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  • Cobertura de la 71ª edición del Festival de Cannes.
    Por Víctor Blanes, Alberto Sáez, Ignacio Navarro & Emilio Luna.

    Siluetas y contornos: intersticios vitales.
    Amante por un día, de Philippe Garrel.

    El acto y el gesto.
    Isla de Perros, de Wes Anderson.

    La paternidad de los fantasmas.
    El león duerme esta noche, de Nobuhiro Suwa.

    Heart in the wrong place

    Slow West, por Jaime Posadas ©

    texto e ilustración por Jaime Posadas / Portfolio.

    Cuando todo se desmorona, los últimos, aquellos que sobreviven, son los más peligrosos. Caminan embozados, deshonestos, ven con los ojos cerrados y sus ideales caben en el tambor de un revólver, empuñado al mejor postor. Y quien aún sueña, quien aún sigue los dictados de su corazón, cruza océanos para descubrir que sus latidos resuenan al otro lado del pecho. Justo en el lugar equivocado.

    Para John Mclean el viejo oeste ya no es más que un libro mohoso en una maleta roída. Entre harapos y botas sucias. Es leyenda y aún no lo sabe, porque su memoria se resiste y se acorrala. Es una canción de borracho mal entonada, cuyas estrofas se atragantan entre sorbos. Estribillos que escurren por la comisura de los labios y se perderán en las mangas de cualquier camisa. Es ceniza densa que nubla el horizonte y borra huellas, que se respira y tiñe por dentro. Es una flecha atravesada en la mano que pide clemencia. Una veleta que no sabe hacia dónde girar.

    Es lento el oeste, como la agonía. Es un genocidio convertido en estadística. Una nota al margen de la libreta. Un estertor. La muerte es forma, no fondo, y las estrellas del cielo sustituyen a las del pecho, ya oxidadas, aquellas que solo relucían al brillo de la sangre. El precio a pagar por una pizca de humanidad es un reguero de cadáveres dispuestos en perfecta armonía, y el nacimiento de la civilización significa la muerte de una sociedad atrincherada entre cuatro paredes, que se defiende con uñas y dientes. Que dispara hasta la última bala sin saber a dónde. Y aun así acierta.

    Eso es Slow west. Todo ha de cambiar para seguir igual, porque así es la naturaleza. La realidad ha degollado el romanticismo, pero éste seguirá vivo para siempre en un cuerpo decrépito. Tumbado en el suelo, mirando al cielo.

    Anexo I.

    El corazón en el lado equivocado
    Columna para El Periódico Extremadura.

    texto por Emilio Luna.

    Si hablamos de Western, lo hacemos, en definitiva, de la Historia del Cine Moderno. Tras una etapa durísima para el pueblo norteamericano (Crac del 29 – II Guerra Mundial); el despertar del sentimiento patriótico, adormecido por un quindenio de dolor y desesperanza, tuvo, entre otras muchas manifestaciones artísticas, su proyección en este por entonces joven arte, aún con color y sonido adolescente, que logró lo impensable: trasladar esos relatos cortos, entretenimiento en estaciones y trincheras, a la imagen real. El Western se convirtió en el género por excelencia de la industria cinematográfica, y los grandes realizadores del continente en iconos. Empero el calendario no fue tan magnánimo, y, como abanderado de un movimiento, el Cine del Oeste mutó, como lo hicieron sus espectadores, para finalmente casi extinguirse ante el drama y otras vertientes temáticas. Transfigurado ya como cine maldito en el Nuevo Milenio, el Western continúa percutiendo alguna que otra bala de oro de forma casi mágica. Y, sorprendentemente, proveniente de los páramos más impensables. En los últimos años, países como Australia (La propuesta), Austria (The Dark Valley) o, incluso, España (Blackthorn) han contribuido con hermosas muescas que homenajean a ese cine de vaqueros, indios y colonos. Es el caso de la sensacional Slow West (Nueva Zelanda/Reino Unido, 2015), ópera prima ganadora en el Festival de Sundance, dirigida por John Maclean y protagonizada por el siempre notable Michael Fassbender. Un hermoso cuento sobre la tierra de las oportunidades que recurre a los tópicos pero también a una lírica romántica que se adapta de lleno a los nuevos tiempos. Pese al interminable eclipse, el Western sigue (y seguirá) brillando con fuerza.

    Anexo II

    texto por Alberto Sáez Villarino.

    «Jay es esa promesa de libertad que hicieron los padres fundadores y representa el espíritu de la vieja América, la de las grandes oportunidades y la igualdad, la América emocionada y optimista ante la perspectiva de un futuro utópico, que luchaba con convicción antes de perder la esperanza y rendirse al mercantilismo abúlico que la convirtió en la nación del consumo que es hoy».

    Y en esa perspectiva, con un fabuloso contrapicado enfocando a lo alto de una colina, nos encontramos con Payne y su banda, un grupo de despiadados caza-recompensas genuinos representantes de la clásica figura del villano. Tan malvados como se averigua al contemplar la propia apariencia de Ben Mendelsohn ataviado con un enorme abrigo de piel bajo un sol abrasador. Al parecer, Payne y Silas son antiguos camaradas y, el líder de los bandidos hará todo lo posible por volver a contar con su viejo amigo en sus filas. La acción se utiliza sin miedo, pero con sutileza. Cada disparo tiene un propósito, y éste quedará debidamente explicado para no dejar cabos sueltos. Pese a la gran cantidad de acontecimientos que suceden a lo largo del viaje, la cadencia narrativa permanecerá en todo momento fiel a su estado aeróbico, incansable pero sin grandes cambios de ritmo que choquen con el impasible retrato de la violencia que Maclean ha construido en torno a la fuerte personalidad de sus personajes quienes, escudados en un cínico humor negro, terminarán por demostrar la gran complejidad escondida tras su simple apariencia inicial y la primera impresión que nos produjeron. Esta premisa nos lleva a un estado constante de incredulidad y exasperación, al tener la sensación de que no llegaremos a entender las verdaderas intenciones de cada uno en ningún momento. Del mismo modo que no entendemos el porqué de la aventura que sirve como motor principal de la película. Las analepsis van arrojando luz sobre la que parece la historia de un amor no correspondido y, pese a ello, el protagonista se lanza impertérrito a la boca del lobo por una esperanza ciega de encontrar la cura para su corazón roto —otra de las grandes metáforas del mensaje—. En cualquier caso, es inevitable rendirse a la entrañable fuerza de voluntad y el arrojo del inocente protagonista. Jay es esa promesa de libertad que hicieron los padres fundadores y representa el espíritu de la vieja América, la de las grandes oportunidades y la igualdad, la América emocionada y optimista ante la perspectiva de un futuro utópico, que luchaba con convicción antes de perder la esperanza y rendirse al mercantilismo abúlico que la convirtió en la nación del consumo que es hoy. Puede que por ello, esta historia no sea narrada por su romántico protagonista, sino por su oportunista compañero, «su corazón estaba en el sitio equivocado».

    -Werner: So, now... East. What news?
    -Jay Cavendish: Violence and suffering. And West?
    -Werner: Dreams and toil.
    Slow west será la protagonista del primer número de EAM cinema.
    Invitación

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