Introduce tu búsqueda

  • Dos ventanas al vacío.
    A Ghost Story, de David Lowery.

    Cock-a-Doodle Dandy.
    Free Fire, de Ben Wheatley.

    En la sombra de la Bohemia.
    Especial 52º Festival de Karlovy Vary.

    Feminismo bizarro.
    Love Witch, de Anna Biller.

    Crítica | Del revés (Inside out)

    Del revés (Inside Out)

    El solaz del maestro Pete Docter

    crítica a Del revés (Inside Out, Pete Docter & Ronnie del Carmen, 2015).

    Existe una ley no escrita según la cual todo cinéfilo de bien ha de acudir cada cierto tiempo a YouTube para revisionar la secuencia resumen (o de montaje) de Up. Es una tradición inamovible, gobierne quien gobierne, y por todos respetada. Sea cual sea su identidad política. Con más o menos piel, da igual. No en vano hay fábulas tan próximas que ayudan a encontrarnos con lo que siempre quisimos ser: hombres y mujeres rebosantes de felicidad; mujeres y hombres que manejan ese anhelo montando en travelín y dejándose llevar de un lado a otro, sutilmente. De la cuna que espera a su bebé, hasta la consulta del médico que trae malas noticias sobre París. Del primer flash impoluto, con el sí quiero ya dicho ante la concurrencia, al momento en que Carl dice no a la corbata y Eli le acomoda su pajarita, cuarenta años más tarde. Toda una vida condensada en apenas cuatro minutos que suben y suben, globos perdiéndose en las alturas, sólo para descender sin resuello, más flacos y quizá incluso más sabios. No obstante la historia, por una vez, concita a todos aquellos escépticos que aún entonces (tras ver Toy Story, Monstruos S.A., Los increíbles, Ratatouille, Wall-E, o alguna joya del maestro Miyazaki) identificaban la animación con un género si no marginal, bastante menor y destinado fundamentalmente al público infantil. Y en esas llegó John Lasseter junto a su Dream Team, encabezado por Pete Docter, que agarró su goma Milan 430 y difuminó de un plumazo la frontera entre animación "infantil" y animación "adulta". Y todo gracias a dos entes horribles. O mejor dicho, dos profesionales del horror. Literalmente. El primer Toy Story sentó las bases técnicas y narrativas, sí, pero fue Monstruos S.A. la película destinada a cristalizar por fin un modelo —artístico-comercial, si se quiere— a largo plazo, cuya fecha de caducidad cambia cada por tres en vistas a un futuro en el que Pixar, reina madre ya fagocitada por el dios Walt Disney, sigue impartiendo magisterio con inopinado virtuosismo.

    Durante algún tiempo convenimos en señalar que DreamWorks Animation era su principal competidor, y tal vez fuese así; al menos comercialmente y si reforzamos tesis con nombres, a saber: Chicken Run: Evasión en la granja, Shrek, Kung Fu Panda, Cómo entrenar a tu dragón y, sí, también Los Croods. Un quinteto a guardar bajo llave, para volver a él cuando urja decirle al mundo que nosotros estuvimos allí, junto al zepelín fastuoso de Steven Spielberg, viendo caer en llamas su gloria palomitera. Le ocurre a Pixar, sin embargo, lo mismo que a Woody Allen: sus posibles medianías (Monstruos University, A Roma con amor), o siestas reglamentarias (Cars 2, Vicky Cristina Barcelona), reúnen en ocasiones más inteligencia que la obra completa de cualquier otro autor o estudio en el radar de Hollywood. Y es que Pixar ya no compite con DreamWorks, ni con Blue Sky, ni con Studio Ghibli, ni con la muy british Aardam; ni siquiera con la única productora capaz de aturdirla momentáneamente: Nickelodeon y su ópera spaghetti western, Rango. Tanto da. De una forma u otra siempre acaban por descubrir ese mecanismo que activa nuestras emociones, ese plus de magia cuyos ingredientes, aun reconocibles, se nos ocultan como la receta de la Coca-Cola. Queda claro, así, que en Emmeryville (California) sólo compiten mirándose la filmografía, igual que un actor presumido, y es precisamente su extraordinario metro patrón lo que podría frustrar en principio una película tan ambiciosa como Del revés (Inside Out).

    Del revés (Inside Out)

    Pues bien: todo sobre ruedas. "Qué remedio". Eso te dices mientras Riley y sus padres se mudan de Minnesota a San Francisco, no tanto a ese infinito espacial donde vivían felices como al más allá nervioso que toda mudanza esconde y revela llegado el momento, si las emociones regentes de tu panel neuronal —Alegría, Tristeza, Miedo, Ira, Asco— decidieran mover ciertos recuerdos esenciales. Allí, en el interior, todo funciona según una coreografía sincronizada cuyos movimientos inducen a su vez nuestras acciones, y nuestra personalidad también. Cada emoción ocupa su lugar y conduce o no a Riley según los giros de la gran escena que protagonizamos a diario. Se turnan Alegría y Tristeza. Ira y Miedo aparecen de vez en cuando, irascible el uno y dubitativo el otro: tienen un papel marginal porque no son españoles. Asco —una suerte de Edna 'E' Mode con remilgo de Isabel Preysler— le declara su nombre al brócoli. Y así, en sus diferencias, hallan un equilibrio tan perfecto como frágil. Forman un buen equipo, no se discuten. Ellos a su manera también son felices. O todo lo felices que pueda llegar a ser Riley, por supuesto. Y de pronto el sistema se viene abajo. Casi se oye la detonación, un ¡boom! en el horizonte. Así, sin más. Por inercia. Suele ocurrir. La felicidad tampoco es infinita. Gracias a eso hay filmes como Del revés (Inside out), que convierte la intimidad psicológica en una tribuna desde donde reivindicar a conciencia lo hermoso de estar triste. Porque sólo así te das cuenta de la importancia de no estarlo durante mucho tiempo seguido. También a estar triste se acostumbra uno, y podría fácilmente acabar mal, o peor aún, sin alcohol.

