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    Crítica | El viaje de Arlo

    El viaje de Arlo (The Good Dinosaur, Peter Sohn, EE.UU, 2015).

    Ucronía jurásica

    crítica de El viaje de Arlo (The Good Dinosaur, Peter Sohn, EE.UU, 2015).

    Veinte años después del estreno de Toy Story, ningún estudio de animación está en condiciones de disputar el trono a la productora fundada por Edwin Catmull, Alvy Ray Smith y Steve Jobs. Muchos han sido, sin embargo, los intrépidos rivales que invocando la ley de Cronos (nadie, ni siquiera Pixar, puede ser genial todo el tiempo) ofrecieron a los espectadores una alternativa más que solvente, y hasta cierto punto con una señas de identidad igual de reconocibles, durante sus inopinados periodos de hibernación. El viaje de Chihiro de Miyazaki y La novia cadáver de Tim Burton quizá sean los ejemplos recientes más notorios de la importancia que unge el estilo a una técnica, la animada, cada vez menos diferenciable de la acción real: contados son los valientes que se deciden estos días a producir una película de animación en dos dimensiones o en stop motion, mientras los avances informáticos recalibran diariamente nuestra forma de sentir el cine. Este cine moderno esquizofrénico, que araña el tuétano con anestesia general. Justo ahí. Quince oscars y el recuerdo indeleble de las grandes narraciones ratifican el dominio de unos estudios que, aun subordinados al marketing mix de Walt Disney, siempre encuentran oro en la ingenuidad (e incluso la paciencia) que nos habita a los que nos sentamos ante una pantalla blanca. Mucho se ha escrito de Pixar desde que Woody dijera aquello de «¡Hay una serpiente en mi bota!» y Buzz, lanzándose al vacío primaveral enmarcado por una ventana, eso otro de «Hasta el infinito y más allá». Aflora en Emeryville (California) la genialidad como la hiedra en el colegio Lowood, y uno ya no sabe decir si películas de ínfimo relieve argumental como Cars 2, Monstruos University o El viaje de Arlo son a Pixar (con perdón) lo que el kiko al premolar, un snack destinado a trabarse anárquicamente en el vacío que dejó la idea del chuletón venidero, o, en cambio, algo muy simple que debe admirarse en toda su complejidad.

    Arlo es un dinosaurio de la familia de Piecito, el del valle, frágil y temeroso del viento que agita el maizal frente a la casa en donde viven él y sus padres y sus dos hermanos, cuyos percentiles sí están en la media que corresponde a su raza y juventud. Son dinosaurios esbeltos, fuertes; no muestran temor por nada. O no al menos en público. Cumplen además sin excusas los trabajos que les encargan a diario papá y mamá, que son parientes de Piecito el del valle encantado, por si ustedes no lo sabían. Cuando al comienzo de la historia el huevo hace crac y los padres se asoman a ver qué hay dentro, descubren al mismo hijo que emprenderá una aventura para sobreponerse a esa aprensión paralizadora que le reduce la zancada y le encoge su ímpetu de monstruo entrañable, como acostumbran a serlo todos los imaginados por Disney y por Pixar también. El ya fogueado Peter Sohn nos ofrece aquí un trasunto de Tarzán (al que cantaba Phil Collins, no el de Edgar Rice Burroughs), El rey león (sin la potencia danzarina del muy brasilero Rafiki ni el oculto matiz fascistoide al que hizo referencia en cierta ocasión Juan Carlos Monedero), El libro de la selva («busca-lo más vital, lo más», decía con swing Balú, y aprende a sobrevivir con las fieras rondándote), Dumbo (observen el trip psicodélico cambiando la trompa del alcohol por las setas alucinógenas), y el siempre ineludible acto de superación personal made in Burbank. Moralina incluida. Todo esto filtrado a unos paisajes de horizontes abiertos que extasían y en cuyo tapete pastan los dinosaurios bisonte propiedad de los T-Rex. 

    «El viaje de Arlo es más una celebración de la naturaleza en su periodo post-jurásico que una gran historia sobre el poder reparador de la amistad macerada a la intemperie».


    Pocas veces el aburrimiento ha sido tan satisfactorio. El viaje de Arlo es más una celebración de la naturaleza en su periodo post-jurásico que una gran historia sobre el poder reparador de la amistad macerada a la intemperie. Quizá como refugio tras esa previsible y absurda pérdida equivalente a la gota cayendo en la coronilla cada dos por tres; sin un dios que cierre el grifo sobre ti, Mowgli con modales de Crood. Y si nos dijeran que aquellas imágenes bucólicas (abundan los grandes planos generales de Las Rocosas y las badlands estadounidenses) no son representaciones de una realidad en la que el meteorito pasó de largo varios kilómetros por encima del globo, sino de hecho la realidad misma a salto de mata, ya inmemorial, no dudaríamos en asentir y —a continuación— volver la mirada al triceratops cubierto de aves exóticas y casi tan excéntricas como él. Un fósil bañado en hachís. Un guiño al sector más gozoso de la sala. Que proyecta en Pixar el anhelo de una animación "adulta" ya presente, si bien en dos dimensiones, mucho antes del impacto del cometa Lasseter. | ★★★ |


    Juan José Ontiveros
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2015. Título original: The Good Dinosaur. Director: Peter Sohn. Guión: Meg LeFauve. Música: Jeff & Michael Danna. Voces originales: Jeffrey Wright, Frances McDormand, Sam Elliott, Jack McGraw, Raymond Ochoa, Steve Zahn. Productora: Disney-Pixar.

    Póster: El viaje de Arlo (The Good Dinosaur, Peter Sohn, EE.UU, 2015).
    En cuerpo y alma

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