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    [BFI] Crítica | The Imitation Game

    The Imitation Game

    La pasión de Alan Turing

    crítica a The Imitation Game (2014), dirigida por Morten Tyldum | ★★★ |

    A los británicos no les gusta que se lo recuerden, pero la deuda moral e histórica que el país tiene para con Alan Turing es imposible de saldar. No sólo por lo que un estado retrógrado e hipócrita le hizo a una de las mentes más brillantes del siglo XX sólo por la razón de ser homosexual, sino por haber tardado casi 60 años en reconocer la magnitud de su injusticia. También por el hecho de que la figura de Turing sea un recordatorio inmortal —como lo es la de Oscar Wilde— de que otros miles de hombres sufrieron el mismo trato a manos del estado, y que jamás recibirán el “perdón oficial”, no digamos ya las disculpas, por las salvajadas a las que se les sometió en nombre de la mal llamada “decencia”. Es un tema que escuece, que es mejor ignorar para evitar polémicas. Ese empeño por no ofender, por no levantar ampollas, es el principal problema de The Imitation Game.

    Los responsables de la película son muy conscientes del tipo de producto que tienen entre manos. Una producción destinada a ser El discurso del Rey versión 2014 no puede permitirse ser polémica, al menos, no demasiado. Y si hay algo que lleve la palabra “controversia” escrito encima es señalar directamente al estado británico como responsable de la destrucción del hombre cuyas ideas cambiaron el mundo en el que vivimos, y cuyos logros —si bien no fueron los únicos— salvaron millones de vidas. Al mismo tiempo, es evidente que su mera figura académica, por importante que fuera, no hacía a Turing carne cinematográfica: es su tragedia, lo espantoso de su destino, lo que le convierte en un personaje atractivo para el espectador. Intentando contentar a los dos lados del espectro, The Imitation Game sufre de lo peor que podría sufrir una historia de este tipo, que es quedarse en una cobarde tierra de nadie. Insinuar mucho para no concretar nada.

    The Imitation Game

    La cinta tiene tres frentes temporales que se van intercalando: 1928, cuando un Turing preadolescente (Alex Lawther) es por primera vez consciente de su homosexualidad al enamorarse del compañero de colegio que le ayuda a superar los abusos de los matones de turno; el período que va de 1939 a 1941, en el que Turing (Benedict Cumberbatch) y sus compañeros de Bletchley Park —Joan Clarke (Keira Knightley), Hugh Alexander (Matthew Goode) y John Cairncross (Allen Leech), entre otros— trabajaron para descifrar el código Enigma, y que llevó al perfeccionamiento del conocido como bombe, la máquina que serviría para descifrar el código de forma definitiva (diseñada por el servicio polaco de criptografía unos años antes); y, 1951, cuando la investigación de un detective (Rory Kinnear) que cree que Turing puede ser un espía soviético desemboca en el descubrimiento de la condición sexual del matemático y en su condena a ser castrado químicamente por “indecencia”. De los tres, el período de la Segunda Guerra Mundial es el que centra la mayor parte de la película, donde se establece el estatus de Turing como mito de la historia británica, y donde se desarrolla su relación con Joan Clarke, quizá una de las pocas personas que quisieron o supieron entender –al menos parcialmente- al matemático londinense. Es también el tramo de que concentra la mejor baza con la que cuenta The Imitation Game: su excelente reparto.

    Mucho se ha hablado del sobresaliente trabajo de Benedict Cumberbatch encarnando al complejo y atormentado Alan Turing. Y es cierto, el trabajo de Cumberbatch es más que notable; sin embargo, la sensación de déjà vu que acompaña a su interpretación es inevitable: por enésima vez, el protagonista de Sherlock se pone en la piel de un genio irascible y extraño al que la mayoría de gente a su alrededor no soporta. Por mucho que el propio actor haya insistido en que no era su intención hacer un “Sherlock vestido de tweed”, la impresión que da durante la primera mitad de la película es justamente esa. No es hasta la segunda mitad de la historia cuando consigue que el personaje sea otra cosa, mejorando su interpretación a medida que se aleja más del estereotipo que le ha dado la fama. Sin embargo, no es Cumberbatch el único actor que roza la excelencia. Todos los integrantes del elenco dan lo mejor de sí mismos. Desde una Keira Knightley que jamás había estado tan bien (nada de mohínes, ni de caritas de pena, ni de sonrisitas tontas: su Joan Clarke es un personaje de carne y hueso de principio a fin), a un Mark Strong que se lo está pasando bomba en sus escasas intervenciones como el mayor Stewart Menzies, director del MI6, pasando por Matthew Goode o un breve Charles Dance en su versión más Tywin Lannister. Todos ellos (más la excelente banda sonora de Alexandre Desplat) contribuyen a hacer de The Imitation Game una obra digna de ver, aunque sólo sea por disfrutar de un grupo de actores británicos (aún hoy los mejores del mundo, le pese a quien le pese) en plena demostración de sus talentos.

    The Imitation Game

    Lástima que semejante exhibición quede lastrada por un guión tramposo, cobarde, que abre demasiados frentes y no se atreve a profundizar en ninguno, y por una dirección que elige no tomar riesgos de ningún tipo. Las escenas que retratan el trabajo realizado en Bletchley Park son vagas: se nos dice constantemente que el trabajo realizado allí es vital (que lo fue), alto secreto (que también), que cambió la historia de la humanidad (en parte también)… y, sin embargo, todo lo que vemos es gente garabateando números en trozos de papel y a Turing/Cumberbatch trasteando con una máquina (el bombe) que ni siquiera se molestan en explicar para qué sirve exactamente. No hacía falta dar una lección de matemáticas, pero algo más de profundidad hubiese sido de agradecer, aunque sólo sea para que el espectador no sienta que lo han tomado por tonto. Sin embargo, lo que molesta de verdad es el trato dispensado a la historia personal de Alan Turing. A pesar de la mención explícita a la homosexualidad del matemático, el guión de Graham Moore elige no hablar del tema más de lo estrictamente necesario, sobredimensionando su relación con Joan Clarke para intentar explicar una historia más agradable (¿aceptable?) a ojos del espectador medio, y eligiendo centrarse en ello en lugar de en el conflicto real de la historia. De hecho, la relación entre ambos está tan sobredimensionada que cada veinte minutos más o menos tienen que ir recordándole al espectador que Turing es gay, sólo para que el hecho no haya quedado completamente olvidado cuando éste es condenado. Flaco favor le hacen pues Moore y Tyldum a su personaje protagonista. Al final, queda demostrado que quizás la sociedad bienpensante anglosajona, público objetivo de The Imitation Game, no está tan alejada de la misma que condenó al ostracismo a Alan Turing. Sólo ha aprendido a disimularlo mejor. | |

    Judith Romero
    enviada especial a la 58ª edición del BFI London Film Festival


    Reino Unido-Estados Unidos, 2014. Director: Morten Tyldum. Guión: Graham Moore (basado en el libro “Alan Turing: The Enigma”, de Andrew Hodges). Productora: Black Bear Pictures / Bristol Automotive. Presentación: Festival de Telluride 2014. Fotografía: Óscar Faura. Música: Alexandre Desplat. Montaje: William Goldenberg. Intérpretes: Benedict Cumberbatch, Keira Knightley, Matthew Goode, Mark Strong, Rory Kinnear, Charles Dance, Allen Leech.


    Póster: The Imitation Game
    El fulgor efímero

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