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    Crítica | Nightcrawler

    Nightcrawler

    The Grim Reaper with a camcorder

    crítica a Nightcrawler (2014), dirigida por Dan Gilroy. | ★★★★★ |

    (…) no hay educación ni modales ni nada de nada en su naturaleza dándome un cachete por atrás de esa manera en el culo porque no lo llamé Hugh el ignaro que no distingue la poesía de una berza (…) esa medio camisa que llevan para que se les admire como a un cura o a un carnicero o esos viejos hipócritas en los tiempos de julio César desde luego que tiene bastante razón en su forma de tomarse el tiempo a chufla ten por seguro que lo mismo daría estar en la cama con qué con un león Dios estoy segura de que un León tendría algo mejor que decir (…).

    El apoteósico final de la obra cumbre de James Joyce, Ulysses (1922), llevó el uso del monólogo interior a un nuevo y mejorado nivel retórico. La completa ausencia de narrador, de esquemas sintácticos, de signos de puntuación y de cualquier contención a la hora de exponer sus ideas, transmitidas por medio de una voz autodiegética que funcionaba perfectamente como recreación de un cúmulo de sentimientos desorganizados agolpándose en la mente de la protagonista, en este caso, Molly Bloom, revolucionaron la escena literaria de la época, del mismo modo que Dan Gilroy ha soliviantado la cinematográfica con Nightcrawler. Las evidentes semejanzas entre los protagonistas de ambos trabajos, que comparten tanto el nombre —Leopold Bloom y Lou Bloom— como la afición —merodear por la ciudad e incurrir en continuas luchas con su subconsciente por una inalcanzable estabilidad emocional—, no son más que la superficie de una extensa intertextualidad escondida en la, visualmente espectacular, puesta escénica de la ultracontrastada imagen nocturna de la ciudad de Los Ángeles. Existen tantas similitudes entre la novela de Joyce y la película de Gilroy como las que expusieron Stuart Gilbert y Herbert Gorman[1] entre el Ulysses y la propia Odisea de Homero.

    Con un despliegue audiovisual vertiginoso y oníricamente difuso —recordándonos a la faceta más retorcida y lóbrega de Scorsese, mostrada por ejemplo en Al límite (Bringing Out the Dead, 1999)— el director pretende representar el caótico universo introspectivo del protagonista. Para lograr tan ontológico propósito, la cinta se mueve en una espiral progresiva de adrenalina, que nos conducirá (temerariamente) a un desenlace de antología marcado por la intencionada imprecisión narrativa, del mismo modo que ocurría con las brillantes páginas finales escritas por Joyce, donde la falta de estructura gramatical era suplida por una elocuente potencia argumental. Esta película se plantea por medio de una narración lineal, y cuenta la historia de un hombre en su particular “odisea” por alcanzar la inexorable meta de todo ser humano: el éxito. Un concepto que no dejará de cambiar a lo largo del metraje según vayan creciendo las aspiraciones del protagonista, que irá asimismo configurando nuevas personalidades y rasgos de identidad en función de sus expectativas laborales.

    Nightcrawler

    El filme nos presenta a un vulgar ratero que se gana la vida con pequeños hurtos. Ya desde el principio, el antihéroe demuestra una gran decisión y seguridad en sí mismo en lo que a relaciones sociales se refiere (siempre en la oscuridad de la noche). Sin embargo, su carácter resolutivo no le bastará para hacerse hueco en una sociedad hipócrita que no tiene problema en negociar interesadamente con ladrones, pero no aceptaría contratarlos y darles una oportunidad de cambiar, por culpa de sus absurdas “contradicciones” éticas —primer rechazo y conflicto moral—. Un día, accidentalmente (véase el doble sentido), conoce a los “nightcrawlers”, apodo conocido en nuestro país como “Rondador nocturno” debido al mutante del grupo de superhéroes X-Men, y que denomina a una nueva estirpe de reporteros freelancers que buscan grabar las noticias más desagradables para venderlas al mejor postor. Desde ese momento la historia se centra en mostrar la progresión del protagonista en el polémico mundo de paparazzis sin escrúpulos. Aquí es donde encontramos uno de los puntos más fuertes del filme, el desarrollo psicosomático de Lou. Siguiendo con las referencias a Scorsese, del mismo modo que Taxi Driver (1976) mostraba los deseos y contradicciones del hombre contemporáneo en el marco de la misantropía sociópata tras la decadencia de un grupo generacional, el hippy, Nightcrawler ahonda en las paranoias de un Holden Caufield[2] corrompido por los estereotipos posmodernos de la nueva sociedad del consumo, adicta a la violencia explícita.

