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    Crítica | 45 años

    45 years

    Los fantasmas del pasado

    crítica de 45 años (45 Years, Andrew Haigh, 2015).

    Una película es por definición un trabajo de síntesis. En ella se conjugan una larga serie de elementos, desde las elipsis, transiciones y otras técnicas de montaje, hasta el decorado y la puesta en escena, pasando por el sonido y la música, que tratan de transmitir la mayor cantidad de información en el menor tiempo y espacio posibles. Con todo, el efecto no debe ser cargante ni abrumador, sino lograr que todos estos factores le lleguen al espectador de forma imperceptible y orgánica. En otras palabras, son raros los filmes cuyas coordenadas espacio-temporales coinciden con las reales, pero son muchos más las que tienen esa intención, pues al fin y al cabo se trata de captar un fragmento de la realidad para inmediatamente trascenderla. Y más difícil y meritorio todavía es introducir elementos añadidos que expresamente ciñen la narración para a través de ello contarnos algo más profundo, que va más allá de los límites que se ha trazado el propio cineasta. Para mayor concreción, estamos hablando de un tipo de cine que ya casi constituye un subgénero, cuya tradición puede remontarse a las obras de Bergman o Fassbinder: piezas de cámara que en torno a las relaciones de pareja pueden abarcar toda una vida, con un discurso que enseguida se vuelve universal. En efecto, las escenas de un matrimonio nos muestran unas vivencias muy personales, con las que a la vez nos podemos sentir también muy identificados, al tratarse de un marco tan familiar como repleto de conflictos latentes y experiencias compartidas.

    Pues bien, este escenario es el que reconstruye Andrew Haigh en 45 años (45 Years), presentada con gran éxito este año en la Berlinale. En su trabajo anterior, Weekend (2011), Haigh ya había demostrado una visión propia y sensible, que también tuvo un gran reconocimiento en los certámenes que recorrió, para retratar la intimidad de seres a menudo marginales, aprovechando su aislamiento para sacar a relucir sus deseos y traumas más internos. Sin embargo, tanto en esa película anterior como en su ópera prima, Greek Pete (2009), las historias y los personajes eran más cercanos a su propia biografía. Y es que estamos hablando de un cineasta gay y aún joven (tiene 42 años), que ahora sin embargo se atreve con la adaptación de un relato sobre una pareja heterosexual a punto de celebrar su 45º aniversario. La sensación de retraimiento es en cualquier caso parecida, pues estos protagonistas también viven apartados de gran parte de la sociedad, tanto por su edad y sus hábitos como por su propia y elegante morada, situada en la campiña inglesa de Norfolk. Y como adelantábamos, el enfoque cerrado se acentúa con ciertas pautas exógenas, en este caso por ejemplo mediante rótulos que nos indican cada día que pasa en la semana en la que transcurre toda la película, aquella que culmina en el sábado al que corresponde la apuntada celebración. Al mismo tiempo, desde un comienzo una noticia trastoca este apacible entorno, de manera que en él se desarrollan dos líneas paralelas: la que sigue las coordenadas físicas que se han marcado, y la que se retrotrae a más atrás y nos dibuja el periplo de todo un matrimonio.

    45 years

    «Estamos sin duda ante una de las mejores interpretaciones de los últimos años».


    En efecto, el metraje arranca con la carta que recibe el marido, Geoff Mercer (Tom Courtenay), donde se le informa que han encontrado el cuerpo de su primer amor, que hace décadas cayó por un precipicio en las montañas suizas y quedó congelado e inaccesible. Su mujer Kate Mercer (Charlotte Rampling) no le da importancia al suceso, pues es un hecho pasado del que ya no tienen por qué preocuparse. Pero Geoff muestra signos crecientes de turbación, llegando a plantearse viajar hasta Suiza para reconocer el cadáver, pues en su día los dos vivían como si estuvieran casados y a él le correspondería la identificación. No es ésta la única revelación que le hace a Kate, inicialmente dispuesta a desenterrar ese episodio anterior al momento en que ella y su esposo se conocieron, y a tratarlo con comprensión y complicidad, pero cada vez más reacia a aceptar la trascendencia que adquiere para Geoff, y que amenaza con resquebrajar toda la vida que él y ella han construido juntos. Se trata en definitiva de mostrarnos con un puñado de escenas cotidianas, interrumpidas ocasionalmente por momentos de desesperanza o de enfrentamiento, cómo pueden coexistir dos personas que no tenían todo tan bien atado como pensaban.

    El alcance de la narración parece entonces limitado, y ante ello lo que se antoja más difícil para Haigh, sus actores y su equipo es atrapar nuestro interés desde el principio y mantenerlo a lo largo de esta historia tan austera en apariencia como pasional en el fondo. La tarea se presenta tanto más compleja y envidiable cuanto que su ritmo es pausado (pues cada corte está muy medido, incluso para pasar a un mero contraplano) y sus acciones son a priori anodinas (incluyendo numerosos paseos o labores de cocina). Y todavía es más admirable que se consiga este objetivo sin recurrir a la estilización visual, sino simplemente mediante toda la potencia que pueden transmitir una mirada, una palabra o un gesto. Así es, las largas y pausadas tomas en las que se divide el metraje tienen una gran energía gracias a la enorme carga emocional y la capacidad de absorción que alcanzan sus intérpretes. Aunque la actuación de Tom Courtenay también es memorable, sobresale en particular la de Charlotte Rampling, en el papel de una mujer que acumula toda una serie de sentimientos contrapuestos y que ella transmite con fuerza y a la vez con naturalidad. Estamos sin duda ante una de las mejores interpretaciones de los últimos años, y esperemos que al menos alcance una nominación al Óscar, que además a estas alturas de su carrera ya se le debe a esta experimentada actriz. Sobre sus espaldas descansa buena parte del atractivo de esta cinta, cuyas demás cualidades comparten además la virtud propia de este personaje, como es la de interiorizar lo que le acontece y desvelar sus impulsos sólo de forma progresiva. En definitiva, 45 años es una película de una lucidez y una sabiduría extraordinarias, tanto más cuanto que ese valor excepcional surge, casi sin darnos cuenta, de una historia que debería resultar ordinaria. | ★★★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Reino Unido, 2015, 45 years. Dirección: Andrew Haigh. Guion: Andrew Haigh (basado en el relato corto de David Constantine). Presentación oficial: Festival de Berlín 2015. Productora: The Bureau. Fotografía: Lol Crawley. Montaje: Jonathan Alberts. Dirección artística: Sarah Finlay. Vestuario: Suzie Harman. Reparto: Charlotte Rampling, Tom Courtenay, Geraldine James, Dolly Wells, David Sibley.

    Póster: 45 years
    Feelmakers

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