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    Pioneros de la ciencia ficción rusa. Volumen II

    Pioneros de la ciencia ficción rusa. Volumen II

    Hijos del futuro

    reseña de Pioneros de la ciencia ficción rusa. Volumen II (2015) | Alba Editorial.

    España, 2015. Pioneros de la ciencia ficción rusa. Volumen II. Autores: Aleksandr P. Ivanov, Ignati N. Potápenko, Aleksandr A. Bogdánov, Vivian A. Itin y Alekséi M. Vólkov. Selección, traducción y perfiles biográficos de Alberto Pérez Vivas. Editorial: Alba. Colección: Rara avis, 21. Número de páginas: 295. Encuadernación: rústica. ISBN: 978-84-9065-069-1. Precio: 19,50 €.

    Hace un par de años pudimos disfrutar de una magnífica antología de relatos que bajo el título de Pioneros de la ciencia ficción rusa nos deleitó con una selección excelente de clásicos entre los que brillaban de manera especial En otro planeta: tratado sobre la vida de los habitantes de Marte (1869) de Porfiri P. Infántiev y, sobre todos ellos, el impresionante La República de la Cruz del Sur (1905) de Valeri Y. Briúsov. Atendiendo a la calidad de su antecesor estaba difícil que un segundo volumen llegara no ya a sobrepasar, sino tan siquiera a igualar semejante colección de maravillas. Este Pioneros de la ciencia ficción rusa. Volumen II no alcanza tales cotas de sorpresa y fascinación, pero igualmente ofrece un viaje apasionante por la literatura de anticipación primitiva rusa que resulta imposible no disfrutar. De nuevo debemos felicitar a Alberto Pérez Vivas por su trabajo de selección, traducción y la redacción de unos breves perfiles biográficos de los autores que se hacen más que necesarios. Aleksandr Pávlovich Ivanov (1876-1933) es quien da inicio a este nuevo periplo con El estereoscopio. Historia crepuscular (Stereoscop. Súmerechmi rasskaz, 1905), un cuento en el cual su protagonista, al contemplar por las lentes de un estereoscopio (ese aparato para ver fotografías en tres dimensiones) una imagen del pasado de una sala del museo Ermitage se traslada a su interior y se pasea por ella. Descubre que puede ir de una estancia a otra y descubriendo, bajo la iluminación fantasmal de la luz de la fotografía, las congeladas imágenes de los visitantes y los vigilantes del edificio, espectros inmóviles atrapados en el fluir de la nada. Asustado por la experiencia, pero también absorbido por su magia, decide realizar una segunda visita. Pero ahora irá más lejos, saliendo del museo e internándose en la ciudad muerta rodeado de figuras congeladas en el tiempo e impregnadas del color de la nostalgia, de lo que ya no existe salvo en ese mundo extraño, en esa experiencia de realidad virtual estática. Un relato crepuscular dominado por una oscura melancolía y un sentimiento de vacío y soledad insoportables que se acrecientan a cada página. Un deambular fantasmal bajo una atmósfera de vago horror que deviene pesadilla a la luz mortecina de una antigua fotografía. Este mundo al otro lado de las lentes del estereoscopio acaba aterrorizándonos con fuerza gracias a que se fundamenta en los recuerdos casi olvidados enterrados en nuestra infancia, que todos de alguna manera atesoramos y creemos valiosos, pero en los que no anidan sino la esencia cadavérica de todas las cosas que hemos perdido.

