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    Seminci 2015 | Día 2. Críticas: Una pastelería en Tokio + Una historia de locos + Zonda, folclore argentino

    Naomi Kawase en la Seminci

    Al tueste de dorayakis

    Crónica de la segunda jornada de la 60ª edición de la Seminci.

    Día de asentamiento, de ojeras de domingo de manga corta, de rencuentros no tan inesperados y de consultas a desconocidos: Sí señora, ya sé que en el catálogo no pone nada de los subtítulos, pero de verdad que no le miento si le digo que aunque la película sea siria en versión original va a usted poder hacer gala de su perfecto castellano. ¿A destacar? Una muy interesante mesa redonda acerca del papel de la mujer en el cine que ha contado, entre otras, con parte de las realizadoras presentes en el ciclo Femenino Singular. Entremedias paseos de seminceros y curiosos varios por la recién estrenada (y larga, muy larga) alfombra roja; porque da igual que haga buen tiempo y no haya ninguna excusa seria para resguardarse. Únase a nosotros: camine por los soportales de la Plaza Mayor sintiéndose como una auténtica estrella de cine, perciba el terapéutico almohadillado de terciopelo rojo y plantease la pregunta de por qué no democratizar esta sensación todos los días a todas las horas. Pero recuerde, si todos somos especiales, nadie lo es, y aunque sea un mero toque simbólico/decorativo y publicitario (el banco rojo ese), la ideología (Zizek presente), el espíritu si se prefiere, acaba impregnando cualquier acción, y oigan, así es bonito que el monopolio de prestigio que simboliza habitualmente el tapiz se rompa permitiendo pisadas de mortales.

    An

    UNA PASTELERÍA EN TOKIO

    あん, An, Naomi Kawase, Japón / Sección Oficial.

    La típica dosis asiática ha sido la encargada de abrir la mañana con una de esas películas que, si bien, no están destinadas a perdurar en la memoria del colectivo, proporcionan un agradable espacio en el que habitar a lo largo de su metraje. La historia de un pastelero que contrata los servicios culinarios de una anciana con lepra podría tomarse a priori como desagradable o tensa, pero nada más lejos de la realidad, bienvenidos a la accesibilidad japonesa. Pues a pesar del ritmo pausado, la dulzura y la cortesía se sitúan como pilares fundamentales para establecer este agradable relato de una autora que demuestra constantemente que quiere a sus personajes. Estamos ante una cinta de fácil visionado, pequeña y caramelizada fábula que se aleja por completo de los oscurantistas planteamientos anteriores de Kawase para acercarse al pulso de obras como Una familia de Tokio, remake de Ozu que ya obtuvo la Espiga de Oro hace un par de años. Al igual que en esa cinta, estamos aquí ante una mimada puesta en escena a la que no le hace falta romper con brusquedad para arrancar y mantener el conflicto. El interés por la trama parece levitar, sostenido en una fabulosa y poética medición de tiempos que dota de belleza a cada plano al ritmo de tueste de los dorayakis.

    En términos de contenido, la aparente ligereza se desarma ante profundas reflexiones que se liberan bien avanzada la trama. Deseos de utilidad, de sentido, que enfocan la problemática de la enfermedad, primero con un tono condescendiente, más adelante con una sobrecarga de trascendentalismo. Un hecho que genera zozobra. El problema no reside en las distintas miradas, si no en la destemplanza con la que se cambia de tono. Una irregular manera de completar la narración que provoca en su último tercio cierta flojera en la resolución del conflicto, bastante previsible por otro lado. Factor que hace que se borre parte de la magia construida con anterioridad para caer en territorios más comunes. Pues al igual que sucede en los clásicos nipones, los sutiles y dulces puntos de humor quedan entonces borrados por una muy intensa, quizá demasiado, dosis lacrimal. Por fortuna, Kawase se redime desatando toda su poesía visual en su terreno predilecto, el de la naturaleza. Remarcando a Una pastelería en Tokio como una lección de metafísica que tan solo estaba esperando la oportunidad para escapar de su encierro. La belleza en forma y vida. [75/100]

    Una historia de locos

    UNA HISTORIA DE LOCOS

    Une historie de fou, Robert Guédiguian, Francia / Sección Oficial.

