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    Crítica | Taxi Teherán

    Taxi Teherán

    Autorretrato sobre ruedas

    crítica Taxi Teherán (تاکسی, Jafar Panahi, 2015).

    De inicio: Taxi Teherán no tiene créditos finales. A su término, el director (d)enuncia lo siguiente: «El Ministerio de Orientación Islámica autoriza los créditos de las películas para su distribución. A mi pesar, esta película no tiene créditos. Expreso mi gratitud a todos los que me han apoyado. Sin su valiosa colaboración este filme no habría visto la luz». Y ya. Fin. Sin más. Tan sencillo y triste como eso. Peatones y coches circulando arriba y abajo por una avenida que bien podría ser una de las muchas calles atestadas de, por ejemplo, Madrid o Barcelona. El coche se detiene ante un semáforo en rojo, y la cámara apunta hacia afuera desde el salpicadero. La luna del coche separa dos mundos que se miran haciendo visera con las manos, como deslumbrados por un hastío recíproco. Deben haber pasado ya veinte o cincuenta segundos. La vida entera al ralentí. Aunque nadie se percate del roto cada vez peor remendado. Nadie se mueve aquí, todos observamos en derredor a la espera de un claxon afónico o una maniobra suicida cargada de reproche: a ver si muere alguien, te dices, aunque sea buena persona (con perdón). No obstante, estamos acostumbrados a patinar sobre tragedias aparentemente lejanas; demandamos explosiones millonarias de a quince muertes la onda expansiva, porque a fin de cuentas no hay informativos en los que aún no exista una vocación hollywoodiense invisible para el telespectador. El ruido, estático y agudo, pone banda sonora a una urbe que yace sobre planteamientos —cuando menos— resbaladizos, y al fin reanudamos viaje hacia no sé dónde. Todo recto conduce el taxista, y allí, frente a un comercio gris, anodino, frena para recoger a una mujer y a los pocos metros, a un hombre que inicia conversación sobre dos ladrones de neumáticos a los que han condenado a cadena perpetua. Los argumentos de este copiloto son firmes: «Yo los ahorcaría en la plaza, para dar ejemplo. No hay mayor bajeza que un pobre robando a otro pobre», arguye con severidad. «¿Qué clase de persona se pondría a robar en el barrio más desfavorecido?».

    La mujer por su parte cambia el rictus, hasta entonces impávido; no autoriza su brutal y reaccionaria opinión. El taxista, entretanto, calla mientras da rienda suelta a su verbo jazzístico: el lenguaje de la cámara. Es el director (y por ende chófer) de un work in progress sobre ruedas y sobre la persecución sistemática que lo abate sin paliativos. Aquí y ahora. O mejor: allí y entonces. En el interior de su taxi destartalado. Una carrera susceptible de ser editada con intereses artísticos y —sobre todo— cívicos, sin manipulación alguna, o sin más condimento que el imprescindible para orientar la historia y condensarla en ochenta minutos de situaciones a veces excéntricas (como ese enano que vende a domicilio películas piratas, tal vez la única manera que tienen los cinéfilos en Irán de acceder a la mayoría de títulos que se pasean por las carteleras de medio mundo, y que reconoce a Jafar Panahi en ese taxista indecible cuyo GPS se orienta a su manera, es decir, situando el norte en el sur y el este en el oeste; y también unas surrealistas señoras con una pecera que le urgen a no demorarse para llegar a tiempo al estanque sagrado en que liberarán a sus peces y los reemplazarán por otros iguales hasta el año próximo, porque si no, "moriremos antes de la una") y otras tantas hiperbólicas como un mono con platillos. Me refiero, sí, a un desajuste puntual, incomprensible. De esos que dibujan el asterisco al lado de una nota insuperable, seis y medio, y le obligan a uno a leerse los comentarios del profesor tiquismiquis. Y es que Panahi confunde al principio lo dramático con lo grotesco, a saber: una mujer que llora las penas de su marido herido, que no moribundo, en un accidente de bicicleta finiquitado con estertores broncos que harían las delicias de la escuela Vittorio Gassman. Así, ella llora y llora, para luego reclamar sus lágrimas con un «nunca se sabe cuándo llegará el día. Dios no lo quiera. Que no sea hoy, quizá mañana o pasado o al siguiente. Pero si tiene que ser hoy mismo... ¿Ha grabado bien su última voluntad? Sea pues lo que Dios disponga». No en vano ciertas despedidas empujan a seguir hacia delante sin contemplaciones. Me explico: las comillas romanceras últimas son mías. Un antispoiler (si me permiten el puñetazo) de lo que se nos muestra en pantalla, entre acciones y silencios estrepitosos, como remedio casero contra la más afeada realidad.

    Taxi Teherán

    «Una película baratísima, pero enorme, que indaga en el quiste sociopolítico de un país (im)permeable al sofoco ya endémico del hombre occidental, cuya visión panóptica es generosa en dioptrías y extrañamente ajena a lo que ruge en Oriente».


    Contemplen —si no me creen— Taxi Teherán. Oso de Oro en el pasado Festival de Berlín. Una película baratísima, pero enorme, que indaga en el quiste sociopolítico de un país (im)permeable al sofoco ya endémico del hombre occidental, cuya visión panóptica es generosa en dioptrías y extrañamente ajena a lo que ruge en Oriente. Historias mínimas que, aun deslizándose con la sonrisa perpetua del taxista Jafar, tocan el espinazo por su contundencia heladora: un frío tan salvaje, tan brutal por lo que arrastra consigo, que a menudo se confunde con el fuego saliente de la caverna institucional. Quizás el mismo fuego de los caudillos pirómanos que encarcelaron a Panahi en 2009, y que lo persiguen hoy con restricciones tales como la inhabilitación para hacer cine. Y, repito, esta película no tiene créditos. Y, en última instancia, agradece su existencia a los que la vieron y no quisieron ver lo que transportaba ese globo blanco de 1995: el botón rec detonador y la futurible onda expansiva del taxi driver Panahi. Acelerando desde la cara B de su espejo retrovisor. | ★★★★ |


    Juan José Ontiveros
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Irán, 2015. Título original: Taxi, تاکسی. Director: Jafar Panahi. Guion: Jafar Panahi. Fotografía: Jafar Panahi. Presentación oficial: Festival de Berlín (Oso de Oro a la mejor película). Distribuidora: Wanda Vision. Duración: 82 minutos.

    Póster: Taxi Teherán
    El fulgor efímero

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