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    Crítica | Pussy Riot: Una plegaria punk

    Pussy Riot: Un plegaria punk

    Pasamontañas de colores para un país en blanco y negro

    crítica de Pussy Riot: Una plegaria punk | Pussy Riot: A Punk Prayer, de Mike Lerner, Maxim Pozdorovkin, 2013

    La historia que narra Pussy Riot: Una plegaria punk posee todos los ingredientes de lo que podría ser una gran novela de la literatura rusa: patriotismo, libertad y lucha contra el autoritarismo. Pero adaptados al siglo veintiuno. En la piel del héroe, las Pussy Riot. Una banda punk formada por jóvenes feministas cuya música y apariencia irreverentes plantan cara al sistema patriarcal. En la del villano, el Primer Ministro Vladimir Putin. Un hombre que se retrata a pecho descubierto a lomos de un caballo, o disparando un rifle de caza. Un enemigo, declarado el hombre más poderoso de la tierra, según la revista Forbes. Los personajes de este largometraje producido por la cadena estadounidense HBO, y dirigido por Mike Lerner (nominado al Oscar en 2012 por el documental Hell and Back Again) y Maxim Pozdorovkin (The Notorious Mr. Bout), encajan bien con sus arquetipos aunque no estemos, tristemente, ante un producto de ficción. Nadia, Masha y Katia, tres de las integrantes de Pussy Riot saltaron en 2011 a las portadas de todo el mundo tras ser arrestadas por interpretar una “oración punk” en la principal Catedral de Moscú, en protesta por la reelección del Primer Ministro Putin. La plegaria les costó dos años en una cárcel de Siberia por incitar al odio religioso.

    Pussy Riot: Una plegaria punk es el retrato de las activistas del pasamontañas y de las mujeres que hay detrás de él. A través de entrevistas con sus padres conocemos detalles sobre sus vidas, sus motivaciones y deseos. Las revelaciones van desde lo más naif - la devoción de Marsha por las Spice Girls y Victoria Beckham- a lo más transgresor – Nadia participó de una orgía en el Museo de Historia Natural de Moscú en 2008 como parte de un grupo de arte de guerrilla-. Los padres son un elemento clave en el filme, en cuanto a que las humanizan. En un emotivo momento, el padre de Katia confiesa regalar a sus amigos una fotografía de su hija con la cabeza alta saliendo del juicio. Un padre orgulloso. Pero es al ver a las jóvenes encerradas en la jaula de cristal desde la que declaran, cuando nos damos cuenta de su verdadera estatura. El documental dedica una parte importante al proceso judicial que tuvo lugar en 2012, calificado de “juicio-teatro” por las numerosas sombras que arrojó y por lo desmesurado de la condena. La película alcanza su clímax cuando escuchamos a Nadia, Masha y Katia clamar su inocencia y reivindicar la justicia de su causa. Las Pussy Riot, conscientes de su poder, aprovechan la situación para contarle a Rusia y al mundo las verdades de un país en el que derechos fundamentales como la libertad de expresión están secuestrados. “El sistema teme la verdad y la sinceridad de lo que representamos. Somos más libres que aquellos que nos persiguen”, asegura Nadia. “Este juicio lleva una máscara grotesca, la cara del gobierno cuando habla a su pueblo”, sentencia Marsha. “Si en lugar de protestar hubiéramos cantado ‘Virgen María protege a Putin, Virgen María no te conviertas en una feminista’, seguro que no estaríamos aquí”, clama Katia.

    Pussy Riot: A Punk Prayer

    La fuerza de sus palabras convirtieron el juicio en una prueba sobre la salud democrática del país. La condena a las Pussy Riot fue durante meses una piedra en el zapato de Vladimir Putin. En palabras de Andrey, padre de Nadia, el fenómeno fue comparable a tirar una piedra a un estanque: “una de esas olas se convierte en tsunami pero no se sabe cuál de ellas.” La gran ola se extendió más allá de las fronteras de Rusia persiguiendo al Primer Ministro allá donde iba. La película muestra el clip de una entrevista en la que Putin era cuestionado sobre el tema. El presentador de una cadena de televisión internacional le pregunta por la condena a lo que él contesta “en Rusia tenemos un pasado doloroso durante el que la religión estuvo prohibida. Ahora debemos proteger la fe de nuestros ciudadanos”. Putin se sirvió de esta supuesta incitación al odio religioso para remover en los ciudadanos rusos sus más íntimos temores. Y es que Pussy Riot: Una plegaria punk quiere ser también un retrato no muy esperanzador de la Rusia actual. La película muestra a la rusa como una sociedad perseguida por los fantasmas de su pasado soviético, traumatizada aún por la fuerte represión a la que estuvieron sometidas instituciones como la Iglesia Ortodoxa. Las imágenes de manifestaciones y entrevistas a gente corriente ofrecen claves sobre la profunda división que vive un país que se debate entre el progreso y las tradiciones, la laicidad y la lucha de la Iglesia Ortodoxa por consolidar un poder que le fue negado durante 70 años. “Entraron en el corazón de Rusia y defecaron en él”, asegura una mujer en una de las manifestaciones anti-Pussy Riot. De poco les sirvió a Nadia, Masha y Katia pedir disculpas y repetir que su intención no era atentar contra la libertad religiosa, sino protestar contra lo que ellas consideraban unas elecciones apañadas. Los pasamontañas de colores flúor funcionan como un grito sordo que clama progreso, en contraste con este paisaje en blanco y negro.

    La música, al igual que otras disciplinas artísticas, puede provocar acontecimientos que de otra manera no hubieran sucedido. La gran temática que subyace en la película es ésta: el arte como arma para cambiar la sociedad. El filme abre con una cita de Bertol Brech “el arte no es una herramienta para reflejar el mundo, sino un martillo con el que darle forma”. Para transformar conciencias. Madonna y Yoko Ono son sólo dos ejemplos de los muchos artistas internacionales que se movilizaron a favor de la banda, defendiendo su libertad artística y exigiendo su excarcelación. Pussy Riot: Una plegaria punk termina con la liberación de Katia, mientras sus compañeras de lucha regresan a prisión. Pero la realidad nos regaló a finales del año 2013 una buena noticia para Nadia y Marsha: la aprobación de una amnistía para ellas y para un puñado de activistas encarcelados. Parece claro que las Pussy Riot consiguieron su objetivo de revolver las conciencias de sus conciudadanos y, de paso, atraer la atención internacional sobre las carencias de Rusia. El éxito reside en el carácter de estas mujeres brillantes y sin miedo que nos muestra la película. | ★★★

    Inés Esteban
    redacción Nueva York

    Reino Unido, Rusia, 2013, Pussy Riot: a Punk Prayer. Directores: Mike Lerner, Maxim Pozdorovkin. Productora: Roast Beef Productions. Fotografía: Antony Butts. Presentación oficial: Sundance 2013 (Premio especial del jurado en el apartado World Documentary Competition).

    Pussy Riot: Un plegaria punk póster
    El fulgor efímero

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