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  • In sanguis veritas.
    The neon demon, de Nicolas Winding Refn.

    ¿Cuántos poetas se necesitan para elogiar a una ciudad?
    Paterson, de Jim Jarmusch.

    El castigo de Hedoné.
    La doncella, de Park Chan-wook.

    Especial Oscar Race 2017.

    Epicedio appassionato.
    Solo el fin del mundo, de Xavier Dolan.

    Festival de San Sebastián 2015 | Día 5. Críticas: El niño y la bestia, El rey de La Habana, Thirst & Magallanes

    Mamoru Hosoda

    Fronteras porosas

    Crónica de la quinta jornada de la 63ª edición del Festival de San Sebastián.

    Entre la parroquia habitual del Zinemaldia existe un sector muy tendente a manifestar en voz alta su opinión en las salas llenas, en lo que adivinamos una necesidad apremiante de autoafirmación del propio criterio. Una de esas opiniones nos sirve hoy para proponer una pequeña reflexión. A raíz de la proyección de El desconocido, un par de espectadores discutían sobre su calidad. Uno de ellos afirmaba que lo único bueno que podía decir es que era entretenida. A lo que su interlocutor voceó una respuesta lapidaria: “¡Pero si es que el cine está para entretener, joder!”. Dejando a un lado las posibles adhesiones o rechazos que pueda generar esta idea, cabe al menos preguntarse sobre cuál es el papel de los festivales en este aspecto. Más aún en un tiempo en el que el concepto de “película de festival” se está extendiendo, creando una división de compartimentos estanco peligrosa. Por un lado está aquel cine que, por su complejidad narrativa, visual o temática parece condenado a morir tras su paso por unos pocos certámenes de donde salen casi más textos de crítica que espectadores. Por otro, ese cine acomodado en una serie de convenciones que han demostrado su eficacia para llegar a un público masivo, evitando cualquier atisbo de singularidad que pueda resultar disuasiva a la hora de pasar por caja.

    La presente edición del Zinemaldia da cuenta de que el propio certamen no sabe responder demasiado bien a la cuestión de qué función del cine debe primar en sus pantallas. En esta jornada, por ejemplo, la proyección más comentada ha sido El niño y la bestia, destacada por incorporar a competición el anime japonés, pero en el fondo una cinta para toda la familia, llena de convenciones del género y con una estructura narrativa de crecimiento personal y sentimental muchas veces vista. Ante esto, se podría argumentar que un festival está para albergar propuestas algo más rupturistas. Pero aquí la cuestión se complica. Porque, con todo, la japonesa resulta una obra indudablemente bien facturada. Mientras que productos movidos por impulsos más vanguardistas como 21 noches con Pattie o El apóstata (comentadas en crónicas anteriores) han resultado fallidos. Por otra parte, la relación entre asunciones previas y resultado final a este respecto resulta algo difusa en casos como el de Sunset Song, obra de un reconocido autor como Terence Davies pero adscrita a un perceptible academicismo. ¿Se la está valorando como un ejercicio de expresión personal por el mero hecho de llevar la firma de Davies? ¿Se le daría otro tratamiento y se cuestionaría su inclusión si hubiese acudido bajo un nombre sin lustre?

    La dicotomía entre expresión o entretenimiento, en fin, es todo un clásico entre la cinefilia. Pero las dos categorías tienen sus matices. Como también evidencia esta Sección Oficial, la carga de expresión de una película puede oscilar entre lo personal (Sparrows), el discurso sociopolítico (El apóstata), la transmisión de una atmósfera emocional (Eva no duerme, Evolution)... O una combinación de todas ellas. Y la vocación de entretenimiento no excluye la presencia de la personalidad del director. En muchas ocasiones, de hecho, la frontera es porosa. Pese a que se le considere un director más bien comercial, ¿hay en el cine de Álex de la Iglesia (que acaba de presentar Mi gran noche) unas constantes temáticas e inquietudes que permitan considerarlo un tipo de autor? Preguntas parecidas pueden surgir ante uno de los filmes reseñados en esta crónica: El rey de La Habana, de Agustí Villaronga. ¿El exceso de elementos morbosos en sus imágenes es un intento de atraer público o un reflejo de las inquietudes del director? San Sebastián, como en general los grandes festivales, se ha ido convirtiendo en un amalgama complejo de intereses de industria y prensa que dificulta hacer una lectura definitiva de estas cuestiones. Pero al menos, esperamos que quede claro que el cine no está para entretener. Quizá lo más sensato sea rechazar, en general, la idea de que el cine “está para” algo en concreto.

