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    Crítica | Fatima

    Fatima

    Las mejores intenciones

    crítica de Fatima (Philippe Faucon, Francia, 2015).

    La película Fatima de Philippe Faucon ilustra paradigmáticamente el viejo dilema –tan viejo que ya se hallaba en los filósofos presocráticos– entre la ética y la estética de los actos humanos. Así, al igual que a lo largo de la historia ha habido innumerables artistas que han apostado por hacer de sus creaciones un instrumento más o menos político, al criticar con él su mundo, no es menos cierto que un número como mínimo análogo de creadores han defendido la independencia del arte respecto a los hechos concretos, y transitorios, de su entorno. Tenga quien tenga la razón en un debate casi tan antiguo como la propia existencia de nuestra especie, idealmente la obra perfecta se encontraría en un punto medio, es decir, sería aquella en la que ambas instancias se aunaran de forma equilibrada. De ahí que Fatima esté lejos de ser una cinta memorable, ya que si bien es de encomiar su mensaje, no solo justo y humanista, sino sobre todo urgente y necesario, su plasmación se diluye progresivamente por culpa de un subrayado excesivo del mismo.

    Es una lástima porque el filme, a diferencia de tantos otros centrados en el drama de la inmigración, destila una autenticidad que parte de los originales literarios en los que se inspira el guion: Prière à la lune y Enfin, je peux marcher seule. Se trata de sendas traducciones al francés de los escritos autobiográficos de Fatima Elayoubi, inmigrante argelina en Francia que se vio abocada a aceptar trabajos que desaprovechaban sus capacidades, ya que no entendía –ni leía– la lengua gala y tenía que sacar adelante a sus dos hijas. Por este motivo, no hay en Fatima tópicos manidos, y sí, en cambio, perspectivas diferentes y refrescantes de lo que supone vivir en una cultura ajena; una cultura, además, en la que se te desprecia por “ignorante” o “fanático”, en la que eres considerado un eslabón de segunda categoría dentro del engranaje social. Algo, además, doblemente cierto en el caso de ser, aparte de foráneo, mujer, tal y como lo demuestra la suerte, bien distinta, del exmarido de la protagonista, interpretada con naturalidad y convicción por Soria Zeroual. El realizador francomarroquí traduce con inteligencia el tono confesional de las páginas de Elayoubi, mediante un discurso de texturas realistas en el que abundan los espacios cerrados, centros de la intimidad de sus personajes. Por tanto, Faucon no construye una arenga en favor de la tolerancia y la integración, sino que deja que sean sus propias criaturas, con sus actos y sus palabras, las que definan la situación en la que viven o expongan el racismo, la envidia, el machismo, el clasismo o la xenofobia de una sociedad que se cree civilizada y abierta. No en vano, la mejor parte de la obra corresponde a su tramo final, cuando Fatima sufre una epifanía tras un accidente laboral; especialmente bella resulta la secuencia en la que le cuenta dicha revelación a su doctora, recogida por el autor en una alternancia entre el plano del perfil de la protagonista y el plano de su mano “herida”.


    «El realizador francomarroquí traduce con inteligencia el tono confesional de las páginas de Elayoubi, mediante un discurso de texturas realistas en el que abundan los espacios cerrados, centros de la intimidad de sus personajes».



    En realidad, la cinta abunda en detalles de calidad como el descrito, en los que una mirada, un gesto o un silencio expresan los condicionantes a los que están abocados los personajes o traslucen su psicología. Por ello es tan lamentable que el filme –a buen seguro que con la intención de dejar bien claro su mensaje–, inmediatamente después de una escena sutil, aunque nada críptica, parezca sentirse en la obligación moral de glosarla didácticamente a su audiencia. Sin duda, la intención educativa que hay tras este recurso farragoso y molesto –no solo por repetitivo sino por impedirle a la obra alcanzar la excelencia– es indiscutiblemente digna de elogio. Pero la importancia ética del discurso lastra irremisiblemente la calidad estética del conjunto. Con ello, ramificaciones temáticas de la narración tan interesantes como, pongamos por caso, las relaciones entre madres e hijas en un contexto hostil y opresivo se reducen a un apunte que desaprovecha del todo su gran potencialidad. En consecuencia, Fatima termina por ser un típico producto del cine francés social destinado a un amplio público: bien dirigido, bien escrito, bien interpretado… pero incapaz de calar en el ánimo del espectador. Y es que, a la postre, ¿qué quiere mostrarnos la pieza? ¿Qué el statu quo del mundo se sostiene en una estructura piramidal, en la que los ricos no podrían prosperar sin los pobres? ¿O las naciones occidentales sin la inmigración de África y Asia? ¿O los hijos sin los padres? Pues si a estas alturas de la canción todavía hay quien siga viviendo en la inopia sobre estos temas, probable e irónicamente le interese muy poco ver una película como esta. | ★★★ |


    Elisenda N. Frisach
    © Revista EAM / Barcelona


    Ficha técnica
    Francia, 2015. Título original: Fatima. Director: Philippe Faucon. Guion: Philippe Faucon, basado en las obras de Fatima Elayoubi. Producción: Istiqlal Films / Arte France Cinéma / Possibles Média / Rhône-Alpes Cinéma. Fotografía: Laurent Fenart. Edición: Sophie Mandonnet. Música: Robert-Marcel Lepage. Dirección artística: Dominique Sinibaldi y Laurent Thevenot. Intérpretes: Soria Zeroual, Zita Hanrot, Kenza Noah Aïche, Chawki Amari, Edith Saulnier, Dalila Bencherif, Isabelle Candelier, Mehdi Senoussi, Franck Andrieux. 79 min.

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