Introduce tu búsqueda

Guardián
FICX Imatge Permanent
  • Cine Alemán Siglo XXI
    Mostrando entradas con la etiqueta Vadim Kostrov. Mostrar todas las entradas
    Vadim Kostrov
    Vadim Kostrov
    || Críticas | ★★★★★
    Vers la lumière
    Vadim Kostrov
    Diarios filmados


    Miguel Martín Maestro
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Francia, 2025. Título original: «Vers la lumière». Dirección y guion: Vadim Kostrov. Producción: Vadim Kostrov. Fotografía: Vadim Kostrov. Festival de presentación: DOCLisboa / 17 de octubre de 2025. Reparto: Vadim Kostrov, Natasha Goncharova. Duración: 94 minutos.

    En el alma de un ruso disidente siempre hay un exiliado; por lo menos desde el siglo XIX. Y en el alma de un ruso persiste la idea de París, o Francia, como tierra de acogida y tranquilidad. La nueva película de Kostrov, director todavía inédito en España, supone un reencuentro, un renacimiento como el de Nadav Lapid con Synonimes. Casualmente ambos renacen en París y, más evidente y verbalizado en el israelí, renegando de su origen. Contemplamos el diario filmado de su primer año en Francia, la búsqueda de la estabilidad, el intento de recuperar un estado emocional desequilibrado después de abandonar su ciudad de Nizhni Taguil en los Urales. No importan ni interesan los motivos por los que Vadim y su esposa Natacha abandonan Rusia en 2022 junto con otra pareja de amigos; cada uno podemos imaginar el porqué, o, al menos, un porqué; lo que Vadim refleja con sus grabaciones es un estado de ánimo, una permanente zozobra que es equiparable a la de cualquier inmigrante que se encuentra a la espera de ser aceptado, de conseguir un trabajo, una beca, unos papeles que justifiquen su presencia en el extranjero, todo ello unido a la pesadumbre por encontrarse lejos de familia y amigos en una cultura diferente e, incluso, hostil. Un manto de oscuridad sobre quien vive de la luz, la cinematográfica.

    La filmografía de Kostrov tiene mucho de biográfica, y desde que recaló en Francia tiene más de autobiográfica y experimental. Esa incertidumbre con su futuro se manifiesta en el uso de un desenfoque inusual en su etapa rusa, como si una neblina empañara el objetivo que no es sino la mirada del cineasta. Paisaje urbano y campestre se desdibujan en ocasiones, se desenfocan o la cámara recorta el plano en escorzos o miradas parciales siguiendo un temblor de quien dirige, hay la herencia de otro exiliado, Mékas, en esos tejados de París, esas ramas movidas por el viento, esas nubes. El espacio que Mékas filmaba por su belleza y buscando la alegría, en las imágenes de Kostrov está invadido por la nostalgia, la melancolía, por ese peso dostoievskiano de la vida en la que la esperanza de un futuro mejor no puede desprenderse de un fatum agónico en el presente. Buscando una alegría deseada Kostrov no evita, ni puede, las lágrimas. Filmando la belleza de un parque, de un bosque, del rostro de una mujer, las imágenes, sin embargo, respiran una amenaza, una pesadumbre existencial que vuelve gris la primera parte del relato.

    Los cementerios y lo religioso se dan la mano con lo cotidiano, y con el paisaje natural de la ciudad o el de los viajes que emprende la pareja durante ese año de metamorfosis. Las visitas a un cementerio de la Primera Guerra Mundial, o al cementerio ruso de St. Geneviéve sirven a la pareja de espejo, pueden ser los momentos más intensos y más íntimos de la película. La tumba de Tarkovski es un guiño hacia otro cineasta que abandonó su país, las tumbas de matrimonios o de artistas visuales colocan a Natacha (la aparición de Vadim en las imágenes es episódica) en un reflejo de lo que piensa les va a suceder a ellos. Abandonaran generaciones anteriores el país por culpa del zar, de la revolución o de Stalin; la realidad es que quien se marchó y está en ese cementerio no volvió, quedó varado en un país extranjero en el que se vio obligado a permanecer. Las palabras de Natacha son proféticas y tristes como sus lágrimas, respirando una verdad incontestable, la de la tristeza del extrañamiento y el miedo a no regresar a los orígenes. La película podía haber descendido al melodrama miserabilista o sensiblero, al regodeo en la autocomplacencia. No es así y ahí está la prueba de esa calidad innata de un cineasta, todavía muy joven, pero que ya atesora una decena de películas filmadas con una cámara digital y nada más que su ingenio y su ojo. Lo traumático de ese presente filmado no evita la búsqueda de la felicidad, la esperanza de lograr un título o una beca, de conseguir que la supervivencia diaria se transforme en permanencia holgada.