    El rey de la Habana

    EL REY DE LA HABANA

    Agustí Villaronga, España / Competición.
    por Víctor Blanes Picó.

    Para reinar en La Habana, hay que tener una buena pinga. Y Reynaldo, el Rey, la tiene. De este modo se le abren todas las puertas (y todas las piernas) de La Habana. Así podría resumirse la nueva película de Agustí Villaronga, quien tras el éxito de Pa negre vuelve a la carga adaptando la novela homónima del escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez. El rey de La Habana, se mire por donde se mire, es una película decepcionante. Empieza fuerte dejando claras sus intenciones: encadena tres escenas de alto contenido sexual sin apenas despeinarse. Lo molesto no es que las escenas de sexo sean más o menos explícitas, sino la frivolidad y gratuidad con que aparecen y desaparecen a lo largo del metraje. Básicamente, hay que estar alerta porque, en cualquier momento, en el lugar más insospechado, el Rey puede acabar fornicando con cualquiera que se le cruce. A esto hay que añadirle unos diálogos que perfectamente podrían estar sacados de una película porno de bajo presupuesto y que acaban dotando a todos los encuentros de un punto de comicidad involuntaria mediocre que acaba extendiéndose a toda la película. Lo único de lo que no cabe duda es que el Rey es un personaje potente, pero hay dos cosas que fallan: un guión que le impide evolucionar y un actor sin carisma meten a la cinta en bucle insalvable. Salvan la papeleta interpretativa Yordanka Ariosa y Héctor Media Valdés, los verdaderos descubrimientos de la cinta.

    La sensación que deja la cinta es que Villaronga se ha quedado solo con la parte más superficial de la historia. Técnicamente, El rey de La Habana es incontestable: la exquisita fotografía de Josep M. Civit y la cuidada producción dan buena cuenta de ello. Sin embargo, su falta de profundidad y contextualización social que vaya más allá de mostrar y reincidir en las miserias de la vida de los personajes lastra a la cinta y la convierte en una serie de historietas y aventuras entre Rey y sus dos amantes, Magda y Yunisleidi. Lo cierto es que la capa más profunda está ahí, y solo habría que rascar un poco. En cierto modo, se intuye que todos los personajes se empeñar por decir (y creer) que luchan por la Revolución, pero al final la verdadera revolución es lograr sobrevivir… y, de paso, practicar sexo tantas veces como se pueda. La película vaga errática, sin rumbo, y las escenas repiten el mismo esquema una y otra vez: un poquito de sexo, seguido del discurso de «soy el rey de la Habana y debes respetarme» para terminar con algún tipo de actividad delictiva. Villaronga escoge la tangente impresionista para quedarse en la superficie de lo que podría ser el ascenso y la caída de los anhelos e ilusiones adolescentes por comerse el mundo. [42/100]

    The Boy and the Beast

    EL NIÑO Y LA BESTIA

    Bakemono no ko, バケモノの子, Mamoru Hosoda, Japón / Competición.
    por Emilio Martín Luna.

    Durante el Festival de Cannes, tras la proyección de Del revés (Inside out), Pete Docter acentuaba que la animación no era el género cinematográfico que tanto prensa como especialistas estaban empeñados en etiquetar. «La animación es cine», concluía el escritor de maravillas como Wall-E (2008), Up (2009) y las dos primeras entregas de Toy Story (1995 y 1999, respectivamente). Y razón no le faltaba. Tradicionalmente el cine de dibujos animados ha sido condenado a una segunda división, por debajo de su hermana ficción de acción real. La llegada del nuevo milenio supuso un cambio para la técnica, y el paso de los años, con la aparición de títulos antes nombrados, entre otros, ha posibilitado un crecimiento que le ha colocado a la par de los hitos de cine contemporáneo. Un hecho que ha atraído a los grandes festivales a la hora de programar creaciones de diversa factura fuera de competición y, de dos años para acá, incluso, luchando por los grandes galardones del circuito. Es el caso del Festival de Karlovy Vary, en cuya dos últimas entregas se exhibieron la letona Rocks in my pockets (Signe Baumane, 2013) y la rumana The magic mountain (Anca Damian, 2015). Filmes de potente mensaje sociológico y político, tan posicionados y valientes como fallidos. A pesar de ello, encajaban en la idiosincrasia del certamen que las programaba. Animación adulta destinada a robar protagonismo al habitual cine de denuncia.

