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    Crítica | Julieta

    Julieta

    Culpa y riesgo

    crítica de Julieta (Pedro Almodóvar, España, 2016).

    Antes de enfrentarse a la película que nos ocupa, uno se pregunta qué podemos esperar de un Pedro Almodóvar con 19 obras a sus espaldas. Al igual que ocurre con tantos otros, como Tarantino, Burton o Anderson, pertenece a esa estirpe de directores a los que no les hace falta colocar su nombre en los títulos de crédito: en menos de cinco minutos cualquier espectador más o menos avispado podría detectar la mano del autor detrás de cada fotograma. Entonces, ¿qué le queda por aportar, si es que lo hubiera? ¿Estamos destinados simplemente a ver “lo de siempre”? Intuyo que estas preguntas no son muy distintas a las que le pueden haber rondado en alguna ocasión. Es más, si analizamos detenidamente, puede que Almodóvar lleve 10 años expandiendo y explorando su universo en un afán por encontrar nuevas modulaciones desde que alcanzó su cima creativa allá por el año 2006 con esa joya titulada Volver. Desde entonces, ha intentado profundizar aún más en el melodrama con Los abrazos rotos, explorar como nunca antes la venganza física con La piel que habito y revisitar la comedia transgresora de sus inicios con Los amantes pasajeros. Con más o menos suerte, ninguna de ellas parecía ofrecernos ese complicado paso adelante crucial en su filmografía en el momento de madurez del cineasta. Faltaba esa película que reconectara su núcleo temático con su lenguaje visual y fuera capaz de proponer una nueva mirada. Faltaba Julieta.

    Almodóvar vuelve a hablarnos de uno de sus temas centrales, las relaciones maternofiliales que tan presentes han estado en toda su carrera, ya sea como trama principal (como en Volver) o secundaria (como en La flor de mi secreto); lo hace utilizando los rasgos estilísticos marca de la casa (su paleta de colores, el erotismo de las imágenes, el viento); pero como buen artesano de su propio estilo, a modo de demiurgo artístico que controla a la perfección su savoir faire, altera pequeños detalles y propone nuevos acercamientos para que, paradójicamente, todo sea distinto aun siendo lo mismo. En definitiva, con el mismo lienzo, el mismo boceto y los mismos colores consigue pintar un cuadro totalmente nuevo. Ahí reside el gran hallazgo de Julieta, su capacidad de ser 100% almodovariana y, al mismo tiempo, ser totalmente diferente. La clave para lograrlo son las renuncias a las que somete su comprensión melodramática de la trama y la narración. El director manchego vacía el metraje de todo aquello superfluo, esos pequeños regalos que siempre estaban presentes en sus obras para aumentar el placer visual y que apelaban a su vertiente puramente esteta. Hablamos de cosas tan dispares como el diseño de los títulos de crédito, la presencia de un número musical, la explotación del lado artístico de sus personajes para crear elementos estéticos ajenos a la propia historia, los toques de humor desenfadado y la mezcla de géneros o el propio tratamiento del desenlace. Lo que queda tras este vaciado es un dolor puro, seco, insoportable. Un dolor que carcome, que va destruyendo por dentro, que revuelve las entrañas, que alimente un monstruo interior incontrolable: el sentimiento de culpa.


    «Almodóvar ha decidido deshacerse de algunos de los soportes que han apuntalado anteriores historias para buscar otros puntos de apoyo desde los que acercarse a Julieta. El resultado es una película austera a todos los niveles formales y temáticos aun conservando el núcleo de su mirada única».


    De este modo, al enfrentar estos sentimientos adustos con la viveza de los colores emerge una nueva puesta en escena de lo dramático dentro del universo del creador. Almodóvar se reivindica con Julieta como el director de la culpa y el dolor a través de una imagen invadida por la intensidad del azul del mar, por la calidez de los tonos rojizos, por la luz del sur, por los tonos pastel ochenteros, por el intenso verde de los bosques pirenaicos… Es en este contraste, que se acentúa por la depuración a la que se somete, donde se materializa el dolor de Julieta. Ella es la película: no hay tramas secundarias, todo lo que ocurre bascula alrededor del personaje. Almodóvar no se separa de ella ni un momento, focalizando como nunca hasta ahora su objetivo sobre Julieta, una mujer rota por dentro a quien, al enfrentarse a una hoja en blanco para relatar a su hija toda la verdad, la culpa que había permanecido enterrada durante algún tiempo vuelve de manera punzante cuando se activan los resortes del recuerdo; el sentimiento de pérdida vuelve a hacerse patente, la desdicha de un destino que no ha podido controlar. El filme se articula a través de elipsis y saltos temporales (como ya ocurría en Hable con ella, el trabajo previo con el que mejor emparenta su vigésima creación) que encajan perfectamente en su distribución para que el hilo de la trama no se pierda en ningún momento (el trabajo de José Salcedo es, de nuevo, impecable). Adriana Ugarte es la Julieta joven; Emma Suárez es la Julieta madura. Ambas se funden en una de las escenas más inteligentes y sencillas de su filmografía. En sus interpretaciones encontramos de nuevo ese alejamiento del exceso para construir personajes donde la sutilidad de un gesto contenido o de una mirada directa condensa dolor, rabia, soledad. Así se construyen también el resto de personajes, en especial el de Rossy de Palma, sorprendente y áspera en su papel de Marian. La cámara busca este gesto de manera clara, incesante, sin rodeos. Julieta se construye a base de planos fijos, sin florituras ni movimientos extraños o innecesarios, donde el plano-contraplano muy cerrado sobre el rostro irrumpe en el universo de Almodóvar como un zarpazo. El dolor transpira por cada uno de los poros de la imagen. En ese proceso de depuración Almodóvar toca incluso la contundencia de la tragedia sobre la que se asienta la historia. Alejado del suspense o giros inesperados, la base dramática no tiene la fuerza de otros sustratos almodovarianos (algo que se nota en algunas escenas cercanas al desenlace) porque lo importante en este caso no es lo que ocurrió, sino las consecuencias que se llevan arrastrando desde entonces. Estamos, sin duda, ante un paso necesario e importante en la carrera de un autor consagrado que pedía a gritos abrir nuevas puertas y habitar nuevos espacios para transitar nuevos caminos sin romper con todo el trecho andado. Almodóvar ha decidido deshacerse de algunos de los soportes que han apuntalado anteriores historias para buscar otros puntos de apoyo desde los que acercarse a Julieta. El resultado es una cinta austera a todos los niveles formales y temáticos aun conservando el núcleo de su mirada única. Por todo ello, esta es también su propuesta más arriesgada. | ★★★★ |


    Víctor Blanes Picó
    © Revista EAM / Barcelona


    Ficha técnica
    Julieta. España, 2016. Dirección: Pedro Almodóvar. Guión: Pedro Almodóvar, basado en tres relatos de Alice Munro. Producción: El Deseo. Fotografía: Jean-Claude Larrieu. Música: Alberto Iglesias. Montaje: José Salcedo. Vestuario: Sonia Grande. Dirección artística: Carlos Bodelón, Federico García Cambero. Reparto: Emma Suárez, Adriana Ugarte, Daniel Grao, Rossy de Palma, Darío Grandinetti, Inma Cuesta, Michelle Jenner, Susi Sánchez.

    Póster: Julieta
    Feelmakers

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