    La película es un revulsivo para su filmografía. Normandie tenía grandes ideas y momentos, pero se asomaba al vacío de quien de repente se encuentra sin nada a lo que agarrarse. El resto de cortos filmados en Francia, absolutamente catalogables de experimentales, apenas si eran balbuceos de un cambio de estilo y de la búsqueda por parte del cineasta de un nuevo lugar en el que encontrarse cómodo. Ahora con Vers la lumière (Hacia la luz sería el título traducido) Kostrov ha recuperado el pulso de sus inicios casi adolescentes en Rusia (27 años en la actualidad y viene filmando largometrajes desde 2018), la imagen nos acompaña con la misma calidez y sensibilidad que al principio. Será que la luz ha vuelto a su mirada aunque por primera vez abandona la cita bíblica con la que todas sus anteriores obras empezaban. Sea por la laicidad del estado de acogida o por voluntad propia, la película respira mucho más sin el peso condicionador de un versículo de los apóstoles martilleando la memoria del espectador hacia un objetivo no siempre alegre. Cuando acaba la proyección de Vers la lumière este espectador se siente liberado como su pareja protagonista; ha llovido, ha habido desesperación pero siempre existe un lugar para la esperanza y para disfrutar de una primavera soleada en París, la primera de muchas, y quién sabe, si definitivas. ♦


    por Miguel Martín Maestro
    noviembre 12, 2025

    Crítica | Vers la lumière

    por Miguel Martín Maestro | noviembre 12, 2025
    || Críticas | ★★★★☆
    Normandie
    Vadim Kostrov
    Vivir tranquilamente


    Miguel Martín Maestro
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Rusia, Francia, 2024. Duración: 87 minutos. Dirección: Vadim Kostrov. Guion: Vadim Kostrov. Productor: Gleb Piryatinskiy. Compañias: Mal de Mer Films. Fotografía: Vadim Kostrov. Montaje: Vadim Kostrov. Sonido: Vadim Kostrov, Matthieu Fratichelli. Reparto: Anton Lukin , Ekaterina Andreeva, Natasha Goncharova, Vadim Kostrov.

    En alguna otra ocasión, incluso en estas mismas páginas digitales, he escrito el nombre de Vadim Kostrov como una de las referencias de futuro más prometedoras para los próximos años. Sin distribución en España, sin apenas ocasión de acercarse a su cine, me siento privilegiado por acceder a él solamente diciendo lo que siento viendo sus imágenes. Muchas de las revelaciones del cine del presente se encuentran leyendo pequeños comentarios relegados en esquinas de páginas especializadas, nacionales o internacionales, sobre secciones paralelas de festivales. De esa manera uno encuentra la posibilidad de abrir su espectro a nombres que no están en la boca de todos y que quedan sepultados por la costumbre de valorar un festival por su sección oficial a concurso, de manera que se encumbran siempre las mismas expectativas, incluso antes de que entreguen su siguiente película, como si una vez descubiertos fuera imposible el traspiés o desnudar al emperador más de lo que está. Si para algo debieran servir filmotecas y festivales es, precisamente, para revelar lo oculto y no seguir favoreciendo un sistema comercial de exhibición que hasta extiende sus redes en los espacios donde antes no tenía cabida. Por eso hay que ejercer un cierto tipo de resistencia hablando de lo que casi nadie hace, escribiendo a riesgo de equivocarse con apuestas de futuro sobre las que el ojo del espectador es capaz de advertir otra manera de acercarse a la vida, cines periféricos la mayoría de ellos, pero cines donde lo que prima es la belleza, porque como decía el aforismo: «buscar la belleza es la única protesta válida en este asqueroso mundo». Sólo así podemos aspirar a que poco a poco nombres como éste, como Manivel, como Vernier, El Pampero, Piñeiro, Russo, Comodin, Mumenthaler, D’Ambrose, Schaublin… y tantos otros puedan resultar tan cómodos para el espectador como los que copan las pantallas comerciales.