    Del revés (Inside Out)

    «La película en general es tan elegante que se resiste a destacar con moralejas relamidas. Rezuma ingenio, conocimiento, integridad, perspicacia. No discute listas absurdas porque funciona a un nivel cada vez más profundo, más común, más universal».


    Liberados de subtramas accesorias, Pete Docter (Up) y Ronnie del Carmen (storyboard artist y animador de Ratatouille y Simbad, entre otras) sitúan la tragicomedia intramuros y convierten a Riley en un sujeto pasivo cuyo luminoso backstage posee también un estudio de cine en el que se ruedan, a tiempo real, las secuencias breves soñadas por la niña (maravilloso el detalle del filtro fotográfico que convierte lo abstracto en tangible); al principio un bebé y después una preadolescente no poco dotada para el hockey sobre hielo: basta con verla meterle gol a la chimenea de su nuevo dúplex en San Francisco. Burla a su padre en una baldosa y clava la pastilla de papel en el muro ennegrecido por el hollín. Si eso no une, que venga alguien y me lo diga. ¿Quién se deprime tras algo así?, cabría preguntarle a Pete Docter. Y si la mente es un reloj sin manual de instrucciones, indivisible pero compuesto de millones de engranajes que trabajan a una velocidad psicodélica, ¿cómo es posible que las emociones sean sólo cinco? ¿Y que el fútbol haya infestado de repente el imaginario cinéfilo norteamericano? ¿No tenían los señores del balompié, o soccer, suficiente con Europa y Sudamérica y Asia? Confiaba yo en que nos dejasen ver crecer físicamente a Riley, y no es así, pero a cambio nos brindan algunas de las mejores secuencias de animación jamás vistas, el tributo al arte representativo en un primer estadio y al figurativismo en último término, muertas ya las tres dimensiones, con los héroes tirando líneas como Peridis o Roberto Carlos. Una genialidad que asombrará incluso al más pecho frío del cine. Ocurrencias todas ellas a la altura del siempre optimista Big Bong, un elefante de algodón de azúcar con cola de gato, traje raído y mochila-chistera mágica. Una suerte de Pepito Grillo, White Rabbit, Doraemon y Dumbo (sin peluquín) siguiendo —¡un, dos, tres, cuatro!— a su manada en el desfile militar de El libro de la selva. Más o menos así: nada tiene que cambiar para que todo sea diferente. Pixar en estado puro.

    Y sin embargo, la música de Michael Giacchino no seduce como otras veces; quizá le falte brillo o simplemente una canción identificable al primer acorde. La película en general es tan elegante que se resiste a destacar con moralejas relamidas. Rezuma ingenio, conocimiento, integridad, perspicacia. No discute listas absurdas porque funciona a un nivel cada vez más profundo, más común, más universal si lo prefieren. Evocando aquello que dijo Gore Verbinski: "La animación no es un género, sino una técnica para contar historias. La animación por sí misma no constituye una etiqueta determinante. Hay animación que es drama, western, comedia, fantástico, sci-fi...". Animación híbrida, inasible y táctil. Y animación inside out. | ★★★★ |

    Juan José Ontiveros
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2015. Título original: Inside Out. Director: Pete Docter, Ronaldo del Carmen. Guión: Meg LeFauve, Josh Cooley, Pete Docter (Historia: Pete Docter & Ronnie del Carmen). Música: Michael Giacchino. Productora/Distribuidora: Disney Pixar.


    Póster francés de Del revés (Inside Out)
    Feelmakers

    0 comentarios:

    Publicar un comentario

    "Sueñen. Vean cine."

    Críticas

    Festivales

    • El cine de Olivier Assayas. Una mirada a su filmografía

      Por Ignacio Navarro / «Todo lo que se necesita para hacer una película es una mujer y una pistola. Esta frase un tanto discutible (por lo sexista) la pronunció Jean-Luc Godard, nada menos que el estandarte de esa corriente tan identificable del cine como fue la Nouvelle Vague...».
    • Las 10 mejores películas de Luis Buñuel

      Por Alberto Sáez Villarino. «A pesar de lo que pudiéramos imaginar, movidos por la falta de preocupación de unos medios de comunicación con cierta tendencia a la holgazanería a la hora de catalogar los estilos y movimientos artísticos, el período surrealista de Buñuel fue considerablemente breve. En realidad, sólo dos películas entran dentro de los esquemas político-estéticos propuestos por André Breton: Un perro andaluz y La edad de oro...».
    • Monstruos que huyen, monstruos que persiguen, monstruos que observan: M, el vampiro de Düsseldorf

      Por Elisenda N. Frisach. «Fue a mediados del siglo pasado, cuando Europa se recuperaba de la Segunda Guerra Mundial mientras se encaminaba a una tercera contienda de alcance planetario –aunque esta vez marcada por un equilibrio del terror conocido como «Guerra Fría»–, que el historiador francés Daniel Halévy publicó su libro Ensayo sobre la aceleración de la historia (1948), donde, entre otras cosas, determinaba el espíritu de nuestra época; un zeitgeist marcado por la constante transitoriedad tecnológica y científica...».

    Classics

    [12][Trailers][slider3top]