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    Crítica | Demolición

    Demolition

    Role Models

    crítica de Demolición (Demolition, Jean-Marc Vallée, Estados Unidos, 2015).

    Partiendo de una base nosográfica, alejada de todos los patrones de estigmatización y exclusión populares, una de las constantes preocupaciones comunes a todos los estudios e investigaciones psiquiátricas sobre el trastorno de estrés postraumático, es la de las reacciones disociativas del sujeto frente a su entorno. Esta pérdida de la noción de realidad y de la propia identidad suele manifestarse de manera metafórica en las representaciones cinematográficas que, con mayor o menor acierto, han abordado esta temática ya sea con fines comerciales, didácticos, terapéuticos o comunicativos, ofreciendo siempre una perspectiva alegórica de la ruptura psicosomática encarnada en catástrofes naturales, apariciones espectrales, un inminente apocalipsis o, como ocurre en el presente caso, un proceso de destrucción total o, por usar el término enunciativo del presente título fílmico: Demolición. Jean-Marc Vallée, un director que nunca se ha dejado seducir por la tradición mercantil propia del cine norteamericano, retoma las riendas de su característica autoría para elaborar otro alegato figurativo de la soledad del sufridor en un mundo que ya no le pertenece. Es la alienación del enfermo imaginario de Molière, con la diferencia de que Davis, al contrario del hipocondríaco señor Argán, no es consciente de su “falsa” afección, es más, trata de buscar una normalidad que, por momentos, resulta tan histérica como su comportamiento.

    La película comienza con el hecho desencadenante del proceso traumático originario, del que se nutrirá la cinta para configurar los mecanismos de cohesión entre acción y reacción por los que discurrirá la narración durante la totalidad del metraje. Un trágico accidente de tráfico —la similitud fonética da qué pensar… — mediante el cual el protagonista perderá a su esposa y entrará en esa fase de desligazón destructiva de todas las ataduras convencionales. La presentación del personaje resulta completamente categórica; un incidente incontrolable rompe con la dilatada rutina marital de una joven pareja y deja al marido en el abismo de la agónica depresión. No se aprecia nada anormal, dentro de ese estado de shock por la pérdida de un ser querido, que nos revele que algo extraordinario está todavía por llegar. Sin embargo, la entereza inicial de Davis, que achacamos a una imagen de empresario de éxito muy condicionado por las apariencias, comienza a desvelar una alteración del comportamiento mucho más delicada y compleja cuando atendemos a su reacción frente al fallo de una máquina expendedora. Será gracias a esa insólita actuación por lo que empezaremos a conocer en profundidad a Davis y su historia prefílmica por medio de una carta de reclamación, demasiado personal, a la compañía de la máquina que le ha estafado un dólar y cuarto. La primera parte de la narración se desarrollará de manera epistolar gracias a esas confidencias que el protagonista cuenta en su queja escrita. Desde ese momento, Vallée plantea un efectivo juego de enigmas y misterios que nos irá guiando, de una incógnita a otra, a través de las diferentes fases anímicas del personaje principal.

    Demolition

    «Entonces llega el montaje, en paralelo, de la violencia y el odio irracional, el despecho y la incomprensión que tanto han acompañado a Vallée a lo largo de su filmografía, y han torturado a sus personajes, aparecen ahora sin piedad para dejarnos mirando impotentes a la brutalidad de la vida. Al igual que los objetos, las personas que no “funcionan” correctamente tendrán que ser sometidas a un proceso de destrucción. Sólo así logra despertar el protagonista de su ensoñación pasajera».