    El cine de Kostrov se ha visto obligado a cambiar, si no de estética (que también) sí de espacio. Kostrov ha abandonado Rusia para afincarse en París. Un cambio tan radical, cualquiera que sea su causa, ha de afectar a cualquier artista. Y si la razón ha sido, indirectamente, abandonar un territorio donde se arriesgaba a ser reclutado, censurado o hasta perseguido, la carga anímica que ello ha de suponer tiene que ser aún mayor. Sus dos primeras piezas «occidentales» juegan al experimento, Trois jours avant le printemps y Sacre coeur reivindican el papel de filmar por la simple pulsión de recoger lo que se ve, sin planificación perceptible, con una cámara caminando o mirando por una ventana; o desde el interior del templo dejando que la luz sobreexponga las texturas, deforme los contornos y difumine los rostros. Son trasposiciones del nuevo cine neoyorquino de los 60-70 a lugares tan cotidianos como lo turístico de París; Normandie sin embargo, es mucho más, es otro largometraje observacional del joven cineasta ruso que, como todo su cine precedente, comienza con su cita bíblica acostumbrada: «ruge el mar y cuanto contiene, se alegra el campo y todo lo que en él hay». Queda claro así que el leitmotiv de la película va a ser la naturaleza con la dimensión trascendental que cada espectador quiera darle. Cualquiera podrá pensar que hay un misticismo cristianizante tras el prólogo de cada una de sus películas, pero nadie podrá negar la enorme influencia de ese pensamiento a lo largo de los siglos de creación artística rusa.

    Las películas de Kostrov se articulan bajo la idea del «paisaje con figuras»; si sus obras sobre las estaciones o sus dos últimos cortometrajes sobre todo, se acercaban, cada vez más, a las personas que filmaba, con Normandie vuelve a tomar distancia, casi tanta como en Winter donde aquel grafitero al que seguíamos quedaba mucho más lejos del simple plano general. Dos parejas de jóvenes rusos acompañan las imágenes del director. Apenas podremos ser capaces de diferenciar una de la otra salvo por el pequeño detalle de que uno de los dos hombres utiliza una muleta. Lo que Kostrov filma no es tanto los cuerpos sino la insignificancia de los cuerpos sobre el paisaje. Largas escenas, minutos de observación con o sin figuras humanas, donde lo fundamental es sentir, sentir la luz, sentir el sonido, sentir el cambio de las horas. El plano se mantiene normalmente estático, cambia la posición de la cámara pero no es movida durante la escena, contemplamos como quien se asoma a un acantilado y deja pasar las horas esperando el último rayo del sol o queda adormecido por el rugido del mar, al tiempo amenazante y tranquilizador. Apenas cinco o seis situaciones durante 90 minutos, inicio y final casi se dan la mano con diez minutos de mar y cielo, el sonido y la furia, la intensidad y el color cambiando conforme la luz brilla más o menos y las figuras humanas se dejan interactuar por el paisaje.

