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    Crítica | Yo, Daniel Blake

    Yo, Daniel Blake

    En pie, famélica legión

    crítica de Yo, Daniel Blake (I, Daniel Blake, Ken Loach, Reino Unido, 2016).

    En el contexto revolucionario de los grandes levantamientos sociales y de los ilustres líderes del proletariado, como Larkin, James Gralton o Veronica Guerin, siempre han existido varias etapas de actuación por las que han avanzado los protocolos sediciosos en su empeño de cambiar el orden establecido, pasando de la súbita e inesperada rebelión, al aguante vigoroso de los luchadores para evitar ser menospreciados. Es evidente que la etapa trasgresora de Ken Loach hace tiempo que pasó; sus momentos de inconformismo despiadado concluyeron con la muerte de Margaret Thatcher, tras un duelo de amenazas y censuras que se saldó con la sentencia lapidaria de Loach: «Privaticemos su funeral. Saquémoslo a concurso público y aceptemos la oferta más barata. Es lo que ella habría querido». Tras una carrera defendiendo a la clase social menos favorecida y enfrentándose sin descanso a la derecha plutócrata, no tendría sentido hablar de trasgresión para referirnos a su cine, sino de resistencia. Dos términos íntimamente ligados, habiendo quedado este último desprovisto de la espontaneidad y la capacidad de sorpresa originarias, sustituidas por una férrea convicción en su discurso y una tenacidad admirable, tanto para esquivar las burlas y vejaciones de sus enemigos, como para tolerar con buena cara las mofas de parte de sus simpatizantes, esos socialistas asalmonados y acomodados incapaces de tomar en serio una lucha de la que, por conformismo o por solvencia económica, ya no se sienten parte y desdeñan, ahora desde la lejanía de sus butacas.

    Con Yo, Daniel Blake, Loach vuelve a orientar su arte hacia la experiencia de lo real, utilizando el cine —y su película— como herramienta política definitiva, como medio de proporcionar al espectador una percepción más fuerte de la realidad. Una visión que seguirá siendo parcial, inexorablemente partidista y, sobre todo, romántica con la figura de los héroes de la hoz y el martillo. Daniel Blake representa el compromiso social, político e histórico que este realizador mantiene hacia sus personajes, esos seres que viven acosados a diario por las injusticias burocráticas y componen un teatro del proletariado cuya manifestación se enfrenta a la cultura popular dominante y estereotipada. Blake, un honrado carpintero de 59 años que ha trabajado sin descanso durante 40, se ve forzado a retirarse debido a un problema cardíaco. Sin embargo, mientras los médicos dicen que no puede volver a trabajar por tiempo indeterminado, los agentes de servicios sociales le comunican que si no demuestra que está buscando trabajo de forma activa perderá su remuneración económica lo que, para una persona como Daniel, acarrearía el quedarse literalmente en la calle como otro más de los sin techo que pueblan los suburbios británicos. Si la situación ya parece descabellada de por sí; la apatía, la falta de respeto y empatía, y la indiferencia con la que los funcionarios tratan al protagonista, una persona a punto de perderlo todo, nos llevará a la absoluta desesperación y frustración. El director juega muy bien sus cartas y, pese a que destroza el razonamiento ilógico del gobierno británico exponiéndolo con ignominiosa frialdad, trata de no desdeñar a la industria cinematográfica que le da la oportunidad de presentar su crítica, para ello se apoya en una variedad de elementos narrativos y en técnicas de filmación convencionales con las que parece mantener un constante homenaje al séptimo arte mediante la amabilidad con la que trata a sus personajes. El cínico humor será la pieza fundamental de los primeros compases de metraje para, posteriormente, pasar a una entrañable y protectora historia de amor paternalista que encuentra en el guion del asiduo colaborador de Loach, Paul Laverty, un fiel aliado.

    Yo, Daniel Blake

    «Katie y Daniel terminarán por unirse ante la adversidad para luchar juntos como equipo, aunando sus fuerzas para forjar un grito de protesta significativo. Porque si algo queda demostrado con esta película, es que la unión del pueblo es la única manera de hacerse oír ante las injusticias».


