Introduce tu búsqueda

  • Dos ventanas al vacío.
    A Ghost Story, de David Lowery.

    Cock-a-Doodle Dandy.
    Free Fire, de Ben Wheatley.

    En la sombra de la Bohemia.
    Especial 52º Festival de Karlovy Vary.

    Feminismo bizarro.
    Love Witch, de Anna Biller.

    Crítica | El regreso de Driver

    El regreso de Driver

    Fantasmas de silueta convexa

    crítica de El regreso de Driver | Driven, James Sallis, 2013

    El enorme impacto que generó la traslación cinematográfica de la novela de James Sallis, Drive, provocó que el nombre y apellidos de este novelista de Arkansas (Helena, 1944) resaltaran con más fuerza que nunca en un género, el del noir, poco habituado a las etiquetas best-seller y la algarabía crítica. Pese a las amplias distancias argumentales entre papel y celuloide, el danés Nicolas Winding Refn y su guionista Hossein Amini supieron llevar la esencia de la prosa de Sallis a terrenos convergentes y reconocibles para este veterano escritor de dilatada carrera. Aun así, el proyecto inicial iba a tomar el camino más ortodoxo. Así se lo había planteado el realizador Rob Marshall (Chicago), primer autor en abordar la tarea, a Sallis; incluso ya tenía al actor principal apalabrado: Hugh Jackman, a la postre productor. Sin embargo, el proyecto quedó en periodo estanco debido a los clásicos conflictos de pre-producción. Tres años después se invertirían los papeles y sería un joven actor, de sólida carrera en el cine independiente, el que acogería la producción y elegiría a un director para llevarla a cabo. Hablamos de Ryan Gosling y el citado Winding Refn. Poco importó que el impávido rostro de Driver tuviera las aniñadas facciones del actor canadiense y sus desventuras estuvieran ambientadas a modo de cuento onírico. El resultado fue un éxito casi sin precedentes en el nuevo milenio. Un éxito que no se apoyó ni en cifras ni premios, algo impensable en la industria estadounidense. Lo hizo en la crítica y, sobre todo, en el espectador. Un clásico de culto instantáneo. Un nuevo icono para un cine ávido de nuevos blasones. Drive (2011) elevó las carreras de todos los implicados, incluida la de un públicamente orgulloso Sallis. Tanto, que la secuela de este thriller de venganza, El regreso de Driver (Driven, 2013), logró algo que no había conseguido durante su larga bibliografía: convertirse en un frontrunner de las listas de ventas. Prueba de eco es la inmediatez de su llegada a España a través de RBA ediciones.

    En esta ocasión, salvo giro inesperado –no descartable teniendo en cuenta el escenario—, la tinta no goteará sobre el celuloide. Winding Refn se apresuró en la previa de la promoción de la décimo cuarta obra de ficción de Sallis en descartar esta máxima. «Driver sólo aparecerá en el cine como un personaje secundario en otra película», apuntilló el escandinavo. Sería una vuelta a terrenos más cómodos ya que este joven piloto/mecánico de nulas habilidades sociales pudiera haber sido EL conductor casi fuera de plano de muchos de los thrillers y cintas de suspense que se nos vienen a la mente. El silencioso y anónimo esbirro, de nula expresión pero marcado código. Ese caballero taciturno de paso y mirada silenciosa cuyo leitmotiv vital anida en las entrañas enmarañadas bajo cualquier capó. Y que, pese a su pasado y su futuro, transporta un corazón justo al servicio de princesas de extrarradio. Sallis declaró que Driver se acercaba más al prototipo de macho americano que el actor de Ontario, pero aplaudió la forma en la que Gosling abrazó el personaje. El lector lo tiene mucho más claro: el largometraje de Winding Refn otorgó clarividencia. Ahora es impensable separar personaje de actor por mucho que los cánones o leves descripciones del escritor se hayan volatilizado. Porque la caída de ojos –puro Actors Studio— y mirada tan tierna como impávida del Driver cinematográfico cala hondo en el retrato afinado a golpe de pluma. De este modo, El regreso de Driver tiene un rostro y unos gestos más definidos, dejando este elemento por saldado en nuestra imaginación. Sólo toca elegir el número de palillos y la intensidad del olor a taller mecánico de cuarta. Lo demás, es literatura y cine de primer nivel.

