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    Crítica | Mil veces buenas noches

    Mil veces buenas noches

    Retrato de una bomba humana

    crítica de Mil veces buenas noches | Tusen ganger god natt, Erik Poppe, 2013

    Dentro de la definición de periodismo (recoger y tratar la información) no hay cabida para la interpretación subjetiva, la tergiversación intencionada o la mendacidad. Sin embargo, el creciente impacto social de la telebasura y el sensacionalismo —ignominiosa derivación de tan respetable empleo— ha creado una serie de “profesionales” no cualificados que trabajan como mercenarios del morbo y la carroña. Si bien sus métodos son cuestionables, saltándose todos y cada uno de los preceptos reflejados en el código deontológico de la mencionada disciplina informativa, su rentabilidad es incontestable, pues sus programas se convierten invariablemente en los de mayor índice de audiencia en la tan discutible parrilla televisiva. Así pues, los expertos de la comunicación se han visto forzados a seguir esta clave del éxito, creando un conflicto ético que reside en el qué, cómo y cuánto enseñar, y cuánto de lo que se enseña es moralmente justificable. Este proceder, trasladado al fotoperiodismo de guerra, puede derivar en un interminable debate sobre la frivolidad de la muerte y el sufrimiento, así como su “glamurización” dentro del arte —quién no recuerda algunas de esas espantosamente bellas fotografías ganadoras de varios premios, como “Muerte de un miliciano” o “La niña del napalm”—. Con A Thousand Times Goodnight, Erik Poppe quiere reabrir el debate de esa necesaria y explícita argumentación visual como prueba irrefutable de los abusos que sufren miles de personas en el tercer mundo y así, conseguir una ayuda tan indispensable como aparentemente inalcanzable.

    El director noruego se muestra muy seguro en la ejecución, consigue crear un planteamiento muy consistente de las grandes incógnitas y penosas vivencias que fue acumulando durante años de experiencia como fotógrafo de guerra para la agencia Reuters. Una mundología que le otorga cierta soltura en la construcción de la trama y le permite centrar sus esfuerzos en las formas, haciendo gala de un uso ejemplar de la concesión, para conseguir que el espectador —completamente libre de emitir un juicio valorativo individual— observe los argumentos de ambos, detractores y defensores, y así pueda decidir de qué lado posicionarse. Estrategia que también lleva a cabo con los personajes, jugando a dosificar la empatía hacia los protagonistas, para evitar que nos sintamos cómodos en la comprensión de un único punto de vista en esta historia que no es fácil para ninguna de sus partes, por lo que se irán desvelando regularmente diferentes aspectos idiosincráticos de cada uno de ellos, que moverán nuestra percepción de unos hechos que, por otro lado, permanecerán inalterables.

    Mil veces buenas noches

    La trama sigue a Rebecca, una fotógrafa de zonas en conflicto que vive a caballo entre el horror, la muerte y la desolación que imperan en su lugar de trabajo, y el paraíso donde descansa durante un breve período de tiempo antes de volver a la campaña. Pero hay personas que no están hechas para el edén, y tras una experiencia traumática cercana a la muerte, la protagonista recibe un ultimátum de su perfecta familia para que escoja entre ellos y la guerra. Así es como la fotógrafa decide colgar la cámara y dedicarse enteramente a recuperar el cariño perdido tras una prolongada ausencia que ha sumido su matrimonio en una profunda crisis. Un acto de desobediencia minará cualquier esfuerzo realizado y arrebatará de golpe toda la confianza recuperada, siendo expulsada (como Eva) de la pacífica playa de Sandymount y obligada a cubrirse con un velo nuevamente la cabeza para enfrentarse a su única realidad. Nueva versión del clásico de Shakespeare, Romeo y Julieta, como se aprecia en el propio título de la película: “Mil veces buenas noches”, decía Julieta desde el famoso balcón que los separaba, “Mil veces malas por faltar tu luz”, contestaba Romeo mientras se preparaba para afrontar una nueva e indeseada despedida.

    Y efectivamente algo de teatral tiene el film, principalmente porque el realizador es un claro descendiente de aquellos genios daneses que, con su Dogma 95, defendieron la importancia de la austeridad cinematográfica como medio de encontrar la auténtica pureza. Y nada menos que a la verde Irlanda se desplaza Poppe con el objetivo de no faltar al primero de esos “votos de castidad” que se establecieron como necesarios: “Los rodajes tienen que llevarse a cabo en localizaciones reales. Si un objeto es necesario para el desarrollo de la historia, se debe buscar una localización donde encontrarlo”. Pese a ello, la estable continuidad narrativa que caracteriza esta historia hace pensar más en una nueva ola danesa —con base en Noruega— que pretende el estudio de los conflictos personales internos y su relación con la trascendencia de las acciones (individuales o comunitarias). Así, tras el éxito de su compatriota Joachim Trier con Oslo, 31 de agosto (Oslo. August, 31, 2011), el realizador ha visto la oportunidad de conseguir un mayor impacto de su obra en el ámbito europeo e impulsar ese nuevo cine nórdico para que reciba el apoyo que merece. Poppe es un maestro de los tiempos recurrentes, y eso lo demuestra mediante el sensacional ejercicio monográfico que lleva a cabo por medio de ese portento interpretativo que es Juliette Binoche, quien se desnuda figuradamente ante la cámara de John Christian Rosenlund para hacernos partícipes del descarnado conflicto interno que sufre. Puede que esa fluidez se resienta un poco cuando se aborda la temática familiar que, por otro lado, resulta imprescindible para transmitir el solitario carácter de la actriz principal.

    Mil veces buenas noches

    Siguiendo con sus Aguas turbulentas (DeUsynlige, 2008), el director nos sumerge en la extraordinaria belleza de su cine por medio de este recurso metafórico que compara los movimientos marinos y el temperamento de las personas, incluyendo alguna escena onírica subacuática para representar la soledad y la pérdida de identidad de esos profesionales, cuyo mayor miedo (después de haberse enfrentado a las situaciones más horrorosas) es el de exponerse —tremenda e impactante escena la de la fotógrafa fotografiada—. Como fondo de la trama se plantea esa delgada línea que separa la profesionalidad y la vocación, de la temeridad, la irresponsabilidad y la enajenación que se requiere para poder apretar el disparador (sin tratar de interceder) cuando lo que se tiene frente al objetivo sea algo tan terrorífico como la propia muerte (o la muerte propia). Volviendo al concepto inicial de ¿es necesario? | ★★★ |

    Alberto Sáez Villarino
    Dublín (Irlanda)

    Noruega. 2013. Título original: Tusen ganger god natt. Director: Erik Poppe. Guion: Erik Poppe, Harald Rosenløw-Eeg. Productora: Coproducción Noruega-Irlanda-Suecia; Zentropa International Sweden / Film i Väst. Fotografía: John Christian Rosenlund. Música: Armand Amar. Montaje: Sofia Lindgren. Intérpretes: Juliette Binoche, Nikolaj Coster-Waldau, Maria Doyle Kennedy, Larry Mullen Jr., Mireille Darc, Lauryn Canny, Adrianna Cramer Curtis, Mads Ousdal. Presentación Oficial: Montréal Film Festival 2013.

    Póster de Mil veces buenas noches
    El fulgor efímero

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