    Al igual que Frears o Nichols, Loach convierte el espacio urbano en un contexto fundamental para el desarrollo de las relaciones humanas, así como para la interacción y la consolidación de jerarquías entre diferentes sujetos dentro de un mismo orden social. Entonces aparece Katie, una madre soltera víctima de la desubicación generada por la política de marginación globalizada. Sin medios ni recursos, la joven es trasladada —quitada de en medio— y obligada a mudarse de Londres a Newcastle donde, además de a los problemas económicos, tendrá que hacer frente al desconocimiento geográfico, “quieren deshacerse de gente como nosotros”. El cineasta evidencia aquí su compromiso, tanto con sus ideas políticas, como con la representación de la ciudad como parte del escenario global de nuestros días; ciudad que alcanza una función estratégica absoluta al fragmentarse en zonas de exclusión y zonas de primer orden, como si de un tablero de Risk se tratase. Ambos personajes terminarán por unirse ante la adversidad para luchar juntos como equipo, aunando sus fuerzas para forjar un grito de protesta significativo. Porque si algo queda demostrado con esta película, es que la unión del pueblo es la única manera de hacerse oír ante las injusticias; la escena de la pintada en la fachada de la oficina de desempleo deja clara constancia de este hecho. Por desgracia, su preocupación mutua sólo les aportará una mayor frustración pues, a las constantes decepciones a las que tienen que enfrentarse por separado, tendrán que sumar la consternación de compartir además el sufrimiento del otro. Así pues encontramos en ellos un genuino sentimiento de interés e inquietud por el bienestar de sus seres allegados, una demostración de amor verdadero al que le es arrebatado cualquier aire de frivolidad o impureza, como puede apreciarse en la dureza y el abatimiento con los que Daniel mira a Katie cuando descubre en qué consiste su nuevo trabajo. En esta relación es donde la película se vuelve más visceral, más cercana al entendimiento colectivo pues, pese a que el cariño entre ellos es patente desde el comienzo, observamos a la protagonista siempre en una clara posición defensiva, como esperando que se le exija algo a cambio de esas demostraciones de amabilidad y generosidad. De ahí su recelo inicial a dejar que Dan arregle los “desperfectos” de su casa, o su insistencia para que éste acepte un plato de comida como muestra de agradecimiento, aunque ello implique que la joven se quede sin comer.

    Yo, Daniel Blake

    «Es imprescindible que se elimine el estigma del profeta solitario, del personaje aislado en busca de un fin perdido; debemos evitar reír las gracias a quienes llaman a este tipo de historias batallitas de viejo senil, o a quienes disfrazan de caricaturesco Don Quijote a personas que se dejan la piel por una buena causa general, porque haciendo esto, Ken Loach nos dice que estamos dando la razón al que sólo busca el beneficio individualizado, la privatización y la supresión de la clase media».


    Loach acentúa la gravedad de la ausencia de respuestas colectivas y organizadas de los trabajadores frente a la avalancha de injusticias lacerantes de la que somos testigos a diario por un régimen despótico. El director no busca que empaticemos con sus personajes, sino que nos apiademos de ellos, que simpaticemos con su causa y volvamos a unirnos, como hemos demostrado que podemos hacerlo, para vencer a las grandes adversidades de nuestros tiempos. Se trata de recuperar los derechos sociales y laborales básicos, conseguidos a lo largo de décadas de lucha y decenas de víctimas, mártires como los de Chicago a los que hoy sólo recordamos por tener un día festivo más en el calendario. Es imprescindible que se elimine el estigma del profeta solitario, del personaje aislado en busca de un fin perdido; debemos evitar reír las gracias a quienes llaman a este tipo de historias batallitas de viejo senil, o a quienes disfrazan de caricaturesco Don Quijote a personas que se dejan la piel por una buena causa general, porque haciendo esto, Ken Loach nos dice que estamos dando la razón al que sólo busca el beneficio individualizado, la privatización y la supresión de la clase media. Este filme está destinado al público desligado del problema, aquél que tiene la última palabra y puede poner voz a los verdaderos héroes. Héroes que ni tan siquiera se han enterado de que aparecen en una película, porque ellos no van al cine. Así que volvamos al término inicial, el de resistencia, para mantenernos unidos en una oposición ética y política que nos lleve a una colectividad capaz de construir una defensa eficaz frente al avance neoliberal. La perseverancia y la tenacidad de este director por encontrar justicia para el pueblo sólo podía quedar recompensada con tres palabras: Palma de Oro. | ★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / 69º Festival de Cannes


    Ficha técnica
    Reino Unido. 2016. Título original: I, Daniel Blake. Director: Ken Loach. Guion: Paul Laverty. Fotografía: Robbie Ryan. Duración: 100 minutos. Música: George Fenton. Productora: BBC / BFI / Sixteen Films. Montaje: Jonathan Morris. Diseño de producción: Fergus Clegg y Linda Wilson. Diseño de vestuario: Jo Slater. Intérpretes: Hayley Squires, Natalie Ann Jamieson, Dave Johns, Micky McGregor, Colin Coombs, Bryn Jones, Mick Laffey, Dylan McKiernan, John Sumner, Briana Shann, Rob Kirtley. Presentación oficial: Festival de Cannes 2016 (Palma de Oro).

    Póster: Yo, Daniel Blake
    Feelmakers

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