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    Crítica en serie | The Brink (T1)

    The Brink

    La agria sensación del chiste sin (tanta) gracia

    crítica a The Brink (2015-) | Primera temporada.

    HBO / 1ª temporada: 10 capítulos | EE.UU, 2015. Creadores: Roberto Benabib & Kim Benabib. Directores: Michael Lehmann, Jay Roach, Tim Robbins, Jon Poll, J. Michael Muro, Scott Winant, Adam Bernstein. Guionistas: Roberto Benabib, Kim Benabib, Dave Holstein, Jack Kukoda, Sam Forman, Aasif Mandvi, Wes Jones. Reparto: Tim Robbins, Jack Black, Pablo Schreiber, Aasif Mandvi, Maribeth Monroe, Eric Ladin, Geoff Pierson, Esai Morales, Iqbal Theba, Erick Avari, John Larroquette, Melanie Chandra, Carla Gugino, Ryan Cutrona. Fotografía: J. Michael Muro, Todd Dos Reis. Música: David Robbins.

    The Brink no puede ser sino una pequeña decepción. Con su ambiciosa y ocurrente premisa –más divertida oída que vista en pantalla y desarrollada en diez entregas que acusan momentos de relleno– y un reparto y equipo creativo lleno de talento, el resultado final deja que desear. Tanto, que sorprende que HBO sea la responsable de emitirla. No es que sea mala ni mucho menos, pero el trazo grueso y lo resabiado de su sentido del humor –efectivo en gran parte, todo hay que decirlo– hacen que los habituales estándares de calidad que la cadena por cable abandera no se cumplan especialmente. Se entiende que solo en premium cable o las nueva plataformas de streaming se pueda encontrar una comedia dispuesta a bromear sobre la posibilidad de una guerra nuclear o las tensiones de Oriente Medio. Y no solo bromear, sino dar nombres –tanto reales como ficticios– y calificar las cosas con propiedad, sin coartadas ni aparente miedo a las repercusiones. Ese aplomo es digno de elogio, pero no hace que The Brink alcance ningún nivel de excelencia. El reparto parece estar pasándoselo en grande (en especial el trío protagonista y sus respectivas comparsas), pero esa diversión se queda en la pantalla en más de una ocasión, provocando el hastío del espectador al ver que se encuentra con personajes descaradamente episódicos –toda la subtrama de Zeke y Glenn con el histérico matrimonio británico– y su escasa benevolencia ante otros más presentes pero poco desarrollados. Una tendencia que es además más acusada en la comedia, donde si a uno no le hace gracia algo que está tratando de hacérsela, la rabia que esto crea se vive con más intensidad.

    El argumento, que arranca in media res de cara al espectador, une al Secretario de Estado de Exteriores de los Estados Unidos, a un agente de la CIA de muy bajo nivel y poco cerebro destinado en Paquistán y a un experto piloto de cazas que trafica con drogas para mantener a su familia en una narración que funciona a tres bandas. Tres historias que se desarrollan sin cruzarse físicamente pero que están relacionadas de forma directa cuando un esquizofrénico líder político que ha perdido las elecciones da un golpe de estado y amenaza directamente a Israel y por ende a Estados Unidos. En medio del conflicto, en una historia que ocupa los diez episodios de la temporada y que hace que la serie encadene cliffhanger tras cliffhanger (en un perfecto ejemplo de la narrativa seriada que propicia trabajar en el mundo del cable) la carrera a contrarreloj por salvar el mundo. Una carrera donde los chistes de sexo, las vomitonas o las bolsas de orina se dan en igual grado que los ataques de los guionistas a la comunidad internacional y sus actitudes o las reflexiones sobre las políticas de guerra, la propensión a resolver las cosas a bombazos antes que dialogando. The Brink no existe a pie de calle, sino en esas grandes esferas que toman las decisiones. En reuniones clandestinas, gabinetes de emergencia o los pasillos de las embajadas. Hasta en aviones gubernamentales. Que alguien como Walter Larson (Tim Robbins) sea el más sensato de los miembros del gabinete presidencial dice mucho de lo que los creadores piensan de la política norteamericana y su manera de lidiar con el gran conflicto del siglo XXI. La comedia exuda un sentido del humor cargado de vitriolo, con sus cargas de inteligencia —el guiño a ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, Stanley Kubrick, 1964— a través de la acusación de que los drones norteamericanos afectan a la biología reproductora de las mujeres y hombres de su país) y ataques contra lo establecido (ese embajador estadounidense loco de religión).

    Su tono de vodevil sobre la geopolítica mundial da como resultado una sucesión de viñetas cómicas de probada eficacia y acelerado ritmo, un vaivén constante de (deliberada) confusión que dificulta la consistencia de una narración fuertemente interconectada –lo que pasa en una de las tres tramas repercute en la(s) otra(s)– y que cuesta tomarse en serio. Una cosa es desdramatizar temas tabú para poder afrontarlos con gracia, y otra es que el chiste sea tanto lo primordial que ahogue la potencia del mensaje crítico que se lanza sobre el objeto de burla. Esto acaba limitando hasta a un reparto lleno de talento, que aquí no puede sino sacar sus recursos de payaso más evidentes y poco sutiles. Una pena, aunque es de admirar la tenacidad de una propuesta que no busca hacer amigos, que no tiene piedad con sus personajes –ese bombardeo que arruina la situación tras haberse solucionado– pero que en última instancia es capaz de desprender ternura, cultivando tres relaciones de amistad que se intuyen sólidas y que tiene el descaro suficientemente para hacer imposible odiarla. Renovada ya por una segunda temporada y con un cliffhanger que pone las cosas muy interesantes y plantea posibilidades inéditas para los personajes, The Brink volverá en 2016, y tiene aristas que pulir si quiere mejorar. Que la gente de HBO la trate de igualar a sus estándares, porque tiene potencial de grandeza. Aunque bueno, también es la cadena que emitió True blood (2008-2014) y El séquito (2004-2011), así que puede que relajen la guardia de vez cuando en cuando. Habrá que esperar. | ★★★ |


    Adrián González Viña
    © Revista EAM / Sevilla



    El fulgor efímero

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