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    Crítica | Electric Boogaloo: La loca historia de Cannon Films

    Allan Quatermain

    A Golan/Globus Documentary

    crítica a Electric Boogaloo: La loca historia de Cannon Films (Electric Boogaloo: The Wild, Untold Story of Cannon Films, Mark Hartley, 2014).

    Siguiendo la estela de Not Quite Hollywood: The Wild, Untold Story of Ozploitation! (2008) y Machete Maidens Unleashed! (2010), que se encargaban de analizar, respectivamente, el cine exploitation producido en Australia y en Filipinas, Mark Hartley continúa su periplo por las cinematografías más singulares del planeta con el repaso a una de las productoras más emblemáticas de los años 80: Cannon Films. No hace mucho, en esta misma revista digital, José Luis Forte reseñaba el libro que un servidor y sus locos compañeros de Applehead Team Creaciones editamos para glosar la vida, obra y milagros de Menahem Golan y Yoram Globus. El documental de Hartley, si bien no añade más información que la vertida sobre el libro, es un complemento perfecto para los que lo hayan leído y quieran atacar a sus sentidos con reclamos audiovisuales de innegable poder: escenas de rodaje de sus películas más famosas, fragmentos de los tráilers, secuencias memorables, imágenes de archivo con Golan y Globus en plena faena (la mayoría de ellas, eso sí, ya vistas en un documental de la BBC de 1986 titulado The Last Moguls)... Tanto si han leído el libro como si no, si son de los que se dejaron sus ahorros en el videoclub alquilando una y otra vez las cintas de Dudikoff, Bronson, Norris y Van Damme, Electric Boogaloo: La loca historia de Cannon Films es el documental que no querrán perderse por nada del mundo, ya que en él descubrirán los entresijos de algunas de sus películas favoritas y entenderán mejor por qué éstas eran como eran, qué les llevaba a Golan y Globus a darles luz verde y por qué algunas se quedaron solamente en un estado embrionario y no llegaron a nacer jamás. Para los que sólo conozcan el fenómeno de la Cannon de una manera más superficial pero les interese saber algo más sobre un innegable referente de la cultura popular, el estudio de Mark Hartley puede reservarles algunas sorpresas que no conviene desvelar y que hacen del caso Cannon una de las más fascinantes, imprevisibles y rocambolescas anomalías de la industria del cine de finales del siglo XX.

    Porque, y esto lo representa muy bien Hartley, hay mucho más detrás del logo de la Cannon que hiperbólicas epopeyas fascistoides, aventuras protagonizadas por ninjas o películas de Breakdance o Lambada. Por supuesto, eso es lo primero que se nos viene a la memoria cuando echamos la vista atrás y esbozamos una sonrisa cómplice que, en muchos casos, esconde la más pura felicidad (y en otros, lamentablemente, la condescendencia). Pero tras todo lo que recordamos, la Cannon escondía, sobre todo, el deseo de dos enamorados del cine que dejaron su Israel natal para conquistar Hollywood, comprar un viejo sello en decadencia y convertirlo en una major que pudiera medirse las caras con Warner Bros., Twentieth Century Fox o Universal Pictures. El documental deja claro que no lo consiguieron y se molesta en explicar por qué. Pero también expone hasta qué punto rozaron con los dedos ese sueño y por qué no fueron capaces de agarrarlo y convertirlo en realidad. En este sentido, Hartley no sólo apunta a la tosquedad con la que Golan y Globus afrontaban sus proyectos, a esa temeridad que les hacía inventarse guiones sobre la marcha, vender películas de las que sólo tenían un cartel y un título o entrevistarse con un mono. También apunta con el dedo a la hipocresía con la que la crítica, parte del público e incluso algunos de sus colaboradores más cercanos recibían cualquier producto de la Cannon, ya fueran sus actioners más formulaicos o sus títulos más ambiciosos desde un punto de vista artístico. Recordemos que la Cannon fue la casa de Sam Firstenberg y Albert Pyun, pero también acogió a John Cassavettes, Jean-Luc Godard o Franco Zeffirelli cuando ya nadie más daba un duro por ellos. Sin embargo, como bien dice alguno de los muchos entrevistados que aparecen en el documental, cualquier película que fuera precedida por el logo de la Cannon perdía automáticamente su prestigio. Algo que hizo que incluso alguna maravilla como El tren del infierno (Runaway Train, Andrey Konchalovski, 1985) pasara desapercibida para la mayoría de críticos, con la excepción de un Roger Ebert que la calificaba como “una de las mejores películas de aventuras” que había visto en su vida.

