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    Rodrigo García
    Rodrigo García
    Last Days in the Desert

    Más allá de lo humano

    crítica ★★★ de Últimos días en el desierto (Last Days in the Desert, Rodrigo García, 2015).

    Uno de los episodios clave del Nuevo Testamento, evangelizado por San Mateo, es aquel en que Jesucristo es enviado al desierto para resistir las tres tentaciones del diablo, mientras se prepara para ser arrestado por los romanos y luego crucificado. Son cuarenta días y cuarenta noches de soledad y cavilaciones, donde paradójicamente la divinidad del personaje queda reducida al mínimo, ya que no tiene a nadie a su alrededor para seguir su mensaje y presenciar sus milagros. Sólo cuenta con la compañía de su antagonista, que trata de contrarrestar su fe ciega con la promesa de aquellos frutos, ya sea en forma de alimento, orgullo o riqueza, que más suelen codiciar los hombres. Empero estas imágenes también son simbólicas, acentuando el aislamiento del hijo de Dios en esa humanización forzosa, indispensable antes de ceder al sacrificio final. El colombiano Rodrigo García, hijo del autor de Cien años de soledad, ha sabido aprovecharse de estos contrastes para ambientar su última película, que se aparta de una filmografía hasta ahora centrada en personajes femeninos, pero yendo más allá de la simple naturaleza masculina. Eso sí, en coherencia con lo anterior, los momentos de trascendencia se intuyen antes que visualizan, fuera de los epílogos y prólogos que transportan a unas coordenadas más amplias lo que se presenta como una historia íntima y elemental.

    En efecto, tras una secuencia de montaje inicial del protagonista (encarnado con convicción por Ewan McGregor) deambulando por ese paraje inhóspito, que no necesita mayor información por su conocimiento popular, el mismo se topa con un joven (Tye Sheridan) que dice estar cuidando a su madre enferma (Ayelet Zurer), aislada dentro de la jaima en la que por ahora todos habitan, y a pocos metros de una casa de piedra a medio construir que será la morada de él cuando ella haya muerto. Luego se encuentra con el tercer miembro de la familia, el padre (Ciarán Hinds), y a partir de entonces queda localizado el drama en el mentado escenario (cuyo carácter inabarcable evita en cualquier caso la teatralidad), a la vez que reducidas las interacciones a las que comparten estos cuatro personajes, con la intromisión ocasional de Satanás, interpretado también por McGregor. García se permite pues esta desviación del texto sagrado, que como adelantábamos, más allá de un epílogo algo más fiel a la Historia, actúa como el mero marco de un relato circunscrito al siguiente dilema. El estado moribundo de la mujer les ha llevado al lugar donde nació su marido, y una vez consumado lo inevitable el hijo deberá quedarse allí para proseguir el trabajo iniciado por su padre, aunque su deseo sea marcharse a Jerusalén y comenzar una nueva vida. Al espectador se le hace partícipe de estas motivaciones por separado, a medida que cada miembro de esta familia se las va confesando a Jesús, que para ellos no es más que uno entre los varios hombres santos que encuentran en estas montañas el lugar más idóneo para sus rezos y meditaciones.

    por Ignacio Navarro
    abril 11, 2017

    Crítica | Últimos días en el desierto

    por Ignacio Navarro | abril 11, 2017

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