    Y le tocaba continuar la mañana a Guédiguian, otro cineasta habitual del festival, capaz como muchos otros de polarizar a los espectadores con tan solo mostrar el rótulo de su nombre. Narra en esta cinta la historia real del periodista español José Antonio Gurriarán, víctima de un atentado perpetrado por combatientes armenios. Abre la acción, quizás la mejor parte de la película, un bello prólogo de cerca de veinte minutos. Bellas, tranquilas y armoniosas imágenes en blanco y negro que son destrozadas por la crudeza de la sangre que brota sin interrupción. Un atentado, motivos políticos, y ningún arrepentimiento ante la venganza por el ultraje causado, el terrible genocidio armenio llevado a cabo por el ejército turco en la década de 1920. Volvemos al color para descubrir que tres generaciones después las heridas no están cerradas. Tensiones de inmigración que los magnánimos principios franceses son incapaces de apuntalar por conveniencias diplomáticos hacia el poder que representa el estado turco. El protagonista, Aram, un joven de familia humilde, orgulloso espíritu revolucionario, no tarda en ser captado por un grupo terrorista que busca vengar el agravio cometido contra la nación armenia. La fría racionalidad del asesinato del prólogo queda sustituida por el impulso emocional de la leyenda de la lucha contra el imperio, debilidad subyacente que implica que en el primer atentado que comete, la moral tiemble y prefiera girarse ante el acto atroz. No hay regodeo ni placer en la destrucción, la cual a pesar de todo se ve necesaria.

    Con él éxito de esta primera acción, la cual deja el poso de Gilles, víctima inocente que queda sin movilidad en las piernas, Aram decide radicalizarse abandonando a su familia y desplazándose hasta su país. Momento en el que toman el control emocional de la narrativa las figuras paternas, atrapadas en medio de la incomprensión y la sabida responsabilidad, generadoras de la vida que el germen del nacionalismo destruye. Impotencia hacia una vida externa que escapa a todo dominio; incertidumbre y deseo de recuperar una infancia ajena perdida y casi olvidada por su propio hijo. Es este amor, sin embargo, únido al hechizo sexual, el catalizador del odio, su único combatiente, la cura para almas rotas que a pesar de todo se resiste a desquebrajarse por completo. Serán estos factores la semilla de la empatía y del humanismo los que acercarán al joven a la perspectiva del absurdo de sus acciones. Al otro lado, el dolor de inocentes anónimos representados por Gilles, simples daños colaterales para el movimiento. Víctima externa que ni sabe ni le importa dónde está Armenia…. Hasta que siente la necesidad de comprender los motivos que han generado la propia desgracia en un mundo en el que se da por hecho que las injusticias existen. Así, sin grandes golpes efectistas más allá del citado atentado, el guion sabe mantener la tensión a través de una mecánica de movilidad en la que no hay hueco para espacios contemplativos. Hilando de forma eficiente la acción y dividiendo con equilibrio las distintas tramas sin que las secundarias parezcan tal cosa y por ende no estorben. Empero para desgracia del conjunto, el final se desinfla perdiéndose en la inconcreción, sorteando la tensión, tanto en el conflicto final como en su desenlace, de la manera más sencilla. Dejando en una más lo que de una manera más elaborada podría haber sido una sobresaliente película. [70/100]

    Zonda

    ZONDA, FOLCLORE ARGENTINO

    Carlos Saura, Argentina / Proyecciones especiales.

    Reservado como temprana desconexión personal y cambio de chip, empieza el pase de prensa de las cuatro de la tarde, la hora más dolorosa (si pisan festivales sabrán de lo que hablo), protagonizada por el último filme del renovado Saura: Zonda, folclore argentino, un título en la línea de sus últimas producciones musicales que guarda una sabia coherencia como continuación de su espectáculo teatral Flamenco India, estrenado tan solo hace unas semanas precisamente en Valladolid. Un sincero repaso a la música tradicional argentina que se erige con belleza y soltura. Dejando, a pesar del fragmentado conjunto, una unidad homogénea pero variable que confiando en el material de origen se preocupa de mantener en todo momento el impacto visual, quizás la mayor fortaleza del largometraje. Porque Saura ha sido siempre un maestro a la hora de utilizar la música en sus obra. Centrado este pequeño documental en la melodía argentina, tan solo cabe esperar a la genialidad. La cual no tarda en hacerse patente con el reflejo de la propia cámara en un espejo. Es en esta creatividad en la puesta en escena, la cual, a pesar de estar fijada únicamente en interiores huyendo de los convencionalismos de realización televisiva, en donde reside el atractivo del conjunto, que parece estar encaminado a remarcar la ardua construcción de la belleza. Reflejo de esto son los pequeños recursos, falsos o no, introducidos entre las distintas canciones. Instantes previos al deslumbramiento en los que los intérpretes y bailarines reflejan sus dudas y metas. Sublime complemento a la elevación de un exótico material de partida por medio de planteamientos estéticos dignos del mejor mago, compartiendo protagonismo las últimas tecnologías con tradicionales juegos de luces y reflejos. [70/100]


    Álvaro Martín
    © Revista EAM / Enviado especial a la 60ª edición de la Seminci



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