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    Satin Island (Tom McCarthy, Pálido Fuego)

    Imagen: The Guardian

    Instrucciones para una óptima caída a cámara lenta

    crítica de Satin Island de Tom McCarthy / Pálido Fuego.

    Reino Unido, 2016. Título original: Satin Island. Fecha de publicación original: 2015. Editorial original: Jonathan Cape. Fecha de publicación en España: 21 de marzo de 2016. ISBN: 978-84-943655-7-7. Número de páginas. 205. Formato: Tapa dura con sobrecubierta. 22,9 x 13,5 cm. Precio: 20,90€.

    Demasiadas veces la teoría se queda corta para explicar determinados fenómenos literarios. No pueden los sacerdotes del gremio, ni la industria en su conjunto, absorber como quisieran la «onda bombástica» que viene a rociarnos con nihilismo 3.0. O no pueden, o no pueden ver, o no quieren enterarse de qué trata el asunto; tanto da. La fiesta casi siempre está en otra parte, y muchos llegan al final, acunándose en un medio tiempo de los Police o Dire Straits, que es un ir tirando con garrafón hacia la nada melancólica. El riesgo de colgarle a un novelista —sea cual sea su pelaje narrativo y su nacionalidad— la etiqueta de vanguardista, experimental, posmoderno, autor difícil (?), raro (díganme un escritor que no lo sea) y demás apelativos recurrentes no es poca. Mejor dicho: es una estupidez pues la diversión, necesaria y prescriptiva, consiste básicamente en leerlo todo con un mínimo de higiene mental; desprovisto uno de los clichés pop de ese marketing infalible que, no obstante, yerra en su certidumbre de que el lector medio demanda un tipo predeterminado de literatura, bien sea novela o ensayo o no-ficción. Por ello conviene seguir exigiendo las mismas historias contadas como nunca antes. Más o menos así nos lo propone el británico Tom McCarthy en su cuarta novela, Satin Island (Pálido Fuego), evocando a su «héroe» y antropólogo estructuralista, Henry Lévi-Strauss: cómo o para qué seguir escribiendo si ya todo está escrito. Pues bien, revisen el paracaídas y vayan santiguándose por si las moscas. He aquí otro escritor, a rebufo de los grandes cronistas de la paranoia contemporánea —Kafka, William Burroughs y Thomas Pynchon—, sentándose a verter negro sobre blanco para, a continuación, descubrirse en una red infinita a modo de gigantesco cerebro interconectado. Tal que así. Una masa informe, casi tenue, cuyo sistema respira algoritmos de código binario y exuda píxeles a velocidades frenéticas.

    Si en su gozosa Residuos (Lengua de Trapo, 2007) el objeto de estudio era un hombre al que el gobierno indemnizaba con ocho millones y medio de libras tras caerle encima, por así decir, un objeto volador no identificado cuya forma jamás descubrimos siquiera entre renglones, aquí el objeto en sí no es más que un etnógrafo divagando —a través de capítulos breves, en primera persona, que se disfrutan como una extraña medicina sin efectos secundarios— a veces sobre un vertido de petróleo en mitad del océano y otras sobre la nueva de un paracaidista cuyo paracaídas había sido previamente manipulado y que, ay, acabó estampándose contra el suelo. U. se llama el antropólogo. Y su jefe, un tal Peyman, le ha encargado el Gran Informe: síntesis definitiva acerca de todo lo habido y por haber en este mundo de libre comercio y whatsapp's y skypes y existencia sólo en la nube. Acaso un análisis minucioso, pero «sin toda esa mierda y ofuscación de los escritores», encaminado a sacudirnos las neuronas. Tarea capital que U. suspende hasta nuevo aviso, mientras colabora —junto a Peyman, Tapio y su partenaire en la oficina-sótano, Daniel— en el Proyecto Koob-Sassen. Sin olvidar sus citas con Madison, quien ya estuvo una vez en el centro de conexiones aéreas Torino-Caselle al que U. vuelve retóricamente casi al final de la historia no sé sabe muy bien si para cerrar un círculo o dejarlo todo, nuevamente, en standby. Con la sensación de haber embarrado aún más el terreno.


    «La incógnita sobrevuela entre argot (nada cargante) y apuntes (nada bizantinos) que constituyen el mapa sináptico de Tom McCarthy, deconstructor del aturdimiento tecnológico y aun así solaz incandescente; láser generacional provisto de un fraseo abrumador, sincopado, donde las referencias ni se esconden ni se preguntan, más bien al contrario».



    Satin Island
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    No pregunten. La incógnita sobrevuela entre argot (nada cargante) y apuntes (nada bizantinos) que constituyen el mapa sináptico de Tom McCarthy, deconstructor del aturdimiento tecnológico y aun así solaz incandescente; láser generacional provisto de un fraseo abrumador, sincopado, donde las referencias ni se esconden ni se preguntan, más bien al contrario. Quedan escritas y son repetidas para disfrute del lector curioso: McCarthy no se guarda ningún as. Es conocida su admiración por autores del calibre de Maurice Blanchot, quien dijera que «el espacio de la literatura es un espacio mortal, hecho para la muerte»; así como su afecto hacia los genios subversivos citados más arriba, y, también, la impagable contribución en tanto creaba Satin Island de los futuristas italianos, J. G. Ballard, McKenzie Wark («Todo el arte es una forma de pirateria») y Manuel Castells. Si bien la influencia omnisciente, presencia fantasmal en el cogollo de esta novela/ensayo/informe/manifiesto/confesión/tratado (elijan una de las seis categorías propuestas en la contraportada) con tintes apocalípticos, remite a otro alumno cum laude devenido santo de la literatura posmoderna —y que huía de la misma. Es decir, David Foster Wallace y su memorable Extinción. Concretamente, los Grupos de Discusión que frecuentaba por trabajo el neurótico protagonista del cuento «Señor Blandito». Y, si me apuran, acelerando ya cual polilla hacia la luz, incluso aquel inmortal suicida de «El neón de siempre». Quien escribió desde el infierno, aún en Illinois, lo que más tarde —desde Men in Space hasta Satin Island, pasando por C— sería axioma mccarthiano por decreto pirata: «Toda la vida he sido un fraude. No estoy exagerando. Casi todo lo que he hecho todo el tiempo es intentar crear cierta imagen de mí mismo en los demás. La mayor parte del tiempo para caer bien o para que me admiraran (...) Ya me entienden».

    Godard

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