    El excelente humor negro —lugar adecuado momento idóneo— con el que el propio Gilroy ha dotado a su personaje estrella, logra desconectarnos de la terrible realidad tangible para introducirnos, sin piedad y de lleno, en el mundo de fantasía que compone la única verdad universal de Bloom en su delirante descenso a las profundidades de la locura, inversamente proporcional a su posición profesional como documentalista gráfico-explícito, que no hace más que subir como la espuma. La crítica a la sociedad estadounidense está destinada a las dos partes del negocio de la comunicación: los empresarios, cadenas televisivas amorales capaces de emitir sin pudor las más terribles imágenes, y los consumidores, un público en decadencia sediento de morbo, sangre y sufrimiento ajeno. En medio de esta grotesca ley de la oferta y la demanda, encontramos a estos rondadores nocturnos, mercenarios dispuestos a todo por conseguir la mejor posición y el mejor encuadre pseudo-artístico. La sátira que se hace de la competitividad laboral es tan brutal como implacable. El protagonista, enfrentándose a esta insana competencia, alcanza un punto de inflexión psicótica, hacia la mitad del metraje, en el que deja patente su completa fractura anímica, y la autodeterminación de no claudicar ante sus colegas profesionales, por medio de una lucha interna representada con la destrucción de su propia imagen reflejada en un espejo.

    Nightcrawler

    El cálido retrato que teníamos de la soleada california es desmitificado por completo, gracias a una acción que discurre íntegramente bajo la luz de una sempiterna luna llena. Las tomas diurnas son, en su mayoría, en interiores y tienen una función narrativa premonitoria —al igual que el amenazante acompañamiento musical—. La mayor parte de las elipsis se producen, por tanto, durante las horas solares, dejando que la noche marque el tempo entre luces artificiales difuminadas por la gran profundidad de campo con la que Robert Elswit, asiduo colaborador de Paul Thomas Anderson y oscarizado por Pozos de ambición (There Will Be Blood, 2008), ha dotado a su fulgurante fotografía. Es precisamente este aspecto visual, aparte de las más que obvias secuencias de conducción de un deportivo a gran velocidad por las calles de Los Ángeles, lo que nos hace reencontrarnos con otra de las posibles fuentes de inspiración del realizador: Drive (2011) —seguimos con palabras mayores—. Estableciendo que la cinta de Winding Refn analizaba, a través de Ryan Gosling, la figura del ángel salvador, perseguidor de las causas justas y nobles, Jake Gyllenhaal podría estar representando a su antítesis en una nueva y perturbada personificación de la muerte. “Me gustaría decir que si alguien me ve, es porque está teniendo el peor día de su vida”, afirma, como si de la misma Parca se tratara, un espectacular Gyllenhaal en la cima de su carrera, consiguiendo hacer justicia a esa elocuente falta de signos de puntuación de la que hablábamos al comienzo con una interpretación sobresaliente y sobrecogedoramente persuasiva, tan convincente como su verborrea amoral —sin pausa entre palabras— y tan desquiciada como esa inquietante mirada inyectada en sangre que no hemos sido capaces de ver pestañear en las dos horas de duración. | ★★ |

    Alberto Sáez Villarino
    redacción Dublín (Irlanda)

    [1] Los críticos literarios Stuart Gilbert y Herbert Gorman, presentaron sendos esquemas interpretativos de la novela de Joyce con el fin de romper una lanza en favor de un escritor que fue inicialmente menospreciado y tachado de obsceno por una crítica ortodoxa que se negó a indagar entre la multitud de significados que encontramos en sus líneas.

    [2] Taxi Driver es considerada por muchos críticos como una continuación de El guardián entre el centeno (The Catcher in the Rye, 1951). Además esta referencia tiene un doble sentido, ya que el actor principal de Nightcrawler, Jake Gyllenhaal, protagonizó la película The Good Girl, 2002, en la que representaba una libre adaptación del mencionado Caufield.


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 2014. Título original: Nightcrawler. Director: Dan Gilroy. Guion: Dan Gilroy. Duración: 117 minutos. Montaje: John Gilroy. Música: James Newton Howard. Fotografía: Robert Elswit. Intérpretes: Jake Gyllenhaal, Bill Paxton, Rene Russo, Riz Ahmed, Kevin Rahm, Ann Cusack, Eric Lange, Anne McDaniels, Kathleen York, Michael Hyatt. Presentación oficial: Festival Internacional de Toronto 2014.


    Póster: Nightcrawler
    Feelmakers

    1 comentarios:

    "Sueñen. Vean cine."

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