    No sabremos las motivaciones de esos jóvenes que deambulan por el paisaje, residentes, exiliados, turistas, fin de semana; nos da un tanto lo mismo, sentimos un fuerte nexo entre mujer y hombre de cada escena, la complicidad de parejas que, aún en sus primeros años en común, necesitan pocas palabras para comprenderse. Tan es así que cuando Kostrov decide subtitular alguno de los parciales diálogos que mantienen su contenido apenas cambia nada de lo que hemos estado viendo, sólo les escuchamos hablar cuando comparten espacio urbano, momento en que la cámara más cerca está de ellos, pero cuando caminan por los acantilados, o se asoman a la larga escena de la playa que ocupa la mitad de la duración del experimento, sus cuerpos se funden con el paisaje y su palabra es irrelevante. Si inicialmente el juego o la cercanía física entre ambos les hace obviar el espacio que les rodea, rápidamente el calor humano sirve para confortar el espíritu y tranquilizar las incertidumbres de su futuro gracias al rítmico sonido de las olas subiendo con la marea y el progresivo oscurecimiento del horizonte conforme el sol se acerca cada vez más hasta el límite de su desaparición. Hasta ahora el cine de Kostrov reivindica las imágenes del no hacer nada, del filmar la vida como es día a día; huyendo de guiones donde constantemente tiene que suceder episodios adrenalínicos o constantes tramas y subtramas. Cuantos más años va cumpliendo uno más agradece que un cineasta joven sea capaz de parar el ritmo, bajar las pulsaciones y dedicarse a reivindicar el derecho a perder una tarde con la gente a la que amas, a contemplar una puesta de sol o a caminar sin rumbo por los acantilados de Étretat, y además saber filmarlo. Vivir también es reivindicar la quietud y el cine de Kostrov proporciona mucha paz, mucha tranquilidad, mucho reposo. Bienvenido sea y que a través de su colaboración con la productora Mal de mer resulte más fácil su acceso. ♦


    por Miguel Martín Maestro
    junio 11, 2024

    Crítica | Normandie (Vadim Kostrov, 2024)

    por Miguel Martín Maestro | junio 11, 2024
    || Críticas | ★★★★☆
    Still Free
    Vadim Kostrov
    El verano es un espejismo


    Miguel Martín Maestro
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Rusia, 2023. Título original: Пока, Свободный. Dirección, guión, montaje, fotografía: Vadim Kostrov. Duración: 31 minutos.

    La carrera cinematográfica del director ruso va creciendo de la misma manera que permanece inédita en España. Hay un anhelo crítico, quizá teñido de cierto elitismo por haber podido disfrutar de su filmografía más representativa a través de plataformas sin acceso generalista, para que esta obra alcance algún tipo de difusión. Resulta imposible imaginar su estreno masivo, su repercusión mediática. No es un cine para ello porque parte de lo íntimo y casi autobiográfico (podría eliminarse lo de autobiográfico) para trascender a temas generales que no sólo afectan a las personas que filma sino al conjunto de una generación y, en ocasiones como en Still free, de un país. Nacido en 1998 en Nizhny Tagil, región de Sverdlovsk, Rusia; con un talento cinematográfico descomunal poco habitual a su edad y que viene demostrando desde su primera obra, Loft underground, explota a nivel internacional con su trilogía de 2021, Orfeo, Verano e Invierno, utilizando su región natal para situar los esquemas argumentales de sus películas, apenas esbozos o bocetos que se rellenan a base de observación. Reflexión silenciosa, quietud y melancolía supuran de las heridas pocas veces verbalizadas, pero evidentes, que arrastran sus protagonistas; estamos ante el terreno de una ficticia no ficción, hay una intención documentalista, pero hay un esfuerzo cinematográfico en cada plano para separar su obra del mero testimonio en imágenes construyendo auténtico cine que radiografía a su generación lanzando un directo mensaje de socorro.

    Centrándonos en Still free, cuyo título original es Adios Svobodnyy, su esquema formal mantiene las señas características de su cine aunque ahora nos encontramos ante un mediometraje. La primera es el encabezamiento con una cita bíblica; algo que no implica que su cine sea religioso pero sí hay un aroma espiritual en sus propuestas, un acercamiento a la naturaleza interior de sus personas sin que ello haya de traducirse automáticamente en experiencia mística. Nada de eso se refleja abiertamente salvo esos encabezamientos a modo de prólogo que no dejan de ser inherentes al artista ruso que ha perdurado con los años, desde Tolstói y Dostoyevski, al referente cinematográfico de Tarkovski, poesía y reflexión como la de éste pero mirando directamente a los veinteañeros. Además, como en los anteriores ejemplos de su trilogía, la frase extraída de los evangelios viene muy a cuento: «ahora estos tres permanecen; fe, esperanza y amor; pero el mayor de ellos es el amor. Cor 13:13», porque si algo trata de demostrar la película es la fuerza del amor, la implicación entre la pareja protagonista mientras el amor es palpable y, es más que probable que este amor concurre con la poca fe y poca esperanza que mantienen hacia su futuro, donde la relación no va a bastar para sobrevivir.

