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    Robert Schwentke
    Robert Schwentke

    Nazismo actualizado

    Crítica ✷✷✷✷ de El capitán, de Robert Schwentke.

    Alemania, Polonia, Portugal y Francia. 2017. Título original: «Der Hauptmann». Presentación: Festival de Toronto. Dirección: Robert Schwentke. Guion: Robert Schwentke. Productoras: Filmgalerie 451 / Alfama Films / Opus Film / Facing East / Hands-on Producers. Fotografía: Florian Ballhaus. Montaje: Michal Czarnecki. Música: Martin Todsharow. Diseño de producción: Harald Turzer. Dirección artística: Jurek Kuttner. Decorado: Alwara Thaler. Reparto: Max Hubacher, Milan Peschel, Frederick Lau, Bernd Hölscher, Waldemar Kobus, Alexander Fehling. Duración: 118 minutos.

    El cine alemán ha tardado años en dramatizar los acontecimientos ocurridos en sus fronteras durante la Segunda Guerra Mundial, no solo por la herida causada y las sensibilidades que podían herirse, sino quizá también porque el nazismo utilizó la industria cinematográfica como uno de sus principales instrumentos. Su condición de ocio para el pueblo, asegurando un visionado uniforme y sin intermediarios del discurso narrativo que se quisiera exhibir, se ajustaba bien a esta ideología autoritaria. Tiempo después se irían ya narrando con tono crítico los sucesos de la guerra, aunque levantó aún cierta polémica El hundimiento (Der Untergang, Oliver Hirschbiegel, 2004), donde Bruno Ganz interpretaba a Adolf Hitler en sus últimos días, y de una forma que se acusó de demasiado humanizada. Ahora bien, una cosa es que en determinadas circunstancias a una persona le pueda salir a relucir sin remedio su humanidad, por muy enajenado que sea su estado, y otra es que por su influencia la deshumanización se extienda al colectivo, aun formado por individuos que deberían pensar por sí mismos y tener empatía. Es más difícil identificar la raíz del problema en este segundo supuesto, pero dado un cierto contexto no requiere de mayor explicación, y esto lo vuelve todavía más perturbador.

    En esta dialéctica se mueve El capitán, que arranca en un paraje desconocido más allá de un rótulo que nos sitúa en Alemania pocas semanas antes de la capitulación de 1945. Desde el horizonte alguien se acerca corriendo hacia cámara, pronto perseguido por un coche cuyos ocupantes le están disparando. El perseguido logra sin embargo escapar, y tras errar un tiempo se topa con otro coche, éste misteriosamente abandonado más allá de unas provisiones y un uniforme de capitán. El desertor se hace con la comida y el atuendo, y solo después es cuando aparece el título del filme. Demorar tantos minutos su aparición es una maniobra arriesgada pero comprensible porque el espectador, una vez ubicado en el meollo del terror que también se extendió a los oficiales y soldados que lo practicaron, lo visualiza mejor con su crudeza característica y universal, sin signos identificativos de por medio. Estos solo aparecen para cambiar la perspectiva, cuando la víctima se convierte en verdugo, y cuando los límites entre lo real y surreal amenazan con resquebrajarse. Hay además una explicación adicional, que solo adquiere sentido hacia el final del metraje. Sin desvelar lo esencial, hay que decir que las típicas imágenes de archivo y mensaje histórico tampoco surgen cuando se las espera, lo cual por un lado adquiere sentido si se contrasta con el inicio y se revela la estructura simétrica de la narración, y por otro si se tiene en cuenta el paralelismo con la actualidad, pues el presente puede no ser tan distinto del pasado… algo manifiesto, valga este paréntesis adicional, por el auge de la extrema derecha en Alemania en las últimas elecciones.

    El director Robert Schwentke, que se ha hecho un nombre en la industria norteamericana con productos como dos entregas de la serie Divergente, vuelve entonces a su país de origen seguramente por necesidad, no ya artística sino ética. Sabiendo que es además su primer guion escrito desde 2003, el enfoque es de alguien que trata de recuperar el pulso de su sociedad, para lo cual debe insistir en sus conflictos más característicos, por ende derivados de ese antes y después que marcó en ella la Segunda Guerra Mundial. Las dificultades para reflejarla a las que aludíamos al principio de este texto se dan entonces aquí la vuelta, por la idoneidad del momento para contar esta historia. La misma, entre esos comienzo y final, discurre por la absurda derivación bélica. El recién autonombrado capitán, con el que no nos quedaba más remedio que simpatizar, va haciéndose con un séquito de soldados y luego va encontrándose con otros compatriotas, ninguno de los cuales cuestiona su autoridad, que dice provenir directamente del Führer. Lo que empieza siendo una estrategia de supervivencia va adquiriendo progresivas dosis de locura, cuando el grueso de la trama se sitúa en un campamento de prisioneros, soldados desertores y ladrones, a los que su encargado está deseando ejecutar, orden que libera de todo obstáculo y regla cuando la emite este “capitán”. Sobra mencionar la consabida paradoja del seguimiento estricto de las normas hasta el punto de que las mismas pierden todo valor, resultando en una combinación de burocracia y caos que se presencia con tanta alucinación como indignación.

    por Ignacio Navarro
    septiembre 19, 2018

    Crítica | El capitán

    por Ignacio Navarro | septiembre 19, 2018

    Au revoir, auteur

    Crónica número VIII de la 65ª edición del Festival de San Sebastián.

