos. Hablábamos de la homogeneidad de las secciones principales, con la Competición e East of the West como estandartes. Hay que matizar que esta 51ª edición la sección oficial sube su calidad. Al menos a nivel general. Empero no lo suficiente para utilizar calificativos grandilocuentes. Y más cuando llegan al rescate propuestas de otras secciones. Este año hay nueve filmes que lucharon por la Palma de Oro del Festival de Cannes. El público lo sabe, y lo demuestra con grandes colas en cualquier sala. Sucedió con Jim Jarmusch y su Paterson y ayer con Park Chan-wook. The Handmaiden es un vigoroso exceso de más de dos horas y media que mantiene el interés hasta el final. Con el fundido a negro, los integrantes de la platea se miraban absortos. Algunos con gesto desencajado, otros eufóricos. El crítico sénior de Indiewire David Erlich comentaba en los aledaños que era «Porno absoluto para los seguidores de Park Chan-wook y, para los infieles, solo Porno». The Handmaiden no deja indiferente. Y al final eso es el cine: experiencias, recuerdos y, si es posible, opiniones. Solo hay algo mejor que ver cine: hablarlo. 

    A propósito de la notable The Handmaiden, Alberto Sáez Villarino le dedicó unas palabras tras su estreno en el Festival de Cannes: «[...] Utilizando la novela Fingersmith, de Sarah Waters, el realizador coreano se reivindica en su estatus trasgresor al adaptar a una de las escritoras contemporáneas más representativas de la ficción homosexual. El estilo de Waters, cercano por ineludible influencia al de James e incluso al de Goethe, se aprecia con facilidad en las relaciones entre los protagonistas y las exageradas manifestaciones sentimentales que se producen entre ellos. Park trata de desnudar a sus personajes de manera alegórica mediante el estudio del rostro y sus variaciones al enfrentarse a diferentes situaciones; con un estilo analítico similar al usado en 1688 por Jean de La Bruyère en su obra Les Caracteres ou les Moeurs de ce siècle, el coreano se acerca a la fisiognomía de sus protagonistas y los lleva al extremo de su resistencia psíquica y física por medio de una trama brutal que no da lugar a treguas, un romance que dejará al descubierto, no sólo el desnudo alegórico que comentábamos, sino también el físico y glorioso de sus protagonistas en un acercamiento a esa “pequeña muerte” que comentaba Bataille en su obra, Las lágrimas de Eros. Estructurada en tres partes, la cinta avanza sustentada por las diferentes perspectivas cambiantes de las dos protagonistas principales, quienes juntarán sus voces para componer una narración, que pasará de la objetividad inicial a la completa omnisciencia conforme nos acerquemos al final. Sin miedo a recrearse en los detalles, el ritmo será tranquilo en todo momento mientras va desenmascarando las claves de una trama que utiliza las analepsis de un modo francamente asombroso. De los flashbacks introspectivos de las protagonistas volveremos al presente fílmico, y de éste retrocederemos hasta el principio de la historia para, entonces, volver a contarla de nuevo desde otra óptica mucho más abierta. Las transiciones entre escenas se realizan con la misma delicadeza con la que las protagonistas acarician sus apolíneos cuerpos inmaculados. se alcanza, a partir de la segunda parte, un paroxismo apasionado inigualable, la pantalla es una fuente de erotismo y sensualidad fundamentada en lo detallista y sensual de la violencia carnal. El hombre, despiadado, lascivo, sexualmente corrupto y disfuncional, sólo busca el estudio de la estimulación concupiscente y su comercialización provechosa; la mujer, representación de la belleza perfecta, la pura voluptuosidad y la irresistible sexualidad, perseguidora incansable del sentimiento placentero y la estimulación sensorial; ambos bandos quedarán enfrentados en un violento juego de traiciones lujurioso, grotesco y extremadamente sensual. Las escenas de sexo, como no podría ser de otra manera, son rodadas con perfecta naturalidad y desinhibición carnal absoluta, una maravillosa forma de expresión erótica que nos conduce a un desenlace perfecto en el que el director fundirá, con una brillantez inenarrable, placer y dolor en un volcán de pasión, un yin yang homogéneo que absorbe la causa de la violencia para transformarla en una explosión de gozo». No hay lugar a dudas. Otra de las películas del año.

    Waves

    WAVES

    Fale, Grzegorz Zariczny, Polonia, 2016 / COMPETICIÓN.

