El (tercer) mundo de Kapuściński
Crítica ✷✷✷✷ de Un día más con vida, de Damian Nenow y Raúl de la Fuente.
Polonia, España, Alemania, Bélgica, 2018. Título original: Another Day of Life. Dirección: Damian Nenow y Raúl de la Fuente. Guion: Niall Johnson, Amaia Remírez, David Weber, Raúl de la Fuente, Damian Nenow. Novela original: Ryszard Kapuściński. Fotografía: Gorka Gómez Andreu, Raúl de la Fuente. Montaje: Raúl de la Fuente. Música: Mikel Salas. Producción: Platige Image, Kanaki Films. Reparto: Miroslaw Haniszewski, Vergil J. Smith, Tomasz Zietek, Olga Boladz. Duración: 80 minutos.
«La mejor forma de conocer el mundo es hacer amistad con él», dijo en su día Ryszard Kapuściński, periodista polaco dedicado a dar voz a un mundo muy particular: el tercero, aquel donde, según él, hay que tener, bien dinero, bien tiempo. Quienes ejercen el poder tienen de sobra del primero, con lo que los oprimidos deben sacar partido del aún más valioso segundo elemento, uno de los pocos que ni el más poderoso puede adquirir. Y eso es así incluso en África, donde, mientras unos pocos amasan riquezas en mansiones de cristal, muchos dedican horas y horas al día a labores tan simples como ir a por agua o llevar a los hijos a la escuela (a menudo, por peligrosos senderos). De una de las obras del icónico reportero de guerra,
Un día más con vida, parte el largometraje homónimo que nos ocupa, ópera prima del polaco Damian Nenow y el español Raúl de la Fuente (que firman el muy internacional guion junto a Niall Johnson, Amaia Remírez y David Weber). En el libro, el periodista narra la descolonización portuguesa de Angola en 1975 y sus consecuencias: una guerra civil que, hasta hace muy poco, devastó la región; también se analizan los puntos fuertes y débiles del Movimiento Popular de Liberación de Angola, que gobierna el país desde entonces tras luchar, primero, contra Portugal en la Guerra de la Independencia (1961-1974) y, luego, contra el UNITA y el FNLA en el proceso de descolonización (1974-1975) recién mencionado. En la película, coproducida por Polonia y España junto a Alemania y Bélgica, los jóvenes realizadores (que dedicaron una fatigante década a su creación) recurren a la avanzada técnica de
motion tracking para impregnar de una mezcla de efectismo cómic e hiperrealismo sensorial el revelador viaje de tres meses de Kapuściński, el cual ―por completo recreado― combinan con declaraciones de supervivientes (no del propio ensayista, claro, pues falleció en 2007 a los 74 años, entre murmuraciones de Premio Nobel) e imágenes reales de un nuevo viaje al ahora relativamente calmado luchar de los hechos. Nace así otro ejemplo del raro pero efectivo subgénero del documental animado, donde se enmarcan joyas como la canónica
Vals con Bashir (Ari Folman, 2008), sobre la Guerra del Líbano, y
Tower (Keith Maitland, 2016), dedicada al primer tiroteo masivo acontecido en un centro educacional norteamericano.
Ni la animación ni el documental son géneros, sino categorías cinematográficas, al distanciarse ambas del cine de ficción de acción real por motivos opuestos: la primera, por un exceso de control; la segunda, por una supuesta falta del mismo (y cabe remarcar el “supuesta” porque precisamente entre los documentales encontramos algunas de las obras más calculadas y dogmáticas jamás creadas). Ambas categorías constituyen, por consiguiente, formas opuestas del arte audiovisual, pero, por rara que se antoje a simple vista, su fusión es idónea para este tipo de proyecto: ante la imposibilidad del documental de alcanzar la estricta certeza sin ser manipulador, nada mejor que recurrir a la ―por definición, abiertamente artificial― animación para rellenar los inevitables huecos con la honestidad de saberse desprovisto de la verdad universal (recordemos además que el propio Kapuściński era conocido por un estilo de reportaje político-literario que no siempre antepone la autenticidad al ritmo del relato). Esto permite además a la película ofrecer instantáneas de auténtico impacto sin desprestigiar la realidad, la cual, como suele decirse, supera siempre a la ficción, especial y desgraciadamente, en lo que a los males del tercer mundo respecta. De esta manera, el bien acompasado guion alterna sencillas pero efectivas recreaciones animadas (aunque, como ya se ha señalado, interpretadas en primer lugar por actores y actrices enfundados en trajes especiales cuan Andy Serkis en
El señor de los anillos, donde Peter Jackson encumbró el
stop motion) del viaje de Kapuściński allá por 1975 con imágenes de archivo del mismo (o sea, fotografías bañadas en nostalgia), así como entrevistas a supervivientes a los que por lo visto costó bastante encontrar (buena parte del mérito radica precisamente en ese trabajo de campo, dedicado proceso de documentación que honra tanto al sujeto como al objeto de estudio), a los cuales se sitúa en ocasiones en el mismo contexto que presenciaron en su día, haciendo estallar así tanto el dolor como la melancolía. Todo ello desemboca en instantáneas de gran impacto visual y emocional que difícilmente dejarán impertérrito a espectador alguno.