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  • Cine Alemán Siglo XXI
    Mostrando entradas con la etiqueta Oz Perkins. Mostrar todas las entradas
    Oz Perkins
    Oz Perkins
    || Críticas | ★★★☆☆
    Keeper
    Osgood Perkins
    La cabaña de los monstruos


    Carles M. Agenjo
    Barcelona |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2025. Título original: Keeper. Dirección: Osgood Perkins. Guion: Nick Lepard. Compañías productoras: Oddfellows Entertainment, Range Media Partners, Wayward Entertainment, Welcome Villain. Fotografía: Jeremy Cox. Producción: Jesse Savath, Chris Ferguson. Reparto: Tatiana Maslany, Rossif Sutherland, Birkett Turton, Weiss. Duración: 99 minutos.

    Zephyr, una joven surfera interpretada por Hassie Harrison, se queda inmóvil bajo el agua ante la presencia de un gran tiburón blanco con el vientre lleno de cicatrices. La escena, narrada a cámara lenta, pertenece al clímax de Dangerous Animals, un gozoso survival firmado por el director emergente Sean Byrne que se estrenó en agosto. Es entonces cuando Zephyr muta de víctima a vengadora de los mares contra el psicópata que la ha secuestrado –un desmelenado Jai Courtney– y rescata a su media naranja –el guaperas Josh Heuston– en una liza final sobre la cubierta de un barco convertido en sangriento set de snuff movies. El dispositivo es simple, pero efectivo. La escena de la final girl frente al escualo permite a Byrne y su guionista, Nick Lepard, jugar con dos niveles de realidad. Uno de naturaleza interior –con la protagonista encerrada en la bodega del barco o sumergida en aguas nocturnas– donde redescubre su identidad como heroína al límite; y otro exterior, donde se consuma la vendetta contra el villano de la función, un serial killer marino con vocación de cineasta cruel. Todo ello, sin renunciar al final feliz en este ejercicio de explotación veraniega disfrazado de drama romántico, ideal para disfrutar con chanclas y un cubo rebosante de palomitas.

    Lejos de la costa y los arrecifes, en una escena de la vibrante Keeper, una chica de ciudad llamada Liz, que encarna Tatiana Maslany con la mirada ebria de pavor, se descubre atrapada en una lujosa cabaña de diseño minimalista –que parece escondida en los bosques de Vancouver– donde ha llegado para pasar unos días de otoño con su novio Malcolm, interpretado por un cínico Rossif Sutherland con apariencia de teddy bear. De repente, tras una serie de siniestros sucesos, Liz despierta en el sótano y es sorprendida por una serie de inquietantes apariciones a medio camino entre los Caprichos de Goya y los espíritus de la mitología yōkai. Es entonces cuando ella comprende que su función no consiste en pudrirse como un ángel del hogar, devorando siempre el mismo pastel de chocolate, ni morir sacrificada como las anteriores novias de su pareja, sino en abrazar su condición de matriarca diabólica que impone una justicia ancestral a través de un espeluznante ritual satánico. Estas escenas, cargadas de una poderosa energía perturbadora, puntúan las cumbres de la película, dirigida con elegante manierismo por Oz Perkins y escrita por el mentado Nick Lepard. Lógicamente, el juego de puesta en escena entre dos estadios de realidad –en clara sintonía con la dualidad de Zephyr, pero muy especialmente con la totémica El resplandor (1980)– sigue presente, bifurcando el espacio entre un paisaje doméstico que resulta extraño en su cotidianidad, y otro subterráneo que tiene que ver con lo profundo, con los abismos del yo, donde la otredad se erige en forma de venganza femenina como respuesta directa –y un tanto precipitada– a los deseos de la maternidad y las cadenas del patriarcado.

