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    Crítica | Metalhead (Málmhaus)

    Metalhead, de Ragnar Bragason

    Canciones que drenan el alma

    crítica de Metalhead | Málmhaus, dirigida por Ragnar Bragason, 2014 | ★★★★ |

    Ad ganga med bok I maganum. En castellano, el significado de esta frase islandesa es: Todo el mundo da a luz a un libro. Y es que este país oscuro y magnético del noroeste europeo con una población de algo más de 300.000 habitantes ostenta el mérito de tener mayor número de escritores, obras publicadas y libros leídos per cápita que cualquier otra nación del planeta. Aunque el séptimo arte no tenga en sus fronteras tanta cabida como las historias contadas en formato papel, de vez en cuando nos encontramos de frente con alguna joya cinematográfica como Málmhaus (Metalhead). Esta obra, cuarto filme acuñado por Ragnar Bragason, nos arrastra con fuerza y sordidez a la vida de una joven chica de un complejo granjero a las afueras de Reikiavik. Hera Karlsdóttir vive desde su infancia cargando con la pesada losa de la muerte de su hermano Baldur, a causa de un trágico accidente de tractor cuando éste contaba sólo con doce años. Un hecho que ha trascendido en el círculo familiar instaurando silencios cortantes y una sensación de angustia perpetua cada vez que entran a la habitación del chaval, intacta desde su fallecimiento y repleta de posters de grupos heavymetaleros. Precisamente, en torno al nacimiento de Hera, surgía en 1970 Black Sabbath, una de las bandas que marcarían el gusto musical del joven Baldur, cuyos vinilos siguen sonando, todavía, una década más tarde en los altavoces de su hermana. La fiebre del rock and roll corre por las venas de Hera, que compone canciones desgarradoras e inyectadas de adrenalina, guerra y rabia, toca la guitarra eléctrica y vive permanentemente con los cascos puestos y el walkman subordinado al encanto de Judas Priest, Iron Maiden y el resto de grandes estrellas del heavy metal del momento. Nunca recuperada del trauma de la desaparición de su hermano, Hera sufre varios problemas de conducta y arrebatos de ira, no puede comprender su existencia sin música y tiene una relación distante y gélida con sus padres, dedicados de forma casi espartana a la producción ganadera.

    Las atmósfera espesa que determina todo el transcurso de Málmhaus desde su comienzo hasta su final es un reflejo fiel de los pensamientos que surcan la cabeza de su controvertida protagonista, una chica agotada capaz de agotar por momentos al propio espectador, puesto que en muchas ocasiones se siente demasiado incomprendida de puertas para afuera y de puertas para dentro de su cuerpo. Sensibilidad y rudeza, autodestrucción y autosuperación, riffs y lágrimas son los dos hemisferios que dominan el día a día de Hera, concentrada en componer, desgañitarse y evadirse, sin atreverse a emigrar a la ciudad en busca de algún trabajo decente, con desgana absoluta ante la socialización y escasas convicciones católicas. Hera siente que Dios le debe algo que no puede devolverle (dilemas que conducen a su amistad con el nuevo cura del pueblo), y el lastre de sus recuerdos de infancia es el causante de tantas cuentas pendientes con el pasado y esa incertidumbre pastosa y paralizante que parece experimentar hacia el futuro. También abundan los conflictos amorosos y la iniciación sexual pertinente de una adolescencia tardía, de por si más extraña que la del resto de jóvenes de su quinta. Para contarnos las secuelas de la pérdida de un ser querido, las fases de liberación paulatina del dolor, y la inadaptación de una rebelde que intenta combatir la muerte con rock, y sobrevivir con la cara pintarrajeada, como un payaso triste resistente a claudicar, Bragason apuesta por una actriz de interpretación convincente y carismática como Ingvar Effert, capaz de comunicar huida, agresividad, derrota y pasión. El contraste entre la banda sonora repleta de piezas archiconocidas del heavy metal clásico y los silencios envueltos en nieve blanca, parajes estáticos o interiores claustrofóbicos como la habitación de Baldur obtiene como resultado una estética densa, azulada e inquietante, parca en colores pero rica en expresividad.

    Metalhead (Málmhaus)

    Finalmente, aunque el ritmo narrativo es lento y farragoso, podemos vislumbrar múltiples frentes abiertos: familiares, laborales, sociales y personales, que redondean un filme intimista y con un claro mensaje de supervivencia, a pesar de estar sumido en esa nebulosa islandesa por donde no pasa la luz, todo el año parece invierno, y sólo una buena canción de Judas Priest puede romper la quietud de las vacas en el establo. Málmhaus es, ante todo, profundamente realista y humana, y mucho más que de amor por el heavy o la persecución de un sueño musical, nos habla de límites, de miedos, de lastres y redenciones. También de la inmensa falta de fe de su protagonista, por supuesto no en el sentido estrictamente católico, sino mucho más amplio y relacionado con la anulación total de esperanzas, o la carencia absoluta de respuestas para seguir en pie. Al finalizar su visionado, nos quedamos secos y diversas imágenes de este, gélido pero a su vez cálido filme, se quedan clavadas en la retina y en la memoria para siempre; especialmente porque ¿existe algo más metafórico sobre el (sin)sentido de las cosas que una chica tocando un furioso rock and roll frente a la tumba de su hermano? | ★★ |

    Andrea Núñez-Torrón Stock
    redacción Santiago de Compostela


    Islandia, 2013, Málmhaus (Metalhead). Director: Ragnar Bragason Guión: Ragnar Bragason Productora Mystery Island. Reparto: Ingvar Eggert Sigurðsson, Thora Bjorg Helga, Pröstur Leó Gunnarsson, Sveinn Ólafur Gunnarsso, Hannes Óli Ágústsson Música: Petur Thor Benediktsson. Fotografía: August Jakobsson.


    Póster Metalhead (Málmhaus)
    Feelmakers

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