    Con todo esto, sorprende que el SSIFF haya incluido en su Sección Oficial a Competición a la cinta nipona El niño y la bestia. No es la primera vez que los cartoons aparecen en el máximo apartado del Donostia Zinemaldia –el caso reciente de Futbolín (Juan José Campanella, 2013—, pero nunca luchando por la Concha de Oro. El séptimo largometraje de Mamoru Hosoda, uno de los grandes representantes de la segunda línea del cine de animación japonés tras Studio Ghibli, posee numerosas que virtudes que empatarán con cualquier tipo de público, pero este no es lugar. Principalmente, porque tras su impactante poderío visual, nunca abandona la estela de película para el gran público, trufada de sentencias inspiradoras y moralina a borbotones que guiña el ojo al público adolescente; que encontrará al prototipo de héroe anime, acompañado por la damsel in distress de turno, y su holgazán pero valeroso maestro. Porque El niño y la bestia no deja de ser una versión alegórica de Kárate Kid, contextualizada en una particular visión del Bosque de Sherwood donde anidaban los proscritos de Nottimgham, con Robin de Locksley a la cabeza, y aderezada con alguna que otra referencia metaliteraria que pretende otorgar empaque a una temática demasiado trillada. Aun así, sus dos horas son una auténtica centella que involucran al espectador de inmediato con un primer tramo –el de mayor inspiración— donde se presentan y desarrollan los personajes; la tradicional composición pupilo-mentor narrada con mucha delicadeza. Es justo cuando el filme debe explotar sus recursos técnicos –en la épica y la batalla— donde las sendas se convierten en comunes y, en consecuencia, el trabajo de Hosoda pierde todo su fuelle. El niño y la bestia acaba regalando un buen sabor de boca pero queda muy lejos de la maestría de la sobresaliente Los niños lobo (2012). [65/100]

    Jajda

    THIRST

    Jajda, Svetla Tsotsorkova, Bulgaria / Nuevos Directores.
    por Víctor Blanes Picó.

    Da la sensación de que en el cine actual existen dos corrientes principales en lo que se refiere a nuevos directores. Por un lado, tenemos debuts claustrofóbicos, con la cámara pegada a sus personajes, planos muy cerrados y mucha intensidad contemplativa para relatar todo tipo de dramones. Por otro, están las películas que beben del cine indie norteamericano, con más ojo en la estética y los diálogos y que explotan normalmente la trama boy meets girl. El primer largometraje de la directora búlgara Svetla Tsotsorkova no es ni una cosa ni la otra, aunque en su génesis podría perfectamente derivar hacia cualquiera de estas dos corrientes. Jajda (sed en búlgaro) retrata la vida de una familia cuya existencia depende del agua. La madre se encarga de lavar las sábanas de los hoteles que diariamente le entregan en la apartada casa en la que viven. En lo alto de una árida colina, son los últimos en recibir el agua necesaria para que funcionen las lavadoras. En tiempo de sequía, la escasez se hace todavía más palpable. La falta de este recurso básico sostiene la película, pero es simplemente el motor para contarnos una historia de personajes sedientos de amor y empatía.

    El único hijo del matrimonio pasa la vida corriendo 4.000 pasos diarios (como le ha dicho su padre, para no sufrir ningún infarto) y ayudando a su madre. La llegada de un padre y su hija para la construcción de un pozo solo hace que acrecentar el sentimiento de desconexión e incomunicación sentimental entre todos los protagonistas. Son seres en busca de afecto cuya única dedicación es el trabajo y sus labores diarias. Sus vidas avanzan de manera monótona sin que apenas hayan alicientes más allá de la rutina. De este modo, un pequeño juego entre los dos adolescentes llamando al perro para ver quien capta su atención se entiende como una llamada de auxilio para obtener la atención de algún ser vivo. Él y ella, en la flor de la vida, se miran con una mezcla de curiosidad y rebeldía, pero la película huye de la historia convencional de primer amor adolescente para retratar la dificultad de relacionarse cuando no se sabe lo que es el cariño. Si hay algo que dota de sentido y calidad a toda esta historia es la manera en que está contada. Jajda cuenta con una realización sencilla pero efectiva que escapa del lirismo forzado y la poética vacua centrada en el paisaje para mostrarnos el entorno tal y como es. Esta naturalidad estética, sin caer en la observación reiterativa, acaba siendo la gran baza de la cinta. La ausencia de pretensiones líricas le lleva a abrir el plano y poner en relación a los protagonistas y su entorno de manera orgánica para lograr que esta composición hable por sí misma, sin subrayados poéticos, algo que se agradece viendo la intensidad impostada de muchas óperas primas. [70/100]

