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    Salvador Simó Busom
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    Érase una vez... los sueños de Luis Buñuel

    Crítica ★★★★☆ de «Buñuel en el laberinto de las tortugas, de Salvador Simó Busom.

    España, 2019. Título original: Buñuel en el laberinto de las tortugas. Director: Salvador Simó Busom. Guion: Eligio R. Montero, Salvador Simó Busom (Cómic: Fermín Solís). Productores: Jose María Fernández de Vega, Manuel Cristobal, Álex Cervantes, Femke Wolting. Productoras: Sygnatia / The Glow / Submarine. Distribuida por Wanda Vision. Fotografía: José Manuel Piñero. Música: Arturo Cardelús. Dirección artística: José Luis Agreda. Montaje: José Manuel Jiménez. Voces: Jorge Usón, Fernando Ramos, Luis Enrique de Tomás, Cyril Corral, Rachel Lascar, Pepa Gracia, Gabriel Latorre, Alex Martos. Duración: 86 minutos.

    En el fondo, el surrealismo, tanto en el cine como en el resto de artes, se vale de la realidad, para expresar a través de ella los universos de sus respectivos creadores. Cuando pensamos en la dualidad del cine, o en este caso concreto el doble sentido de la imagen, vemos cómo afecta el tiempo sobre ellas. Los mejores cineastas, al menos los más obsesionados con el factor de la memoria en el tiempo, han construido sus discursos alrededor de los sueños, adoptando un devenir profundamente misterioso en el enfoque de sus visiones en pantalla.

    En Érase una vez en América (Sergio Leone, 1984), su realizador nos introduce en la memoria y pensamiento de Noodles (Robert De Niro). Las teorías más certeras hablan de la idea de que todo transcurre durante un gran sueño, mientras Noodles, en duermevela, proyecta y da rienda suelta a sus fantasías inducido por los efectos de las drogas en un fumadero de opio. Por ello cuando este se reencuentra con su amada Deborah treinta años después sigue viéndola exactamente igual que la última vez, sin que apreciemos cambios en su rostro; un rostro eternamente joven y bello como se mantiene fijado en la mente del protagonista. De esta forma puede hacerse patente la dimensión de la mirada de un cineasta como Luis Buñuel, a la postre una de las más inclasificables de la historia, al compartir con Leone idéntica revelación ante los sueños. En su última película como director, Ese oscuro objeto del deseo (1977), el maestro de Calanda recurre a una idea ambigua al representar a un mismo personaje con dos rostros totalmente distintos. Conchita, obstinado y perverso deseo erótico del burgués encarnado por Fernando Rey, adoptará las facciones de dos mujeres en apariencia opuestas en su fisionomía como son la francesa Carole Bouquet y la española Ángela Molina. Una representa la frialdad mientras la otra el deseo mucho más carnal y ardiente, en clara consonancia con las mujeres e ideales del Marqués de Sade. Curioso que esta idea, desmentida por el propio director que alegó causas accidentales de la producción, asome tan poderosa en su testamento fílmico. Dos actrices que se exponen a un brillante juego de máscaras, sometidas por supuesto a la mirada y percepción del protagonista, a su vez la representación del último gran sueño del cineasta aragonés. Una duplicidad por la que apreciamos esa estrecha relación con el inconsciente de un Luis Buñuel que nace precisamente en los orígenes del cinematógrafo, y acoplándonos a las palabras siempre atinadas de Serge Daney, podría considerarse un documentalista de las formas del inconsciente, o mejor dicho de sus formaciones, ya que cada uno de sus filmes son vistos como un sueño. Sueños que una y otra vez se magnifican en pantalla, alzados a su imponente capacidad de trascribirlos.

    En el centro de todo esto, la película que nos ocupa, Buñuel en el laberinto de las tortugas (Salvador Simó Busom, 2019), se erige como bellísima interpretación de los sueños, no solo del afamado creador de Un perro andaluz, sino de sublimación vaporosa acerca del poder ilusorio y misterioso del cine. Los implicados cuidan el detalle, dotando de mimo cada trazo y cada perfil de esta recreación animada de las andanzas de un joven Buñuel en su periplo por rodar un documental en la región cacereña de Las Hurdes. Parten de un hecho concreto de la historia individual del cineasta, para establecerse como documento colectivo de una parte, o mejor dicho de una tierra, olvidada de nuestra historia. Lo mejor sin duda es descubrir un escrupuloso afán por cuestionar la figura del director y su némesis, un autor ensimismado en su propio universo. La cámara capta el espíritu incendiario del hombre antes que del mito y libera el poderoso influjo de unas imágenes humanas y terribles en su dureza, llevándonos de la mano de una aventura peligrosa en el que la naturaleza de la realidad es constantemente manipulada para alcanzar el propósito de las visiones, por qué no, místicas y celestiales, del explorador. En este caso, el Buñuel de Simó, y Fermín Solís (autor del excelente cómic en el que se basa la película) es un Buñuel quijotesco, loco por emprender abordajes peligrosos, siempre manejados por pilotos ajenos, con financiaciones y ayudas externas, como la de su madre, primera mecenas de su cine, o la de su amigo Ramón Acín, en la película algo más que un guía o punto de apoyo emocional. Espíritus que en suma esconden las claves de la cinta. Esos apoyos incurren en el relato dando pistas de un ejercicio humanitario, que deja huellas reales en su paso por la ficción.

    Buñuel en el laberinto de las tortugas, Salvador Simó.
    Un hito para el cine extremeño, que será protagonista en la temporada de premios.

    por David Tejero Nogales
    noviembre 03, 2019

    Crítica | Buñuel en el laberinto de las tortugas

    por David Tejero Nogales | noviembre 03, 2019

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