    Masters del Universo
    Masters del Universo (Masters of the Universe, Gary Goddard, 1987)

    El documental, no obstante, y a pesar de poseer un inevitable carácter reivindicativo (y eminentemente festivo), no es una hagiografía de Menahem Golan y Yoram Globus. Es más, supone una plataforma perfecta para que algunos de los que trabajaron con ellos se desahoguen a gusto y vuelquen su disconformidad con lo que tuvieron que hacer en su momento. Algunos se lo toman con ironía y utilizan el sentido del humor cuando recuerdan cómo tenían que actuar en taparrabos (“Me sentía un poco ridículo haciéndolo”, dice Dolph Lundgren sobre su papel en Masters del Universo), o cómo los presupuestos de la Cannon decrecían en torno al 80% desde que se anunciaban hasta que finalmente se concretaban (Richard Chamberlain, que fue Allan Quatermain en dos cintas para la Cannon, explica cómo se daba cuenta de que aquello que estaban haciendo no podía estar más lejos a nivel presupuestario de Indiana Jones). Alex Winter, el añorado Bill de Las alucinantes aventuras de Bill y Ted (Bill & Ted’s Excellent Adventure, Stephen Herek, 1989) y El alucinante viaje de Bill y Ted (Bill & Ted’s Bogus Journey, Peter Hewitt, 1991), se muestra algo más duro con la metodología de Golan y Globus, con los que trabajó en El justiciero de la noche (Death Wish 3, Michael Winner, 1985), su debut en el cine. Pero ninguno llega tan lejos como Laurene Landon, la protagonista de America 3000 (David Engelbach, 1986): mostrando una copia en VHS de su película (la única que posee, dice), enciende un mechero y prende fuego a la carátula mientras declara “Esto es lo que pienso de Cannon Films”.

    Quizá temiendo que algo así pudiera pasar, Menahem Golan y Yoram Globus rechazaron la invitación de Hartley para aparecer en este documental. Y, en un gesto que dice mucho sobre lo astutos que siempre han sido, se sacaron de la manga su propia biografía audiovisual, The Go-Go Boys: The Inside Story of Cannon Films (Hilla Medalia, 2014), que consiguieron estrenar en Cannes antes que el trabajo sobre el que nos ocupamos en esta reseña… y poco antes del fallecimiento de Golan, a quien Hartley dedica su documental sin resentimiento alguno. A falta de ver The Go-Go Boys, que supongo que ofrecerá una visión mucho más amable e idealizada de la compañía, Electric Boogaloo es un resumen perfecto de lo que fue la Cannon: atrevimiento, inconsciencia, diversión, eclecticismo, ambición y locura. Un fenómeno irrepetible (aunque sí imitado, como también se explica al final del film), que merecía un estudio de estas características en el que el entusiasmo y la nostalgia no tuvieran que estar necesariamente reñidos con la revisión crítica y la necesaria contextualización. Justo como sucede en nuestro libro. Larga vida a la Cannon. | ★★★★ |

    Pedro José Tena
    Redacción Badajoz


    Ficha técnica
    Estados Unidos, Reino Unido, Australia, Israel. 2014. Electric Boogaloo: The Wild, Untold Story of Cannon Films. Director: Mark Hartley. Productores: Veronica Fury, Brett Ratner. Guión: Mark Hartley. Montaje: Jamie Blanks, Sara Edwards, Mark Hartley. Fotografía: Garry Richards. Música: Jamie Blanks. Reparto: Menahem Golan, Yoram Globus, Molly Ringwald, Dolph Lundgren, Bo Derek, Marina Sirtis, Alex Winter, Olivia D’Abo, Elliott Gould, Cassandra Peterson, Richard Chamberlain, Robert Forster, Franco Nero, Catherine Mary Stuart, Michael Dudikoff, etc. Duración: 102 minutos. Fury Productions, RatPac Documentary Films, XYZ Films. Distribuido en España por 39 Escalones. Fecha de estreno en España: 13 de marzo de 2015.


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