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    Rob Minkoff
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    Las aventuras de Peabody y Sherman

    Canis universalis

    crítica de Las aventuras de Peabody y Sherman | Mr. Peabody & Sherman, de Rob Minkoff, 2014

    A muchos, el nombre del Señor Peabody les sonará de aquel especial de Halloween en el que Homer Simpson viajaba en el tiempo con una tostadora. El personaje en cuestión, un perro gafotas acompañado de un niño pelirrojo igualmente gafotas, aparecía en mitad de uno de los viajes temporales de Homer, a modo de homenaje de Matt Groening a las aventuras animadas del Señor Peabody, una de sus fuentes de inspiración en sus comienzos. De hecho, es muy probable que la mayoría del público sólo conozca al cánido en cuestión por el guiño, y no por su producto original. No en vano, éste ha permanecido cincuenta años acumulando polvo y olvido en un viejo baúl. Desde 1964, el último año de emisión de la serie animada de variedades El show de Rocky y Bullwinkle, de la que el Señor Peabody constituía uno de sus personajes invitados más recurrentes. La serie se mantuvo cinco años en antena en Estados Unidos, pero nunca fue un hit. Lo que no le ha impedido ejercer una gran influencia sobre grandes animadores posteriores, como evidencia ese pequeño tributo de Groening. El personaje resulta, cuando menos, exótico. Un perro superdotado que se construye una máquina del tiempo y se dedica a visitar, junto a su hijo adoptivo Sherman (un niño humano adoptado por un perro), lugares y personajes históricos. El Señor Peabody es un trasunto canino del homo universalis, el Hombre Renacentista. Además de inventor, está versado en artes, letras, ciencias, cocina, negocios y deportes. Y fue ganador de un Premio Nobel y dos medallas olímpicas. Lo que lo convierte en todo un reivindicador de la dignidad perruna frente a las Lassies sumisas a los humanos del mundo.

    En su momento, El show de Rocky y Bullwinkle fue el buque insignia de Jay Ward Productions, un modesto estudio de animación que terminó absorbido por Dreamworks. La major pasó décadas sin hacer caso al producto, hasta que en 2000 se decidió a rescatar a los personajes del alce Bullwinkle y la ardilla voladora Rocky en un largo de animación. El resultado fue un estrepitoso fracaso que, no obstante, no parece haberles quitado las ganas de seguir intentando exprimir la nostalgia sesentera. Y en este contexto llega Las aventuras de Peabody y Sherman, puesta al día de los dos personajes con el mismo argumento básico más un par de añadidos que la enganchan con la época actual. La película se mueve, en primer lugar, con el mismo afán lúdico-educativo de la vieja serie. El conocimiento de hechos históricos y personajes ilustres mediante los viajes en el tiempo del dúo protagonista. El guión hace paradas en la Guerra de Troya, el Antiguo Egipto, la Florencia del Renacimiento o el Versalles de la Revolución Francesa, permitiéndose chistes inocuos con María Antonieta y su afición a los pasteles, la niñería del faraón Tutankamón, la excentricidad de Leonardo Da Vinci y un belicoso Agamenón a tope de esteroides. Quizá en los toques de grandilocuencia para recrear estos ambientes (exteriores lucidos, grandes batallas y escenas de msas) esté la mayor virtud de la animación del filme, por lo demás un tanto fría. El uso demasiado visible de modelados 3D por ordenador deja a unos personajes dignos de mascota de anuncio de cereales. Poco expresivos, algo escasos de carisma, y opuestos al irresistible trazo artesano de línea clara de la serie original.

    por Miguel Muñoz Garnica
    marzo 05, 2014

    Crítica | Las aventuras de Peabody y Sherman

    por Miguel Muñoz Garnica | marzo 05, 2014

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