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    Tributo a Bud Spencer: hasta siempre, grandullón

    Bud Spencer

    Si decimos que el lunes, 27 de junio, nos dejaba Carlo Pedersoli, muchos no sabrán ponerle cara a quien, sin embargo, fue uno de los iconos para los adolescentes de los 70 y 80: el enorme (y a la vez entrañable) Bud Spencer. No necesitó poseer unas cualidades interpretativas excepcionales para hacerse un nombre dentro del cine italiano más popular, sobre todo, cuando formaba pareja con Terence Hill, la otra mitad de una de las parejas más exitosas de las sesiones dobles y las estanterías de los videoclubs. Nacido en Nápoles, en 1929, Pedersoli despuntó en su juventud como toda una promesa de la natación, deporte en el que fue siete veces campeón nacional de los 100 metros libres, llegando a competir en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952 y Melbourne 1956, tanto como nadador como formando parte del equipo italiano de waterpolo. Su físico imponente y hercúleo (medía casi dos metros de altura) le hicieron idóneo para debutar en en cine con un pequeño papel de soldado romano en la mítica Quo Vadis (Mervyn LeRoy, 1951). Después de breves colaboraciones en la estupenda comedia Un héroe de nuestro tiempo (Mario Monicelli, 1955) y el biopic histórico Aníbal (Carlo Ludovico Bragaglia, Edgar G. Ulmer, 1959), a mayor gloria de Victor Mature, su camino se unió con el de Terence Hill por primera vez en el spaghetti-western Tú perdonas... yo no (1967), a las órdenes de Giuseppe Colizzi, realizador que les volvería a reunir en Los cuatro truhanes (1968), La colina de las botas (1969) y ¡Más fuerte, muchachos! (1972). Bud Spencer, nombre artístico que se sacó de la manga a raíz de su cerveza favorita Budweiser y la admiración que procesaba a Spencer Tracy, formó tándem en 19 cintas que gozaron de gran popularidad, incluso fuera de sus fronteras.

    Le llamaban Trinidad (Enzo Barboni, 1970) fue casi un fenómeno sociológico en su momento, acertando al introducir buenas dosis de humor en el polvoriento género del western. Le seguían llamando Trinidad (Enzo Barboni, 1971), Dos misioneros (Franco Rossi, 1974), … y sin no, nos enfadamos (Marcello Fondato, 1974) –tal vez su mejor colaboración–, Dos superpolicías (Enzo Barboni, 1977), Par-Impar (Sergio Corbucci, 1978), Estoy con los hipopótamos (Italo Zingarelli, 1979), Quien tiene un amigo... tiene un tesoro (Sergio Corbucci, 1981), Dos súper dos (Enzo Barboni, 1984) o Dos superpolicías en Miami (Bruno Corbucci, 1985) hicieron las delicias de un público juvenil que asistía divertido a los imposibles mamporros y esos sonoros guantazos con la mano abierta con los que el bueno de Spencer despachaba a sus enemigos. No eran filmes destinados a cosechar alabanzas por parte de la crítica más sesuda o a ganar premios prestigiosos pero, sin duda, supieron conquistar el corazón de muchos cinéfilos incipientes que, a día de hoy, aún somos capaces de valorar, en su justa medida, su gran honestidad como ligeros entretenimientos de domingo por la tarde. Además de un papel secundario en el giallo de culto Cuatro moscas sobre tercipelo gris (Dario Argento, 1971) y coprotagonizar junto a Giuliano Gemma la curiosa También los ángeles comen judías (Enzo Barboni, 1973), Spencer consiguió algunos éxitos en solitario del calibre de Pies grandes (Steno, 1975), El sheriff y el pequeño extraterrestre (Michele Lupo, 1979) o Banana Joe (Steno, 1982). En los últimos años no paró de trabajar, incluso realizando incursiones en el cine español con títulos como Al límite (Eduardo Campoy, 1997) o Hijos del viento (Entre la luz y las tinieblas). Siempre estuvo más orgulloso de sus logros como deportista que de su faceta artística, ya que él mismo reconocía que lo suyo no era interpretar, por lo que prefería no tener que memorizar demasiados diálogos en sus trabajos como actor. Pese a su aspecto bruto, fue un hombre emprendedor y polifacético, poseedor de varias carreras y que hablaba seis idiomas. Lo mismo pilotaba aviones, que fundaba una línea aérea como Mistral Air, componía y cantaba –llegó a grabar varios discos–, asfaltaba carreteras –la Panamericana, sin ir más lejos–, diseñaba pantalones o escribía libros (uno de cocina, incluso), al mismo tiempo que, al contrario de muchas estrellas del cine, pudo presumir de haber estado casado durante cincuenta y seis años con la mujer de su vida. Un gran tipo este Bud Spencer que, en 2010, recogiera junto a su gran amigo Terence Hill un Premio David di Donatello que reconocía una trayectoria de más de cinco décadas en la que no pretendió otra cosa que divertir al público. Fue y será siempre (aunque no se lo creyera demasiado) uno de los héroes de la comedia y la acción más queridos de las últimas décadas, capaz de tumbar a bofetones a multitud de adversarios sin perder en ningún momento su socarrona sonrisa, alegrando, de paso, la infancia de millones de fieles seguidores que convirtieron a la mayoría de colaboraciones entre Spencer y Hill en grandes acontecimientos taquilleros. Allá donde estés, te echaremos de menos, Bud.

    El fulgor efímero

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