    Drive, de Nicolas Winding Refn (2011)

    Porque la estructura episódica de la prosa de esta continuación bien pudiera ser un libreto instalado en la blacklist norteamericana –como ya lo fue su primera entrega creada por Hossein Amini— . Cine que firmaría sin dudar Martin Scorsese y que destila el aroma del mejor noir. Sallis, al igual que el maestro de Queens, no se anda por las ramas. Deja las condescendencias a los suecos y golpea con fuerza. Cinco primeras líneas y uppercut a la mandíbula. Todo lo gestado en Drive se derrumba como un castillo de naipes. Y con éste, el presente de nuestro protagonista. En ese primer instante, resuena en nuestra memoria las antepenúltimas palabras de Bernie Rose, ese empresario de poca monta, ese psicópata de traje barato. Tan ambicioso en las cloacas como diestro con la cuchilla. «Deja todo lo que tengas en el futuro aparcado», sentenció antes de que el inesperado antihéroe se revolviera con un navajazo en el costado. El aliento de Rose impregna cada una de las hojas de esta segunda parte. Su apellido aparece tres veces en oraciones subjetivas, no, en cambio, en la mente del protagonista. Allí aguarda impertérrito, es la posible respuesta a las numerosas preguntas que cada uno de sus vigilados pasos genera. Nada importa que hayan pasado siete años y que la mirada de Driver esté ocupada a tiempo completo en Elsa, su nueva razón. Tras el tsunami de sangre y ponzoña, giro vital. Nuevo coche y pasado convertido, de nuevo, en presente.

    Las convicciones, enemigas de la verdad


    Ahora, a bordo de un Ford Farlane –atrás queda la plenitud de ese Chevy del 58 o el del 73 que aparece en el filme—, afronta la realidad con el guardabarros como única defensa. No hay escapatoria en esa eterna huida a la nada. Tan sólo las 24, 48 o 72 horas de rigor en esa anhelada fosa abisal particular donde se sumerge y solo encuentra soledad. Hasta que llegan los depredadores. Y entonces es momento de recordar, toda esa sangre querida vertida y ese futuro hipotecado. Y llegan los crochets, y las patadas, y ese crujir nasal que remarca que el lobo estepario siempre es el más peligroso. Despojado de todo, ya no hay nada que perder. Pero antes sabiendo las respuestas. Sallis, a base de estilizadas elipsis, presenta un cuento de una lírica magnética. Capaz de cruzar a Nietzsche con la jerga automovilística de los bajos fondos angelinos. Tejiendo una madeja que se enmaraña sin compasión y donde el espacio y el tiempo son simples actores secundarios. El campo de batalla oscila entre el callejón o la habitación de hotel más angosta a la interestatal más abandonada y polvorienta. Precisamente allí, Driver tiene su último duelo. Con todas las últimas cuestiones resueltas –que invoca al trillado todo acto tiene una consecuencia— y con una dirección marcada por la aberración esférica de su hipertrofiado Ford Farlane. No hay luz alguna salvo donde espera la Muerte.

    Emilio Luna
    Redacción Cáceres


    El regreso de Driver
    El regreso de Driver
    Driven
    Escrito por James Sallis.
    Traducido por Ramón de España Renedo.
    Editado por RBA.
    Colección Serie Negra.
    ISBN: 9788490064900.
    Páginas: 144.
    Presentación rústica con solapas.
    Precio: 16 euros.
    Feelmakers

    0 comentarios:

    Publicar un comentario

    "Sueñen. Vean cine."

    Críticas

    Festivales

    • El cine de Olivier Assayas. Una mirada a su filmografía

      Por Ignacio Navarro / «Todo lo que se necesita para hacer una película es una mujer y una pistola. Esta frase un tanto discutible (por lo sexista) la pronunció Jean-Luc Godard, nada menos que el estandarte de esa corriente tan identificable del cine como fue la Nouvelle Vague...».
    • Las 10 mejores películas de Luis Buñuel

      Por Alberto Sáez Villarino. «A pesar de lo que pudiéramos imaginar, movidos por la falta de preocupación de unos medios de comunicación con cierta tendencia a la holgazanería a la hora de catalogar los estilos y movimientos artísticos, el período surrealista de Buñuel fue considerablemente breve. En realidad, sólo dos películas entran dentro de los esquemas político-estéticos propuestos por André Breton: Un perro andaluz y La edad de oro...».
    • Monstruos que huyen, monstruos que persiguen, monstruos que observan: M, el vampiro de Düsseldorf

      Por Elisenda N. Frisach. «Fue a mediados del siglo pasado, cuando Europa se recuperaba de la Segunda Guerra Mundial mientras se encaminaba a una tercera contienda de alcance planetario –aunque esta vez marcada por un equilibrio del terror conocido como «Guerra Fría»–, que el historiador francés Daniel Halévy publicó su libro Ensayo sobre la aceleración de la historia (1948), donde, entre otras cosas, determinaba el espíritu de nuestra época; un zeitgeist marcado por la constante transitoriedad tecnológica y científica...».

    Classics

    [12][Trailers][slider3top]