    La película seguiría un esquema binario que se abre y cierra sobre sí misma, dos personajes principales, chico y chica enamorados, dos días de vacaciones de verano a orillas del río Zeya, dos instantes en dos días diferentes, dos despedidas simétricas con la cámara de Vadim siguiendo a la pareja mientras les perdemos de vista de espaldas cuando regresan andando hacia la ciudad, dos referencias expresas a que están siendo filmados y lo saben, «¿Vadim filma no?», «no sabes cómo ayudas aquí con la cámara», dichas en cada uno de los dos días, dos atardeceres y una cita bíblica al comienzo y una recreación personal de la misma al finalizar. En el medio lo que sería «une partie de champagne» contemporánea con un grupo de jóvenes conocidos del director que se muestran abiertamente espontáneos ante la cámara, pero que no dudan aprovechar esa filmación para exponer sus miedos más próximos en la Rusia de 2020. Él se muestra optimistamente pesimista ante la posibilidad de renunciar a su ingreso voluntario en el ejército; ella no quiere hablar del futuro y cree que cuando comience la universidad será posible mantener la relación incluso si Kostya tiene que seguir enrolado. Así, mientras la cámara acompaña a los cuerpos, rostros y caricias de Kostya y Katya, el aparente calor del verano que termina va enfriando nuestro ánimo como la caída de la tarde enfría el cuerpo de Katya que se refugia bajo la toalla. La aparente luminosidad que rodea al periodo estival va dejando paso a ese oscuro invierno que se aproxima pero que se anticipa pensando en el futuro inmediato. El mundo que se quiere entra en contradicción con el mundo en que se vive, y la pareja, aún muy joven, empieza a darse cuenta de que el amor no lo puede todo. Para Kostya parece mucho más fácil expresarlo mientras para Katya hay aún ese resto de rebeldía infantil con el que si algo no es mirado no existe, o si de algo no se habla terminará por desaparecer.

    Sin artificiosidades la cámara capta la luz del momento (qué bien se ve eso en la trilogía mencionada), el declive del día penetra en nuestras retinas a la misma velocidad que parece contagiar lo festivo del día de playa de un peso melancólico que se acrecienta cuando nuestra joven pareja se dirige hacia su destino inmediato dándonos la espalda, y es cuando nuestra mente no puede dejar de pensar qué va a ser de ellos meses después. La oscuridad que se vislumbra no es solo la física, sino la vital. La apariencia juguetona de la propuesta, los cuerpos al sol, los chapuzones festivos van tiñéndose de realidad; y la realidad hasta para unos jóvenes que no llegan a los 20 años se tiñe con la peor política posible, la que ellos mismos llaman autocracia cuando todo el mundo dice que es democracia, la de un estado militarizado que prescinde de opiniones y realiza imposiciones, donde el deseo de romper el contrato con el ejército es una muestra más de ingenuidad que de realismo. Vadim ha compartido unos días de verano en ese remanso que se aproxima al invierno filmando poéticamente a su pareja elegida (su película Verano bebía del mismo espíritu relajado y sin obligaciones) pero ahora, como ya hizo en su anterior cortometraje Ya videl, lo político no puede quedarse en la nebulosa de lo interpretable y se ve en la obligación de tomar partido en una parte final, con fundido en negro y parlamentos escritos, donde nos cuenta lo que desconoce que haya podido suceder a Kostya y Katya después de ese verano, porque en 2022 todo se puso boca abajo en Rusia al decidir invadir Ucrania sus dirigentes; de ahí su último grito, su última parábola, su gran deseo «for peace, youth, joy and summer, with hope, faith and love, STOP THE WAR». Por mi parte sigue aumentando el deseo de seguir el camino de este cineasta, tan joven y tan consolidado al mismo tiempo, un lujo en tiempos de uniformidad visual y argumental. Un hombre y una cámara apenas necesita nada más para crear arte con mayúsculas.


    por Miguel Martín Maestro
    junio 07, 2023

    Crítica | Still Free (Vadim Kostrov, 2023)

    por Miguel Martín Maestro | junio 07, 2023

    Estrenos

    Lady Nazca

    Circuito

    la residencia
    PUBLICIDAD
    FestivalScope
    PUBLICIDAD

    Streaming

    Suscripción