    La decadencia del cine europeo y sudamericano en el último lustro es evidente. Una involución que ha contado con escenarios de excepción: los festivales de cine. A la par que el resto de protagonistas de esta función, la prensa y el público, la ficción del viejo continente e hispanoamericana han entrado en un bucle identitario; incapaces de sobrepasar al retrato como modus operandi para capturar un pedazo de pasado o presente social. Pesan en exceso las ideologías, también la escasa empatía con el espectador. Una tara representada por los autores más veteranos. Los últimos filmes de Michael Haneke o Andrei Zvyagintsev, por citar alguno de los más ilustres que componen Perlas, la sección destinada al público del Zinemaldia, continúan estancados en los rodeos que compusieron su filmografía reciente. Estilemas, solo estilemas, de una narrativa articulada sobre el dolor de una sociedad media que se desangra lentamente, víctima de la codicia y la ignorancia. Hijos del capitalismo que ya no son dueños de su futuro. El cineasta europeo se ha parapetado, valga la paradoja, en esa posición de comodidad que alguna vez disfrutaron sus protagonistas. Y el destino parece ya una cuestión de inspiración efímera. Las nuevas generaciones no parecen que porten la luz necesaria. Cinco años de Nuevos Directores han otorgado muy pocos cimientos que soporten la cinematografía europea venidera. La eterna búsqueda del impacto partiendo de la copia ha dejado numerosos nombres que encontraron el olvido antes de tiempo. Y así, de este modo, la Europa cinematográfica se muere. La latinoamericana, en cambio, le cuesta sobrepasar la pubertad. Más allá de realizadores como Pablo Larraín, Lucrecia Martel o Sebastián Lelio, o lo más veteranos Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón o Alejandro G. Iñárritu, creadores con un imaginario propio que no entiende de fronteras o nacionalidades, el cine facturado en la América hispana ha pasado de tendencia a invitada incómoda. La reiteración en sus temáticas y su escasa capacidad de abordar la imagen como recurso capital de una narrativa sólida la está alejando de la primera línea, y condenando al ostracismo de secciones paralelas de eventos como este Festival de San Sebastián cuyo grueso programático se nutre de las mentadas dos fuentes. Una coyuntura que justifica una 65ª edición tan escuálida, donde productos simplemente decentes han brillado con fuerza entre tanta mediocridad. Cannes y Venecia ya lo anunciaron: nos encontramos ante un curso demoledor que se lo va a jugar todo en la repesca con estatuillas doradas de por medio.

    por EAM
    septiembre 30, 2017

    Festival de San Sebastián 2017 (VIII) | Críticas: «Der hauptmann (The Captain)», «La buena esposa», «Apostasy», «The night I swam» & «Matar a Jesús»

    por EAM | septiembre 30, 2017
    R.I.P.D. Departamento de Policía Mortal

    DEPARTAMENTO DE REFRITOS

    crítica de R.I.P.D. Departamento de Policía Mortal | R.I.P.D, Robert Schwentke, 2013

    En un momento determinado de R.I.P.D. Departamento de Policía Mortal, vemos cómo una rubia con escote generosísimo ondea su melena mientras oímos los primeros compases del Let’s get it on de Marvin Gaye. Ojo, no hay ningún distanciamiento irónico en la escena. No se trata de una broma metalingüística que se mofa de todas las películas que han usado ya esa canción para ilustrar un instante de connotaciones sexuales. Al menos, no hay nada que nos haga pensar eso. Es como si, sencillamente, el director realmente pensara que esto, en 2013, todavía puede hacer gracia. Y eso ya no pasa desde, ¿cuándo? ¿1999, con la segunda aventura de Austin Powers? ¿Hasta cuándo van a seguir usando este tema? En fin, con esto ya podéis haceros una idea meridiana de lo que os encontraréis en R.I.P.D.: este chiste sobadísimo, que haría que el pobre Marvin renegara de la canción desde la tumba si pudiera, no es el único recurso desgastado con el que tenemos que lidiar, sino simplemente uno más dentro de un enorme montón de bromas sin gracia tan originales como un plátano a modo de pistola, una niña pelirroja con gafotas y aparatos dentales, o un gordo tirándose un pedo. CA-LI-DAD. Tratándose de una comedia, aquí ya encontramos un problema bien grande. Todo el sentido del humor de la cinta funciona mal o directamente no funciona, quedándose lejos, lejísimos de otras películas con las que guarda evidentes similitudes y están varios peldaños por encima en cuanto a ingenio, comicidad y diversión se refiere: Los Cazafantasmas (Ghostbusters, Ivan Reitman, 1984), Estamos muertos… ¿o qué? (Dead Heat, Mark Goldblatt, 1988) y Men in Black (Men in Black, Barry Sonnenfeld, 1997). Y no solo eso, sino que resulta incluso menos disfrutable que otras producciones que fallaron parcialmente al intentar mezclar fantástico y comedia, como Los amos del barrio (The Watch, Akiva Schaffer, 2012) o Howard, un nuevo héroe (Howard the Duck, Willard Huyck, 1986).

    por Unknown
    septiembre 13, 2013

    Crítica | R.I.P.D. Departamento de Policía Mortal

    por Unknown | septiembre 13, 2013

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