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    D’A 2016 (V) | The fourth direction + Mountain

    Mountain

    Casi en el ecuador del Festival, la jornada del martes 26 vino marcada por la huelga de los trabajadores del metro, que ofrecía a intervalos determinados unos servicios mínimos, lo que obligó a optar por rocambolescos –e interminables– trasbordos de autobuses a quienes viven en la periferia de la ciudad condal. Sobra decir que, teniendo en cuenta que dicha huelga también se halla convocada para el día siguiente (aunque a otras horas), lo mejor será ir de “okupa” a casa de algún conocido con un piso céntrico. En cualquier caso, ver dos proyecciones seguidas en la misma sala (el Aribau Club 2) resulta casi tan agotador como no disponer de transporte rápido. Porque no se produce el necesario cambio de escenario para reestructurar nuestros patrones mentales. Precisamente, de cambios de perspectiva y de las trampas de la tradición y la fe, trataban las dos películas en cuestión, ambas candidatas al Premio Talents y al Premio de la Crítica: la india The Fourth Direction (2015), de Gurvinder Singh, y la israelita Mountain (2015), de Yaelle Kayam. Eso sí, las opciones estilísticas adoptadas por sendos directores, así como la resolución final de las tramas, diferían notablemente. Porque Singh pretende hablar, en un tono elíptico y metafórico, sobre la división de la India por culpa de la religión y sobre la necesidad de recuperar el viejo sueño de Gandhi de unir a todo el pueblo hindú. En cambio, Kayam relata el día a día de la soledad de una mujer, judía ortodoxa, para criticar un sistema de valores caduco que solamente sirve para engendrar odio y muerte. Dos miradas, en fin, muy diferentes a las del mundo occidental, lo que el espectador avezado agradece, pues ello también le hace desempolvar sus neuronas y darle un giro a su propia perspectiva.

    Mountain (Ha'har, Yaelle Kayam, Israel, 2015)

    En los últimos años, el cine israelí está viviendo un momento de relativo auge, mediante producciones que ilustran, en un tono cotidiano y costumbrista que a veces se decanta por el drama y otras, por la comedia –cuando no hacen una mixtura de ambos–, la complicada realidad de su nación. Belén (2013) de Yuval Adler; Self Made (2014), de Shira Geffen; Gett: El divorcio de Viviane Amsalem (2014) de Ronit y Shlomi Elkabetz, o Motivación cero (2014), de Talya Lavie, por citar solo algunas, prueban el dinamismo de la producción del país. En este sentido, es sintomático que tras las cámaras haya muchas firmas de mujeres: todo un reflejo de cómo la intelectualidad israelí desea criticar el carácter conservador de su sociedad, ya implícito en la fundación sionista del Estado, pero acrecentado por el clima de tensión continua del terrorismo yihadista, de la exclusión de parte de la ciudadanía y del acecho de los países colindantes.

    Mountain no es una excepción al respecto; es más, aunque en principio se trata de un drama intimista, reducido apenas a dos o tres espacios, y lleno de gestos repetitivos y conversaciones intranscendentes, el elemento alegórico de la cinta es tan potente que pronto se convierte en un reflejo del futuro de la propia Israel. Desde la ubicación de la trama, al pie de las tumbas hebreas del Monte de los Olivos en Jerusalén, pasando por la soledad de la atribulada protagonista de la historia, Zvia (Shani Klein), una judía ortodoxa alienada del mundo por su distante marido, y llegando al descubrimiento de que, de noche, prostitutas, proxenetas y clientes practican sus actividades ilícitas en el cementerio, todo sirve para reforzar ese cariz simbólico de una narración minimalista y austera. No en vano, la cinta abunda en primeros planos y planos generales –adscritos, pues, a los personajes y al ambiente en el que se mueven–, tiene un montaje muy clásico y prácticamente no hay movimientos de cámara. Y es que la tragedia de Zvia deviene la tragedia de la propia sociedad israelí; bella pero dejada, la tradición encarnada por su esposo, Reuven (Avshalom Polak), solo le produce vacío y aislamiento, mientras que la depravación a la que asiste nocturnamente es un gesto de rebeldía y de ruptura con lo establecido. De ahí el magnífico final abierto de la pieza, que, como ya hiciera magistralmente Lars von Trier en Dogville (2003), nos hace desear el peor de los dos males, pues únicamente así podría escapar Zvia del círculo vicioso en el que se encuentra. Según lo expuesto, Mountain es una película inteligente y sutil, cuya conclusión última, habida cuenta de la ambigua relación que mantiene la heroína con el obrero árabe ocupado del mantenimiento de los sepulcros (Haitham Ibrahem Omari) –una atracción no tanto física sino, sobre todo, espiritual–, es que lo mejor sería olvidar las diferencias ancestrales que siguen separando a las personas, superar los prejuicios y restricciones que nos llenan de odio, amargura y resentimiento, y, en definitiva, “hacer el amor y no la guerra.”

    The fourth direction

    The Fourth Direction (Chauthi Koot, Gurvinder Singh, India, 2015)

    Ambientado en los años 80 en la provincia india de Punyab, el filme contiene en su interior dos historias distintas: de un lado, la que abre el relato, en la que dos amigos indios intentan desesperadamente coger un tren que les lleve a Amritsar, encontrándose por el camino con tres desconocidos sijes; y la segunda, a la que se dedica la mayor parte del metraje, sobre los conflictos que les crea a una familia de campesinos sijes su perro, demasiado ladrador. Siendo esta última la trama más dilatada, es, sin embargo, la peor resuelta, puesto que gira en torno a una metáfora, la del perro equiparado a la India, que a base de redundancia deviene obvia, pesada y hasta involuntariamente graciosa. Es una lástima porque Singh hace un alarde de talento a la hora de colocar la cámara o de moverla, con encuadres que confieren a lo narrado una atmósfera tensa y desasosegada, reflejo de una realidad enrarecida por el miedo que sienten los pobres aldeanos, atrapados entre la milicia sij independentista y la policía india.

    Otro tanto puede decirse de la brillante forma en como es introducida esta trama, ya que, a pesar de tratarse de la narración principal de la cinta, empieza con un flashback en apariencia incidental, para pronto convertirse en mucho más, al advertir que el personaje asociado al recuerdo ha dejado de participar en los hechos narrados analépticamente. Asimismo, también se agradece el pudor con el que el director se acerca a la violencia, pues las masacres acaecidas en la época son contadas de manera tangencial –en un diario, en la radio…–, mientras que los pocos momentos de enfrentamiento directo aparecen fuera de plano o bien mostrados de manera oblicua. En cualquier caso, su brillante plasmación visual, tan austera como sugerente, no impide que este fragmento esté innecesariamente alargado, sobre todo por culpa de su estructura climática, que crea unas expectativas mediocremente resueltas. En cambio, lo relativo al trayecto en tren de cinco polizones, dos indios y tres sijes, junto al maquinista y sus ayudantes, posee la gracia y la delicadeza de lo honesto y minimalista. No en vano, esta parte contiene el mensaje del filme; es como si se tratase de una fábula moral –“dividida” por una ilustración de la situación en la que viven las personas de religión sij–, cuyo propósito consistiera en abogar por la unión de todos los “hermanos” –como se dirigen unos a los otros– hindúes. En consecuencia, Gurvinder Singh, con la influencia de la rica tradición de realismo social de su país –Satyajit Ray, Mrinal Sen, Ritwik Ghatak…–, lleva a cabo una propuesta potente pero irregular, por momentos tan fascinante como aburrida.
    El fulgor efímero

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