Guerra elíptica
Crítica ★★★★ de Foxtrot (Samuel Maoz, 2017).
Dicen que si hay una nueva guerra mundial, se librará por la vía informática en lugar de militar, teniendo en cuenta que los ejércitos han quedado en gran parte desfasados como primer instrumento de poderío y defensa de un país. Ahora bien, esto es así para los que siguen el camino de una globalización que apunta al predomino del software sobre el hardware, o del poder blando sobre el poder duro. Otros en cambio prefieren compaginar sus avances políticos o técnicos con una concepción aún tradicional, y por ende local, de sus fuerzas armadas. Este sería el caso de Israel, algo natural por la perpetua amenaza que siente en sus inestables fronteras, deslindando naciones más o menos enemistadas y con un propio origen como nación basado en el exilio y la ocupación. Si según la teoría clásica del Estado sus tres elementos constitutivos son el poder, el pueblo y el territorio, la precariedad de este último lleva a realzar aquí los dos elementos anteriores. La identificación del pueblo se realiza así en base a aspectos sociológicos, especialmente representados por la religión y la etnia, y en caso de que alguno de ellos falle siempre estará el otro factor de unidad proporcionado por el ejército. Surge entonces la paradoja de mantener este aparato como concreción del Estado para conservar una realidad mal definida en un mundo cada vez más complejo en sus relaciones y comunicaciones. En otras palabras, tenemos una organización material (con sus reglas, su jerarquía y su plasmación en armas, equipos y soldados) como aspecto más visible de una estructura difusa, lo que lleva a insistir en la primera para no permitir un cuestionamiento de la segunda, estrategia que no es novedosa en la Historia pero se presenta ahora como algo anacrónica. Esta reflexión permite entender la dualidad, dividida en tríptico narrativo y subdividida en cuadrado metafórico, que plantea
Foxtrot.
En efecto, sus protagonistas forman una familia atea, fuera de las imposiciones ortodoxas de su sociedad, solo integrada en sus más altas esferas gracias a una fachada que oculta su secreta rebeldía. Y es que el correcto servicio militar de padre e hijo no impide que les una un mayor interés por la contemplación pornográfica que por la exégesis bíblica, un comportamiento pecaminoso que anticipará un crimen más grave por el que ambos serán castigados. El padre recibe la noticia de la muerte de su hijo en el aislado puesto fronterizo en el que está destinado, aunque por mucha información procedimental que le proporcionan los soldados que le visitan en su casa, no saben concretarle las circunstancias del fallecimiento ni asegurarle que podrá ver el cuerpo. Mientras tanto su madre se ha desmayado al ver llegar a las huestes y se ha quedado dormida por medicación, al tiempo que la hermana no contesta al móvil y la abuela no entiende lo sucedido por culpa de su demencia senil. Es por tanto su hijo ya crecido el que debe afrontar la situación, aunque solo toma sus riendas a destiempo, haciendo antes gala de una pasividad y sumisión que se materializa en dos planos muy significativos. Uno es un primer plano del sujeto mientras los demás hablan, fuera de campo, o a lo sumo cruzándose delante de su mirada, pero él no reacciona más que con incredulidad. El siguiente es un gran plano cenital suyo cuando ya está solo y cambia de habitación, seguido por la cámara desde las alturas para reforzar su subordinación a un destino más elevado. Este ángulo se repetirá en contadas ocasiones con similares intenciones, poniendo de manifiesto cómo estos personajes son meros títeres guiados por una mano invisible, sin verdadera libertad de movimiento, y por ello regresarán si así procede al punto de partida.