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    Crítica | Joe, de David Gordon Green

    Joe, de David Gordon Green

    Las heridas del alma

    crítica de Joe | de David Gordon Green, 2013

    Desde que ganara su único Oscar por Leaving Las Vegas (1995, Mike Figgis), el volcán Nicolas Cage ha permanecido en estado latente. A aquella tremenda erupción de talento y energía demostrada en su encarnación de un alcohólico suicida, le siguió una carrera repleta de discutibles elecciones de personajes, con aislados fogonazos de genio –Teniente corrupto (2009, Werner Herzog), Kick-Ass (2010, Matthew Vaughn)–, aunque incidiendo más de lo aconsejable en el cine más comercial. 2013 parece ser, definitivamente, el año que pone fin definitivamente a la sequía de buenos proyectos del actor. El responsable de lograr esta resurrección artística no es otro que el director David Gordon Green, que a pesar de ser más conocido por comedias gamberras de la talla de Superfumados (2008) o Caballeros, princesas y otras bestias (2011), tiene en su haber algunas interesantes cintas independientes como George Washington (2000) –por la que ganó el Premio a la Mejor ópera prima del Círculo de Críticos de Nueva York– u All the Real Girls (2003). La proeza de Gordon Green no se queda únicamente en esta oportunidad de darle nuevos bríos a la alicaída estrella, ya que Joe atesora múltiples atractivos como para convertirse por méritos propios en uno de los mejores filmes del año, aun cuando tenga que soportar inevitables y odiosas comparaciones con otra reciente película de ambientes rurales sureños, la excelente Mud (2012, Jeff Nichols), con la que comparte, además, el protagonismo del talentoso adolescente Tye Sheridan.

    Joe, de David Gordon Green

    La torturada fauna de la cinta está formada por personajes heridos, ya sea física o emocionalmente. Cicatrices invaden el cuerpo del ex convicto Joe, lo que delata un pasado complicado, en el que pasó la mitad de su vida entrando y saliendo de prisión. Ahora intenta llevar una vida tranquila en un pequeño pueblo de Misisipi, ejerciendo el trabajo de quitarle la vida a los viejos árboles del bosque que luego otros se dedicarán a echar abajo. Es un ser atormentado, al que le cuesta no seguir metiéndose en problemas con la policía, que vive junto a una vieja perra tan llena de cicatrices como él. En este caso se aplica aquello de que los animales son el reflejo de sus dueños, ya que el can únicamente emplea su letal agresividad cuando se siente amenazado, mientras que se muestra dócil con la gente que quiere. No puede corresponder como desea Joe al amor de Connie, una joven prostituta que desea dejar atrás su turbulento modo de vida y que él se convierta en ese príncipe azul que le abre la puerta del coche –algo así como la Sera que interpretara magistralmente Elisabeth Shue en Leaving Las Vegas–, pero, en cambio, sí se sensibiliza enormemente con la situación de Gary, un humilde adolescente que sufre en sus carnes, al igual que su madre y hermana, el maltrato físico continuado de un padre alcohólico que vaga como un muerto viviente por las calles del pueblo con la única preocupación de encontrar dinero para beber. Joe le da trabajo al muchacho y, poco a poco, se convierte en una especie de figura paternal y protectora para él, encontrándose en el dilema de tomar cartas en el asunto para acabar con el sufrimiento de Gary. El guión de Gary Hawkins sobre una novela de Larry Brown –autor que ya había visto adaptada una obra suya en Big Bad Love (2002, Arliss Howard)– hace una perfecta descripción de todos estos personajes, haciendo especial hincapié en los imprevisibles arranques de violencia con los que a veces intentan exorcizar sus demonios interiores. Una muestra de ello es la excelente escena de apertura en la que una brutal bofetada recibida por Gary ya nos pone al tanto de la difícil situación por la que atraviesa a causa de ese monstruo degenerado que es su padre. Un lobo con piel de cordero que bajo su lastimosa apariencia de borrachín de pueblo, esconde a un ser sin ningún tipo de moral, capaz de los actos más horrendos sin pararse a pestañear e incapaz de mostrar ni una pizca de afecto hacia su familia.

    Joe, de David Gordon Green

    A pesar del desesperanzador paisaje que dibuja la cinta, subrayado por la magnífica y omnipresente música de Jeff McIlwain, en donde la violencia se masca en el ambiente en cada fotograma (el algún momento de manera crudamente explícita, incluso), Joe puede considerarse una obra profundamente emotiva y humana. No es una emotividad que se acerque a la sensiblería, en ningún caso, ya que el tratamiento que se le da a la especial amistad entre los dos personajes principales está totalmente despojado de maniqueísmo. Se palpa la impotencia de Joe ante el panorama que envuelve al chaval, al igual que la admiración y respeto que éste último va desarrollando hacia su mentor y salvador, pero Gordon Green hace un trabajo de orfebrería para que los sentimientos afloren de manera controlada. Tanto Nicolas Cage como Tye Sheridan (mejor intérprete joven en el Festival de Venecia) ofrecen unos trabajos sobresalientes, perfectamente contenidos –esto es especialmente remarcable en el caso de Cage que, como es sabido, puede convertirse en un auténtico histrión cuando no está bien dirigido– y desbordantes de química. Junto a ellos, deja huella el trabajo de Gary Poulter como el padre alcohólico de Gary, aunque nunca se sepa hasta qué punto se trató de una actuación. Se trataba de un verdadero mendigo, con serios problemas con la bebida y enfermo de cáncer al que eligieron para el papel, otorgándole una veracidad ciertamente inquietante e incómoda. Tristemente, el incipiente actor apareció muerto en un campamento de vagabundos al poco tiempo de finalizar el rodaje. Dejó para la posteridad una interpretación realmente escalofriante, llenando la pantalla en cada aparición. Es una absoluta lástima que una cinta tan redonda como ésta no goce las mismas oportunidades de llegar a un mayor número de espectadores como sí la tienen los trabajos más alimenticios de Cage o las desvergonzadas comedias de su director. Sin duda, Joe es su mejor trabajo entregado hasta la fecha, una de esas escasas joyas que se estrenan cada año de tapadillo en medio de multitud de blockbusters y secuelas de grandes éxitos, que consiguen labrarse cierto prestigio gracias a los comentarios positivos de los pocos valientes que se atreven a pagar la entrada por verla. Es una obra que envuelve sinuosamente al espectador en su tensa y visceral atmósfera, agarrándole desde los primeros minutos por la solapa de la camisa para no soltarle hasta después del demoledor clímax final. Sin duda, habremos asistido a una de las mejores historias de redención y segundas oportunidades en la vida paridas por el cine independiente norteamericano en los últimos tiempos, bastante más turbia y arriesgada que la más aplaudida Mud. | ★★ |

    José Antonio Martín
    redacción Las Palmas de Gran Canaria

    Estados Unidos. 2013. Título original: Joe. Director: David Gordon Green. Guión: Gary Hawkins (Novela: Larry Brown). Productora: Worldview Entertainment / Dreambridge Films / Muskat Filmed Properties. Fotografía: Tim Orr. Música: Jeff McIlwain. Montaje: Colin Patton. Intérpretes: Nicolas Cage, Tye Sheridan, Gary Poulter, Ronnie Gene Blevins, Adriene Mishler, Brenda Isaacs Booth, Sue Rock, Heather Kafka, Anna Niemtschk. Presentación oficial: Competición de la Mostra de Venecia 2013.

    Joe, de David Gordon Green
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