    Magallanes

    MAGALLANES

    Salvador Del Solar, Perú / Horizontes latinos.
    por Juan Roures.

    Hace unos años, Roman Polanski retrató en La muerte y la doncella la historia de una mujer torturada por los fantasmas de un pretérito más que imperfecto: aquel en que sufrió abusos en plena dictadura. Aquella película sucedía en un país imaginario, pero podía aplicarse a varios países latinoamericanos. En Magallanes, Salvador del Solar nos traslada a las calles de Lima para contar una historia similar pero mucho más concreta, esta vez desde la perspectiva de uno de los culpables. Y es que, aunque Magaly Solier juega un rol muy importante como la mujer que intenta superar su pasado en tiempos difíciles, el alma de la cinta pertenece a Damián Alcázar, cuyo personaje no en vano da título a la misma. Magallanes es un hombre reflexivo y parco en palabras cuya anodina vida da un vuelto al reencontrarse con una joven a la que conoció en sus tiempos de soldado. A partir de entonces, da comienzo la búsqueda redentora de él, al tiempo que una historia paralela nos permite identificarnos con los problemas financieros y personales de ella, quien, claro está, no ha superado el trágico pasado.

    La memoria, concretamente el contraste entre la importancia de recordar y el deseo de pasar página, juega un papel clave en Magallanes e invita a reflexionar sobre un tema de viva actualidad: ¿vale la pena seguir maldiciendo el pasado cuando se dispone de un futuro tan brillante por delante? A fin de cuentas, el desarrollo económico reciente de Perú es uno de los mayores del mundo, lo que lleva a otro tema de vital importancia: el dinero, algo por lo que todos los personajes se preocupan y que, sin embargo, pierde todo su poder en las situaciones esenciales. Inspirada en el relato breve La pasajera, de Alonso Cueto (basada a su vez en Muerte en el Pentagonito, de Ricardo Ucedo, un reflejo de innumerables casos reales), esta pequeña cinta actúa como metáfora, pero también como verdad estadística, pues nadie ha sido todavía juzgado por los terribles crímenes acontecidos. En un país empeñado en mirar para otro lado, la justicia no es siempre el camino predilecto. Así lo lamentaba el realizador durante el coloquio posterior al visionado al ser preguntado por el momento en que los sentimientos de la mujer protagonista explotan en quechua: no hay subtítulos porque la propia sociedad peruana está divida por el idioma, todo un reflejo del puente de comprensión que el país no ha sabido construir.

    La temática de Magallanes es tan sencilla como potente y, pese a su falta de absoluta novedad, logra calar en el espectador por la potente veracidad del reparto (a destacar los dos intérpretes principales en la que la experiencia de él se antepone a la pasión de ella) y la vibrante puesta en escena. La propia Lima obtiene gran protagonismo como esa ciudad llena de vida —pero también muerte— filmada bruscamente cámara en mano por Diego Jiménez al ritmo de la perturbadora música de Federico Jusid. Sin embargo, hay algo en el guion que no cuadra, quizá porque la historia no termina de sorprender y los personajes no acaban de ganarse la identificación del espectador. Además, los sentimientos quedan a menudo poco explicados (lo que, lejos de hacer volar la imaginación, invita a cuestionarse la propia lógica narrativa) y en ocasiones incluso rozan el melodrama. Pese a ello, se trata de una digna receptora del pasado Premio Cine en Construcción del Zinemaldia, así como de una nueva muestra del importante papel de este galardón de cara a impulsar proyectos con pocos medios y mucho que decir. [60/100]


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