    La palabra “deshijado” es un término, catalogado como en desuso por la Real Academia, que describe a una persona que ha sido privada de sus hijos. Es muy posible que el término se haya visto forzado a su desaparición a consecuencia de la presión popular, que establece que un acto tan “antinatural” como es la muerte de un hijo, no debería tener denominación. Por desgracia, la muerte es tan natural como recurrente y, pese a que Phil, el padre de la difunta Julia, se empeña en describir su dolor por medio de razonamientos demagógicos tan manidos como el de la ausencia de una palabra oficial para un hecho tan dramático, lo cierto es que la abstracción de Davis y su incapacidad para empatizar o responder con misericordia a la fachada de consternación parental, funciona como un duro golpe de cinismo a la hipocresía victimista del ciudadano respetable de la alta sociedad. Es una pena que esa audaz procacidad no se haya mantenido para la consolidación de un desenlace demasiado naif que, de algún modo, empaña la feroz verosimilitud de un tortuoso relato con impostados apriorismos. A pesar de que no logra redondear la gesta por completo, es de agradecer el constante litigio ante temas como el nepotismo o la depredación laboral, siempre desde la óptica de honestidad escarmentada del protagonista quien, con ayuda de su maza, va derribando, uno a uno, cada cliché procedimental dentro de los abusos de poder y acosos jerárquicos a los que, por conveniencia o inmovilismo, hacemos la vista gorda; desde el jefe de la pequeña empresa que se beneficia de su posición para seducir a una empleada, hasta el suegro que, siendo el accionista mayoritario de una compañía multimillonaria, favorece impunemente el ascenso de su ojito derecho que, casualmente, resulta ser el marido de su hija. Entonces se produce una revelación que nos desconcierta, una confidencia susurrada en la pública intimidad de los asientos del metro a un completo desconocido que arroja más sombras sobre la incomprensible actitud de Davis. El amor es, como “deshijado”, un término en desuso o, cuando menos, una palabra cuyo significado ha ido perdiendo matices con el paso del tiempo hasta quedar prácticamente irreconocible. Y ahí es donde ahondará Vallée en esta segunda parte de metraje, en la que incidirá por completo en la metáfora primigenia de la destrucción / demolición.

    Una pérdida de agua en el frigorífico del protagonista supuso, de algún modo, el detonante que inició todo este ciclo de vida y muerte. Por ello, la frustración llevará a Davis a destrozar ese frigorífico para intentar llegar a la causa de su deficiencia. Así, todo cuanto rodea al personaje que muestra síntomas de un mal funcionamiento, será objetivo de la poderosa maza con la que éste intenta buscar soluciones por la vía de la destrucción. Ahora caemos en la cuenta de que ese síndrome postraumático que explicaba el comportamiento del protagonista, y que habíamos asumido como consecuencia de la muerte de su mujer, podría deberse, por otro lado, a la cercanía en ese mismo accidente, de su propia muerte. Para tratar de poner en orden las numerosas piezas de este rompecabezas, el director nos presenta una sub-historia de amor muy poco convencional. Gracias a este “no-romance”, Davis rememorará mediante flashbacks algunos de los episodios más significativos de su infancia y su matrimonio con el propósito de encontrar su nuevo yo, la persona que sobrevivió casi milagrosamente a ese accidente y que no consigue encontrar un hueco donde encajar fuera de su mundo de destrucción. ¿La amaba o no la amaba? He ahí la verdadera cuestión. Lo que está claro es que el personaje a quien da vida un espléndido Jake Gyllenhaal parece ser la única persona del entorno de Julia incapaz de retomar la normalidad de su vida, algo que quedará muy bien ejemplificado gracias a la onírica metáfora con la que un médico le diagnostica una peculiar afección: “Le falta una parte de su corazón”. Pero ya conocemos a este realizador y, antes de que todo quede aclarado con sus clásicos giros de perspectiva, se verá obligado a exteriorizar ese desasosiego inherente a su estilo cinematográfico, a plantear la denuncia de toda esa hipocresía que, hasta el momento, se había mantenido en un plano mucho más semiótico que visceral. Entonces llega el montaje, en paralelo, de la violencia y el odio irracional, el despecho y la incomprensión que tanto han acompañado a Vallée a lo largo de su filmografía, y han torturado a sus personajes, aparecen ahora sin piedad para dejarnos mirando impotentes a la brutalidad de la vida. Al igual que los objetos, las personas que no “funcionan” correctamente tendrán que ser sometidas a un proceso de destrucción. Sólo así logra despertar el protagonista de su ensoñación pasajera, de su imaginaria enfermedad, y vuelve a tomar las riendas de su vida, aunque éstas sean las riendas de un caballo de carrusel. | ★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Murcia-Dublín


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 2015. Título original: Demolition. Director: Jean-Marc Vallée. Guion: Bryan Sipe. Fotografía: Yves Bélanger. Duración: 100 minutos. Productora: Fox Searchligth / Black Label Media / Mr. Mudd / Right of Way Films. Montaje: Jay M. Glen. Diseño de producción: John Paino. Diseño de vestuario: Leah Katznelson. Intérpretes: Jake Gyllenhaal, Naomi Watts, Chris Cooper, Polly Draper, Wass Stevens, Judah Lewis, Stephen Badalamenti, Zariah Singletary, Alfredo Narciso, George J. Vezina, Helen Brackel, Ben Cole, Lytle Harper. Presentación oficial: Festival de Toronto 2015.

    Póster: Demolition
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