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    Condenados, de Atom Egoyan

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    crítica de Condenados | Devil’s Knot, Atom Egoyan, 2013

    La cobertura mediática que actualmente se lleva a cabo sobre los más trágicos y escabrosos sucesos de nuestra chismosa sociedad, es el resultado de un interés atávico y malsano por las desgracias ajenas. El ser humano, morbosamente entrometido e indiscreto por naturaleza, ha buscado saciar esa curiosidad obsesiva hacia el dolor por medio de, no sólo el simple conocimiento de los trágicos hechos —horrible enfermedad, crimen espantoso, brutal venganza—, sino también de las reacciones y la forma de afrontar el período de duelo experimentado por los seres allegados a la víctima. Thomas De Quincey lo denominó como El asesinato considerado como una de las bellas artes (On Murder Considered as one of the Fine Arts, 1827), y su oscura temática ha estado presente en nuestra sociedad desde que el arte es considerado como tal —desde el clasicismo mitológico de Miguel Angel y su Pietá, hasta las tétricas pinturas de Caravaggio, pasando por los oscuros versos románticos de Rubén Darío—. Pero lo que antes era una representación profunda, fundamentada y estéticamente sublime del dolor, hoy no es más que un circo hediondo que se lucra de las peores desgracias por medio del embrutecimiento cultural. Casos como el de los crímenes de Alcácer, Madeleine McCann o West Memphis Three, en el que se basa Condenados (Devil’s Knot), son fieles representantes de esta degeneración demagógica que no hace más que exaltar la ira del pueblo por medio de falsas acusaciones y ningún tipo de documentación.

    Atom Egoyan se olvida de las cuatro etapas restantes del duelo descritas por la doctora Elisabeth Kübler-Ross, para centrarse en esa segunda (ira) como motor principal de su película. Para ello, el armenio nacionalizado canadiense, nos traslada a la “redneck” América con el objetivo de relatar los hechos sucedidos en un pequeño pueblo de Arkansas en 1993, donde 3 niños fueron asesinados, y torturados a manos de tres adolescentes —supuestamente—. La cinta sorprende por el ingenuo y redundante punto de vista escogido por un director que normalmente gusta de buscar nuevas formas de expresión, focalizando sus historias en aquellos que han renunciado a su identidad para encontrar la verdad existencial, incluso en esas ocasiones en las que la propia verdad es la que miente (Where the Thruth Lies, 2005). Un realizador cuya perspectiva hermética y distante siempre había buscado la originalidad, la controversia en los temas tabú y el naturalismo de unos personajes con una vida marcada por el sufrimiento resultante del inexorable egoísmo del ser humano, como el mostrado en La vida en video (Family Viewing, 1987). Coincidiendo con su primera producción estadounidense, presenta ahora un ejercicio banal, condescendiente y narrativamente mediocre que recurre a los clichés sentimentaloides como medio para llegar a un público fácilmente engañadizo.

    Condenados, de Atom Egoyan

    Un Colin Firth más cargante que de costumbre hace las veces del típico detective prepotente obsesionado con su trabajo que tiende a tratar a todo el mundo como si fueran deficientes mentales. El grueso de la historia lo conocíamos previamente, ya fuera por las noticias, o por la sensacional serie de documentales —Paradise Lost 1, 2 y 3— que la cadena HBO realizó en 1996, 2000 y 2011 respectivamente. La cantidad de información y documentos gráficos proporcionados por esta trilogía de Joe Berlinger y Bruce Sinofsky (con una acertadísima banda sonora de Metallica) podrían parecer motivos más que suficientes para rechazar cualquier intento de seguir con el mismo tema. Sin embargo Egoyan lo vuelve a intentar, ahora mediante el sensacionalismo barato y discursivo que se recrea en el sufrimiento de un padre enajenado que busca un culpable a toda costa a quien poder dirigir su odio, y una madre que busca la verdad. Todo ello como sacado de un programa de Ana Rosa Quintana. Tan esperpéntico resulta que, por un momento, nos asalta la duda de la sátira, ¿es parte de un astuto plan para criticar precisamente esa deleznable estratagema? La recurrente arenga sobre la ineficiencia del sistema judicial, la pena de muerte, incluso los ridículos acentos y la bajeza de los diálogos, sin ningún tipo de giro argumental, nos llevan a pensar que todo es una burla de la chabacanería que rodea este círculo. Sin embargo, el final deja claro que no sólo no es irónico el contenido, sino que es uno de los ejemplos más claros y vulgares de esta pornografía demagógica. Unos títulos aclaratorios finales, insultantemente extensos, inciden en la gravedad de los hechos y nos retienen en la sala unos minutos más, como si las dos horas de lectura informativa sacada de Wikipedia no hubieran sido suficientes.

    Lejos quedó el asombroso planteamiento de unos hechos aislados y deslocalizados al que el director solía recurrir en su creación de esas tramas oscuras, siniestras y enfermizas, valiéndose del sexo y de una oculta y temible mirada que observaba todo como una acción prohibida (Exótica, 1994), o buscando temáticas tan cuestionables como la censura dentro de la pornografía, El liquidador (The Adjuster, 1991). Todo ello tratando de establecer una correspondencia argumental entre los grandes saltos temporales implicados. Pasado y presente convergen por medio de las acciones de sus elementos comunes. Egoyan cae en su propio juego de los tiempos recurrentes y se convierte en una víctima de su propio ingenio (pasado), mostrando una zafiedad (presente) a la altura de su pseudo-analfabeta protagonista principal, una cumplidora Reese Witherspoon que se erige como lo mejor del filme. De hecho, de su particular visión del suceso, tratando de defender a los presuntos asesinos de su hijo, podría haber salido algo muy diferente y a la altura de este director al que preferíamos cuando también escribía sus guiones. Tropiezo considerable de un gran autor en horas bajas que regresa al drama judicial, ya abordado previamente en la espectacular El dulce porvenir (The Sweet Hereafter, 1997), la cual utiliza ahora para hacerse una ignominiosa auto referencia por medio de una frase que antes tuvo un sentido y una profundidad tan elogiables como el propio producto, y que ahora no es más que otra demostración de la evidente vulgaridad narrativa que desprende este filme: “Prometo que perseguiré y acabaré con el responsable de esta…tragedia”. | ★★★ |

    Alberto Sáez Villarino
    Dublín (Irlanda)

    Estados Unidos. 2013. Título original: Devil’s Knot. Director: Atom Egoyan. Guion: Paul Harris Boardman, Scott Derrickson (Libro: Mara Leveritt). Productora: Worldview Entertainment. Fotografía: Paul Sarossy. Música: Mychael Danna. Edición: Susan Shipton. Intérpretes: Reese Witherspoon, Colin Firth, Mireille Enos, Kevin Durand, Alessandro Nivola, Amy Ryan, Kris Polaha, Collette Wolfe, Dane DeHaan, Kristopher Higgins, Judd Lormand, Bruce Greenwood, Stephen Moyer, Elias Koteas. Presentación Oficial: Toronto International Film Festival 2013.

    Condenados poster
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