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    Librería | Zeroville (Steve Erickson, Ed. Pálido fuego).

    Zeroville (Steve Erickson, ed. Pálido fuego).

    Hollywood: desmontamos su realidad, reordenamos su ficción

    reseña de Zeroville (Steve Erickson, ed. Pálido fuego).

    Estados Unidos. Fecha de publicación en España: 21 de septiembre de 2015. Fecha de publicación de la primera edición: 2007. ISBN: 978-84-943655-3-9. Número de páginas: 332. Formato: Rústica 22,9 x 13,5 cm. Edición en España: primera. Impresión: primera. Precio: 22,90 euros. Valoración: ★★★★★.

    Pocas historias lo invitan a uno a soñarse transformado en una película cuyo destello cegador descubrirá rincones inadvertidos hasta la fecha. Ocurre con Zeroville, donde su excepcional protagonista viaja a Los Ángeles en busca del mito que prefabricó Hollywood sin pensárselo: mujeres y hombres cualesquiera, pero no, sobreviviendo en una dimensión sólo alcanzable frente a la gran pantalla; hombres y mujeres saludándose por vez primera en el minuto dos y prometiéndose imposibles al final, una hora más tarde. Incluso amor eterno, o con suerte un suicidio antológico si la respuesta es que no. Ah, el cine. ¿Quién no viviría ahí? En y con esas frases que parecen escritas y que, arguye nuestro querido Vikar Jerome, ya existían antes de ser filmadas porque el tiempo es circular como un rollo de celuloide y todas las escenas conducen, entre sí, unas a otras; tanto da que reduzcamos la narración a su repetitiva continuidad. Pues al fin y al cabo, ¿quién no existe aun mintiendo? En esa —si me permiten invocar a Kubrick— monolítica caverna siempre alejada del mundanal silencio que erosiona las mentes cinéfilas, o cineautistas, proyectándose a veinticuatro imágenes por segundo y reescritas una y otra vez como si la realidad apenas si fuese un desvío en la autopista de la ficción. Acaso una teoría según la cual cada película es muchas a un tiempo, en tanto que cada espectador vive su propia historia a partir de los espacios retóricos ofrecidos por las imágenes. ¿Subjetividad? Lo siguiente.

    Vikar en realidad no se llama Vikar. Se hace llamar así para ajustar cuentas con su traumático pasado religioso. Una noche su padre se arrodilló junto a su cama mientras él se hacía el dormido. Lo más perturbador, parece insinuar Steve Erickson (Santa Mónica, 1950) —prosista que vierte napalm sobre el folio—, está pasando desde siempre en un continuum. Vikar es la inquietud; la disfuncionalidad misma coloreada con arrebatos de violencia que surgen como tifones otoñales, imprevistos. Y no le gusta que no le llamen Vikar, con k. Conviene recordarlo. Un día, tal vez uno sin indecisiones, Vikar se tatuó la calva que viste su cráneo. Ahora Montgomery Clift y Elizabeth Taylor ofrecen su trágico perfil de Un lugar en el sol en la cabeza rasurada del mismo cinéfilo que ve películas como otros respiran, y que se adentra en las salas primero de Hollywood y después de Nueva York y París, previa estancia en Madrid durante el tardofranquismo para editar (y ordenar) los brutos de un filme que su colega Vikingo está rodando en, por así decirlo, la Marrakech de Sevilla, igual que un chamán más o menos ávido de respuestas inexistentes. La perfección, dicen algunos. O una perfección tan imperfecta, tan indescifrable, que podría convertirse en algo genuino. Quizá merecedor de un premio en Cannes. Por qué no. Sin embargo la gente, ignorante, a menudo confunde a Monty con James Dean y a Liz con Natalie Wood, y por tanto el insólito tatu con un fotograma de Rebelde sin causa.

    Así, Vikar es acosado por unos demonios personales que revelan el humor ingénito a toda cuenta atrás: efectivamente, aquí cada capítulo —cada oración hilvanada— también está en todos los capítulos, que se suceden los unos a los otros y se conocen y se vuelven a unir como el metal líquido del T-1000 que encarnara Robert Patrick en Terminator: El juicio final. Steve Erickson divide para unir, conduciéndonos a Sunset Boulevard a través de la oscuridad reinante en las lomas que perfilan las playas donde surfean los viejos cachorros de la industria. De paso induce al lector a reír como nunca sin saber por qué, o quizá sí. Gracias a —entre otras cosas— ese ladrón negro que, atado a una silla, mientras Vikar espera en vano la llegada de la bofia medio dormido, compone de forma brillante en un abrir y cerrar de ojos una tesina underground sobre la(s) película(s) que están pasando por televisión. Primero, La extraña pasajera, «el culmen del llamado 'cine de mujeres' de la década de los cuarenta», cuya música —compuesta por Max Steiner— «a Bett Davis no le molaba nada. En realidad se quejó a Jack Warner de que hacía sombra a su interpretación. Intentó mandar a paseo la partitura, eso está más que demostrado». Y, «el caso es que debieron acabar utilizándola, ¿verdad? Tuvo que ser la única vez en la historia del cine que una de las mayores estrellas de todos los tiempos perdió su lucha de poder creativo ante el compositor —dice el caco entre risas—. Steiner acabó recibiendo su Óscar por ella, mientras que Bette Davis perdió el suyo ante Greer Garson, lo cual tuvo que escocerle en el culo a Bette a base de bien». Más tarde, el ladrón pateará el suelo aun atado y se reirá al escuchar de nuevo un diálogo inmortal de Henry Fonda en Pasión de los fuertes, «donde su personaje se está tomando una copa y le dice al camarero: Mac, ¿nunca has estado enamorado?» y éste responde, «No, he sido camarero toda mi vida» Entre tanta agitación, Vikar es confundido con uno de los charlies que acaban de asesinar a Sharon Tate y sus invitados; se hace buen amigo de la editora Dotty Langer —quien le abre los portones de los grandes estudios— y conoce a la malograda Soledad Paladín y su hija Zazi, cuya sombra aparentemente lo perseguirá durante el resto de la novela. Mientras Vikingo, álter ego del siempre infravalorado John Milius, aparece y desaparece entre quedadas en Laurel Canyon y teléfonos con interferencias que comunican la habitación de un hotel en el madrileño barrio de Fuencarral, donde Vikar se hospeda por algunos meses, con otra en Sevilla o Los Ángeles o Nueva York o París. Todo cabe en esta historia abisal que centrifuga referencias, mapas mitómanos, perfiles fantasmagóricos y luces allí, allí en lo más alto de la ciudad, junto a la piedra con inscripciones. Quién sabe si el monolito de Steve Erickson.

    Juan José Ontiveros
    © Revista EAM / Madrid
    El fulgor efímero

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