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    Crítica | No todo es vigilia

    No todo es vigilia

    Eterna ternura

    crítica a No todo es vigilia (2014), dirigida por Hermes Paralluelo. | ★★★ |

    En torno a mediados de los años cuarenta, Felisa Lou y Antonio Paralluelo se enamoraban y se casaban en Teruel. Saltando la enorme distancia temporal que ha pasado desde entonces, nada más y nada menos que más de sesenta años, su nieto, Hermes Paralluelo, decide realizar un documental sobre su vida cotidiana en la vejez. Una propuesta de regusto underground profunda y sincera, quizás de excesiva duración para las características de su contenido, pero desplegando una exquisita factura técnica y lo más importante, mostrándonos una historia real capaz de tocar nuestra fibra sensible y provocar nuestra reflexión. No todo es vigilia, bonito nombre para enmarcar esa sensación de hastío por la vejez, de amor por la pareja de toda una vida y de fragilidad en el entorno cotidiano, nos presenta a dos únicos personajes principales que bien podrían ser nuestros abuelos. Los tuyos, los míos, los de cualquiera. Unos ancianos españoles con sus tormentos y achaques de salud, de desgastadas manos fruto de toda una vida en el campo sin descanso, su soledad escalofriante, sus recuerdos entrañables de juventud, su desorientación ante el progreso, y, sobre todo, su profundo amor, fruto de décadas y décadas de convivencia compartida. Es ese retrato al desnudo de la pareja, acertado y milimétrico, la principal virtud de esta obra documental, estableciendo un vínculo afectivo entre el espectador y los protagonistas muy complicado de romper. Algo que corroboró la platea donostiarra tras su paso por la 62ª edición del Festival de San Sebastián en el apartado de Nuevos directores.

    Hermes Paralluelo no tiene ninguna prisa. Filma, desde los primeros instantes, pasillos que se antojan eternos, las esquinas lúgubres de los hospitales, la duermevela en un hogar opresivo y poco iluminado, las camas deshechas, y las tazas de café caliente en la cocina para sobrellevar el frío invierno del interior peninsular. No le importa que entre diálogo y diálogo, los interiores que acogen la vida de sus retratados también se llenen de silencio. De angustia universal por la muerte, de miedo a la separación, de la negativa de Felisa a ponerse en manos de una residencia de ancianos. Seis décadas después de casarse, esta posibilidad en el horizonte es una amenaza para la tranquilidad de esta señora, una mujer de armas tomar que conserva un gran sentido del humor a pesar de los obstáculos que la vida le ha puesto en el camino.

    No todo es vigilia

    Antonio y Felisa luchan por su independencia y la gestión autónoma de sus existencias, peleando en contra de sus propias limitaciones. Que tengamos buena muerte y poca cama, entona Antonio con sabiduría desde una camilla conversando con otro hombre ingresado. La lentitud de los movimientos del matrimonio y la opaca atmósfera de su hogar son descritos mediante planos secuencia la mayor parte de veces demasiado extensos, pero con una fotografía que ejerce de red en este ejercicio modesto y minimalista pero de alta sensibilidad. Las cámaras respetan el propio ritmo de vida de los protagonistas y persiguen los contrastes lumínicos. Cálidos en algunos pasajes y gélidos en otros, mientras la ternura tan artesanal de la dirección hace que sobrellevemos mejor algunos momentos tediosos a causa de la repetición. El elemento fotográfico es el más importante de la obra, traspasa la barrera de la pantalla y nos contagia la amargura y el cariño que sienten uno por el otro. Hallamos un hermoso plano detalle de la calva de Antonio, tan representativo de una larga vida como lo son los anillos de un viejo tocón de árbol; planos largos con una inmensa profundidad de campo llenos de rampas y bifurcaciones, desde la cama en la que duerme Antonio a la cama en la que duerme Felisa, en las ocasiones en las que no duermen juntos. Conversaciones en el hospital con cierto trasfondo filosófico, la necesidad de seguir sintiendo el amor y la compañía de la persona amada. Nos casamos para dormir juntos, le dice Felisa dulce pero segura en sus convicciones a un Antonio dormido. También desgranan sus mejores y peores recuerdos: la guerra y sus consecuencias, las bombas y el miedo del vecindario, los trabajos, las enfermedades, el pueblo, las familias. Y los comienzos de su noviazgo, en una preciosa secuencia final en torno a una foto en blanco y negro, tras regalarnos una espectacular panorámica de las callejuelas nevadas.

    No todo es vigilia deslumbra por su portentosa realización, su búsqueda de sentido, su inmensa plasticidad, su exploración de una temática a la que no se le da la importancia que merece en la sociedad que hoy vivimos. Su sencillo relato de una vida juntos que en realidad es extrapolable a otras muchas. Se pierde por el camino al redundar, al no ahondar, al alargar cada plano para explicarnos lo desesperante que puede resultar su día a día a estos entrañables octogenarios. Pero nos enseña sus miradas cómplices, lo felices que todavía son saboreando un pedazo de queso fresco en su cocina, calentando un cazo de leche antes de dormir, durmiendo en el mismo lecho que ha recogido el calor de sus cuerpos durante más de medio siglo. Merece la pena palpar su historia. | ★★ |

    Andrea Núñez-Torrón Stock
    redacción Santiago de Compostela


    Ficha técnica
    España, Colombia, 2014, No todo es vigilia. Director: Hermes Paralluelo. Guión: Hermes Paralluelo. Productora: El Dedo en el Ojo / TVE / Bande à Part Escuela de cine / Janusfilms. Fotografía: Julián Elizalde. Reparto: Felisa Lou, Antonio Paralluelo. Presentación oficial: Sección de Nuevos Directores de la 62ª edición del Festival de Cine de San Sebastián.


    Póster: No todo es vigilia
    Feelmakers

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