    El joven cineasta polaco Grzegorz Zariczny se dio a conocer hace cuatro años al conseguir el Gran Premio del Jurado al mejor cortometraje del Festival de Sundance con El silbato (Gwizdek, 2012), la historia de un modesto árbitro de Cracovia del que sus familiares esperan una vida más sosegada y estable. Para su debut en el largometraje, Zariczny retorna a la capital del voivodato de la Pequeña Polonia para dibujar un coming of age al uso pero con algún descubrimiento interesante. El filme narra la relación entre Ania y Kasia, dos aspirantes a peluqueras cuyo estado familiar dista de ser el ideal. Kasia es bastante aplicada y tiene talento con las tijeras. Fuera de la peluquería en cambio convive con un novio bastante perdido, que ocupa su tiempo hurtando o de fiesta en la noche del extrarradio cracoviano. Por otra parte, Ania no tiene la destreza de su nueva amiga y se conforma con aprobar con la nota más baja. Ania vive en un piso con un padre que aún no ha superado la ruptura de su matrimonio. Con este punto de partida, Zariczny nos presenta un escenario deprimido, caracterizado por la resignación de sus habitantes. Si los adultos navegan por el tedio y la depresión como consecuencia de vidas desestructuradas, los jóvenes lo hacen a la deriva, sin ninguna motivación que les espolee. Un estado de parálisis que en una escena del largometraje el realizador plasma con la llave inmovilizadora que le aplica el padre de Ania a su hija. Ambos aguantan el gesto, casi inertes. Su relación es un témpano, basada en la incomprensión. Por suerte, Ania tiene a Kasia y Kasia tiene a Ania. Una amistad para quebrar la monotonía, una devoción con la que Zariczny juega al despiste, apostando por la ambigüedad con resultado positivo. Waves es una cinta bien interpretada y con una factura técnica notable que contextualiza una vez más el anquilosamiento emocional de las clases bajas de Centroeuropa. Y remarca, con varias secuencias del cariño a perros por parte de sus dueños, la falta de comunicación entre las nuevas generaciones. Estas se encuentran muy lejos en esa ola llamada existencia. Con ello, su futuro se encuentra tras el paisaje que enmarca la metafórica rampa de skate que funciona como centro dramático de la película de Zariczny. El Capitulismo hace tiempo que engulló a la persona (65 de 100).

    By the rails

    BY THE RAILS

    Dincolo de calea ferata, Cătălin Mitulescu, Rumanía, 2016 / COMPETICIÓN.

    Era una de las cabezas de cartel de la sección oficial por nombre, pero también teníamos el sobreaviso de su errático paso (comercial y crítico) por la cartelera rumana. Cătălin Mitulescu, firmante de títulos como Loverboy (2011, seleccionada en Un Certain Regard de Cannes), Cómo celebré el fin del mundo (Cum mi-am petrecut sfarsitul lumii, 2006) y Trafic (Palma de Oro al mejor cortometraje en 2004), es el miembro de la Nueva Ola de Cine Rumano que todavía no ha superado la etiqueta de promesa. A la sombra de Mungiu, Puiu, Serban, Muntean o Porumboiu, no ha cumplido las expectativas que supuso el impacto en Cannes de su primera obra. Su nuevo trabajo, By the rails, un drama romántico como excusa de tour anatómico a través de la fauna de las afueras bucarestinas, subraya el impasse creativo en el que se halla. El filme abre en la costa italiana; allí, en un lugar impreciso lleno de turistas, agota sus últimas horas Adrian, un atractivo camarero rumano que está a punto de volver a su hogar. En este le espera su mujer, Monica, y el hijo que tienen en común. By the rails es el relato de un reencuentro, también del derribo de una relación y su posterior reconstrucción. Mitulescu acota gran parte de la narración a la noche donde el matrimonio se vuelve a reunir. Su primera mirada es la de dos extraños que de repente rememoran que tenían una vida juntos. A modo de Wild Night, con una boda entre etnias como fondo, ambos expresos parten de forma paralela. En algunos instantes sus raíles se entrecruzan; a veces en forma de caricia, otras de choque revelador. Mitulescu retrata antropológicamente a la Rumanía actual, una nación ahogada en su pasado y cuyo futuro está lejos de sus fronteras. Otra vez en Karlovy Vary el desarraigo como percutor del desapego y la indefinición. En esta ocasión, de forma mucho menos sugerente pese a la entrega de Alexandru Potaceanu y Ada Condeescu. El cineasta y guionista no encuentra el tono en ningún solo momento, y el metraje se alarga y se torna reiterativo con los personajes deambulando sin ningún propósito. Su final busca una redención que solo hubiera llegado con un cambio de formato. La mejor película de Mitulescu está todavía por llegar. (50 de 100).


    Emilio M. Luna
    © Revista EAM / 51º Festival de Karlovy Vary



    El fulgor efímero

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