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    Crítica | Frank, de Lenny Abrahamson

    Frank, de Lenny Abrahamson

    Elogio de la locura

    crítica de Frank | Lenny Abrahamson, 2014

    Cómo le gusta al cine hacerse eco de las vidas y milagros de los (supuestos) genios excéntricos. No vale con ser bueno, no. Tampoco vale con ser un puñetero Da Vinci, alguien que cambie la historia del arte, o de la ciencia, o de lo que sea, con sus aportaciones. Todo eso no vale de nada si no se es un maníaco en un sentido u otro, si no se tienen aficiones, fobias o hábitos que dejen al mundo ojiplático perdido (y si no, nos lo inventamos: que se lo pregunten al pobre Mozart). Hijo bastardo de todas esas historias sobre gente rara con mayor o menor talento es este Frank, dirigido por Lenny Abrahamson (What Richard Did, 2011) y basado, según su guionista, Jon Ronson (Los hombres que miraban fijamente a las cabras, 2009), en sus propias peripecias como miembro de la Frank Sidebottom Oh Blimey Big Band, de la que formó parte allá por los años 80. A través de los ojos de Jon (encarnado en la película por Domhnall Gleeson y su perpetua cara de “¿cómo demonios me he metido aquí?”), conocemos a los integrantes de Soronprfbs, un grupo musical al que el calificativo de “extraño” se le queda más que corto, y que incluyen a Clara (Maggie Gyllenhaal), una hipster violenta que toca el theremin; a Don (Scoot McNairy), mánager y –aparentemente- persona cuerda del equipo; y, por supuesto, a Frank (Michael Fassbender), cantante, genio incomprendido, y líder espiritual de esa banda de freaks e inadaptados, que se pasea por el mundo llevando una gigantesca cabeza de cartón que no se quita jamás. De manera casi accidental, Jon se verá arrastrado por Frank y su troupe hasta Irlanda, para grabar un disco, y posteriormente será él quien les arrastre hasta Estados Unidos, para participar en esa feria de monstruos incomparable que es el South By Southwest Festival.

    Todo en Frank supura bizarrismo (¿es esa la palabra correcta? Pongamos que sí), y tanto el director como la mayoría de los actores no tienen ningún tipo de problema en entrar en una competición para ver quién es el más raro de todos. Durante la primera mitad de la película, decantada hacia la comedia, las rarezas y locuras de los personajes funcionan y resultan enormemente divertidas. Pero a partir del momento en que la acción se traslada al South By Southwest, todo se viene abajo, resultando en una colección de momentos esperpénticos, incómodos en el mejor de los casos y patéticos en los peores, que dejan al espectador pensando qué narices ha pasado, y en qué momento la cosa ha dejado de tener gracia. A lo mejor era la intención de Abrahamson desde el principio, pero si es así, la transición no está demasiado bien llevada. Afortunadamente, el director recupera el timón de la historia en los últimos diez minutos de película, ayudado por un Michael Fassbender que, esta vez sí a cara descubierta, demuestra una vez más por qué es uno de los mejores intérpretes de su generación.

    Frank, de Lenny Abrahamson

    Y es que Fassbender es el alma de la película, aunque no sea (exactamente) su protagonista. El actor irlandés consigue una interpretación estupenda, basculando entre lo descacharrante y lo descorazonador, sin apenas hacer uso de su rostro. Ya sea ejerciendo de supuesto genio loco, de gurú iluminador (posiblemente una de las escenas más divertidas de la película, el encontronazo del grupo en Irlanda con una familia de turistas alemanes) o de niño roto —literal y metafóricamente—, Fassbender consigue lo que parecía imposible: ser el centro de atención de la película por su trabajo, no por el aparatoso cabezón que lleva puesto. De hecho, resulta fascinante como, una vez superado el shock inicial de la cabeza, nadie parece darle la más mínima importancia al tema, incluyendo al espectador. Tanto, tanto, que Abrahamson tiene que hacer un esfuerzo consciente –y un pelín burdo, para qué engañarnos- para retomar el tema de por qué Frank lleva la cabeza puesta, y de si será capaz de quitársela algún día.

    Del resto de los actores, cabe destacar a su —teórico— protagonista, Domhnall Gleeson, que repite —por enésima vez— su personaje de chico torpón y buenazo, que tan buenos resultados le ha dado hasta ahora (véase Una cuestión de tiempo). El por qué todo el mundo parece haber adoptado al hijo de Brendan Gleeson como su osito de peluche particular es algo que se me escapa, al igual que se me escapa saber cómo lo van a encajar en esa franquicia de gente mega-guay que es Star Wars. Pero estoy divagando. Si hay alguien que realiza un esfuerzo tan grande como el de Fassbender para entrar en el panteón de raros de esta historia, es Maggie Gyllenhaal, cuya Clara es a la vez hilarante e insoportable a partes iguales. Por favor, Maggie, haznos un favor, y dedícate a ejercer de loca agresiva; se te da mejor que hacer de damisela hollywoodiense en apuros. Un último apunte para la narrativa. El simpático y bastante efectivo uso que hace Abrahamson de las redes sociales (especialmente Twitter), que sirven de hilo conductor de la historia. En un mundo donde el ciudadano medio está acostumbrado a ver casi de todo en el circo 2.0 de internet, hay que ser muy raro, o muy brillante, para conseguir que te presten atención. Frank y sus amigos podrían haberlo conseguido. Lástima que no hayan sabido equilibrar la balanza. | ★★★ |

    Judith Romero
    redacción Londres

    Reino Unido-Irlanda, 2014. Director: Lenny Abrahamson. Guión: Jon Ronson y Peter Straughan. Productora: Runaway Fridge Productions / Element Pictures / Film4 / Indieproduction. Presentación: Festival de Sundance 2014. Fotografía: James Mather. Música: Stephen Rennicks. Montaje: Nathan Nugent. Intérpretes: Michael Fassbender, Domhnall Gleeson, Maggie Gyllenhaal, Scoot McNairy, Tess Harper, Hayley Derryberry.

    Frank, de Lenny Abrahamson poster
    En cuerpo y alma

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