    Tras un comienzo tan triste y estremecedor, no está mal un poco de sentido del humor aunque sea haciéndonos dar un vistazo a un futuro que tampoco es que sea la panacea universal soñada por los utópicos más optimistas. En la sombra de los tiempos. Una historia ocurrida en el año 2912 (Vo tmié. Historia, sluchívshaiasia v 2912 godú, 1912) de Ignati Nikoláievich Potápenko (1856-1929) es un fantástico cuento cuyo contenido moralizante no disminuye o cauteriza su componente maravilloso. En él visitamos encantados un planeta Tierra mil años después justo de la redacción de Potápenko, un mañana en el que la clonación, la reparación y la sustitución de órganos del cuerpo humano son habituales. Un error burocrático dará lugar a una fatal confusión que servirá al autor para, haciendo uso de una ironía muy elegante en su caso, ridiculizar a la raza humana y en particular a la clase política. Lo más bonito de este relato sencillo pero redondo en su ejecución es esa extraña y fascinante particularidad de hacernos sentir como si miráramos a través de un pequeño cristal y atisbar de verdad nuestro futuro devenir tal que un estereoscopio formado por palabras. Lástima que La Fiesta de la Inmortalidad (Prazdnik bessmiertia, 1914) de Aleksandr Aleksándrovich Bogdánov (1873-1928), el autor de la novela utópica La estrella roja (Krasnaya zvezda, 1908) y su continuación El ingeniero Menni (Inzhener Menni, 1912), fracase en su intento de llevarnos, como Potápenko pero sin la pericia y la gracia de este, de nuevo mil años adelante en el futuro. El hombre para esos días ya ha dominado la inmortalidad, pero padece un mal con el que no contaba al alcanzar esta cúspide, este sueño dorado de la humanidad: sufre un aburrimiento mortal. Bogdánov no sabe ir más allá de este punto: comienza y termina con este planteamiento, con esta idea que apenas desarrolla a lo largo de una historia sin el más mínimo interés cuyo único mérito es su brevedad. En El país de Gónguri (Straná Gónguri, 1922), su autor Vivian Azárievich Itin (1894-1938) cita la celebérrima máquina del tiempo ideada por H. G. Wells para explicarnos la imposibilidad de que exista alguna vez: si así fuera, nuestros descendientes futuros nos habrían visitado ya. La verdadera y efectiva forma de viajar en el tiempo, según él, es a través de la hipnosis. Y de eso trata este relato: de dos prisioneros, cautivos en una guerra total, que desde los claustrofóbicos muros de su celda visitan, uno como hipnotizador y el otro como sujeto hipnotizado, un pasado ideal en el planeta más cercano al Sol, Paón. Más que la novela de Wells, el modelo de Itin más pareciera ser El vagabundo de las estrellas (The Wanderer of the Stars, 1915) de Jack London, escritor al que conocía bien pues incluso lo cita en su cuento. Eso sí, quedándose a años luz del maravilloso libro de London. La narración de Itin se desarrolla de manera atropellada quizá en un intento de reflejar cómo se forman los recuerdos o perviven encerrados en la memoria despertando de manera espasmódica, pero no se siente así. Vence la confusión y la sensación de ver crecer ante nuestros ojos una space opera forjada a martillazos. Itin pasa de una imagen poderosa a otra sin transición y por acumulación van perdiendo fuerza según avanzamos en la lectura. Llegamos al final totalmente ajenos a la historia. Los personajes apenas sobrepasan la condición de meros nombres sin vida que los sustente, lo cual hace indiferente su devenir. El caos resulta victorioso en un relato que pretende mostrarnos el profundo orden de todas las cosas. Su paradoja interna derrota al autor.

    El libro se cierra con dos cuentos de Alekséi M. Volkov, un escritor del que no se sabe nada, ni tan siquiera hay certeza de que ambos sean obra suya, pero que consiguen elevar el tono descendente que estaban imprimiendo los dos anteriores. Extraños (Chuzíe, 1928) es un fantástico relato de contacto alienígena, sorprendente en su forma de presentarnos a unos habitantes de otro planeta que han sufrido un accidente y esperan a ser rescatados. En las antípodas de la visión pesimista sobre este tema del gran Stanislaw Lem, por algo estos autores beben de Wells y de Jules Verne, pero sin poco que envidiar en su resultado a las obras del maestro polaco. Extraños resulta magnífico en su retrato de cómo los humanos pueden pasar del terror y la incomprensión de lo desconocido a entender quiénes son y qué hacen en realidad estas criaturas ajenas a nuestro mundo. Extraterrestres de paso en su viaje por los mares siderales que ni nos desean mal alguno ni quieran conquistar ni domeñar nuestro terruño. Solo quieren ser rescatados y poder volver a su planeta. En este sentido, es un relato que brilla en cómo nos presenta un contacto alienígena, con todo su misterio y confusión, pero también de cómo podemos comprender al otro, al extraño escalofriante, y esto llevarnos al conocimiento y quizá al progreso como especie y a la esperanza de una amistad entre mundos muy distantes y diferentes entre sí. Aparecen aquí las luego más que típicas naves espaciales en forma de platillo, naves que en el siguiente relato, Bairo-Tun (1929), tomarán la forma de un caldero. En ambos también encontraremos criaturas reptiloides, más tirando a pulpo pero con la forma habitual de marciano pequeñito y cabezón en el segundo, esas tan queridas por los amantes de las conspiraciones, solo que de nuevo no desearán hacernos ningún mal. Bairo-Tun tiene un tono abiertamente humorístico y simpático que lo aleja de los sempiternos encuentros alienígenas aterradores: Vólkov nos narra otra vez un contacto entre humanos y extraterrestres, ahora con el amable marciano Bairo-Tun. Intercambio de conocimientos y aprendizaje de una cultura, la marciana, la cual, cómo no, se trata de una civilización superior pues vive bajo el dictado de una sociedad regida por un sistema comunista evolucionado. La sed de conocimientos se sobrepone a la beligerancia y en todo el relato se respira una reconfortante visión de que hay vida en otros planetas, que sus habitantes nos visitan y de que nosotros algún día también podremos viajar a las estrellas. Un sueño que a día de hoy parece más distante que hace cien años.

    José Luis Forte
    © Revista EAM / Cáceres

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