    En cualquier caso, Keeper y Dangerous Animals no sólo comparten guionista o productora como Range Media Partners, con la que Perkins lleva trabajando desde hace años, sino un mismo espíritu de serie B que tiene que ver con la velocidad de producción y el presupuesto ajustado dentro de los parámetros de la industria. Asimismo, parecen encajar en su peculiar forma de pensar las películas –según confirmó en una entrevista– que se suceden unas a otras «como si fueran un tren». No obstante, el caso de Keeper plantea cierta problemática. Aunque el director confiese que se trata de una «no money movie rodada en un solo escenario en menos de 20 días» y escrita como «un ejercicio de dibujo automático» en tiempos de huelga, lo cierto es que el guion de Lepard resiente un tanto la propuesta, volviéndola confusa a ratos, demasiado críptica en otros e incluso abrupta cuando la narración abandona lo sutil para zambullirse de pleno en las aguas oscuras del género en su impactante tramo final. También es discutible la brusquedad del montaje –obra de Graham Fortin y Greg Ng, habituales de Perkins– que a veces prescinde caprichosamente de la coherencia espacial para desubicar a la protagonista. No es la primera vez. Salvando las distancias, la magnífica Longlegs (2024) ya pecaba de dar volantazos de tono cuando Nicolas Cage dejaba atrás su apariencia huidiza para desatar un recital de estridencias al borde de la caricatura. Mejor construida, en cambio, es la narración de Soy la bonita criatura que vive en esta casa (2016), entregada a la poética de espectros que dejaban rastro al desplazarse por el encuadre, o la deliciosa gamberrada The Monkey, que proponía un viaje salvaje en forma de carta redentora sobre la muerte de los padres no exenta de un ácido sentido del humor.

    Keeper, en definitiva, es lo más parecido a un reto, un experimento, la mejor prueba de que Perkins sigue exprimiendo los imaginarios del terror como una naranja madura. Esta vez, lo europeo y lo asiático se dan la mano mediante una embutida sucesión de recursos de estilo. Desde la composición esquinada y el encadenado largo hasta la mirada caleidoscópica o las imágenes con distorsión de barril. El resultado es una película pequeña, pero matona, que no duda en celebrar lo macabro a través del rostro dislocado y babeante, que no es otro que el de un fantasma pidiendo ayuda. Suena a tópico, pero lo cierto es que acojona un rato. ♦


    por Carles M. Agenjo
    diciembre 22, 2025

    Crítica | Keeper

    por Carles M. Agenjo | diciembre 22, 2025
    || Críticas | ★★★★☆
    The Monkey
    Oz Perkins
    El tamborín de la muerte


    Carles M. Agenjo
    Barcelona |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2025. Título original: The Monkey. Dirección: Osgood Perkins. Guion: Osgood Perkins. Compañías productoras: Atomic Monster, Black Bear International, C2 Motion Picture Group, Range Media Partners, Stars Collective Films Entertainment Group. Fotografía: Nico Aguilar. Música: Edo Van Breemen. Producción: James Wan, Dave Caplan, Chris Ferguson, Brian Kavanaugh-Jones. Reparto: Theo James, Tatiana Maslany, Christian Convery, Colin O’Brien, Elijah Wood, Rohan Campbell, Sarah Levy, Osgood Perkins. Duración: 95 minutos.

    En una escena de la infravalorada Psicosis II: el regreso de Norman (1983), Anthony Perkins viajaba a la infancia a través de su reflejo en el pomo de una puerta de madera. Por un instante, la silueta de Norman ya no era la del mítico asesino del Motel Bates, sino la de su niño interior interpretado por su propio hijo, Osgood Perkins, que con sólo 9 años dejaba su rostro impreso en la mansión del clásico de Alfred Hitchcock. La propuesta, en sintonía con el espíritu serial del cine de consumo, era una ampliación del campo de batalla –en la línea de otras sagas de la época como las motosierras de Texas y las garras de Freddy– capaz de compensar su endeble premisa con una dinámica puesta en escena firmada por un inspirado Richard Franklin. Por imposible que parezca, Norman había cumplido condena, se había instalado otra vez en la famosa mansión americana de estética Hopper y, claro, los asesinatos se repetían hasta con peluca de señora y cuchillo de cocina. Ahora bien, lo mejor de aquella secuela insensata –escrita por Tom Holland, el director de Muñeco diabólico (1988), que abría un universo paralelo a las novelas paródicas de Robert Bloch– es que logró trascender sus mil trampas de guion haciendo exactamente lo contrario que la película original de 1960. Donde Hitchcock difuminaba el artificio de matar a su protagonista con sutilezas de cámara y un uso notable del fuera de campo; Franklin, en cambio, celebraba la impostura estirándola hasta el paroxismo en un sabroso despiporre de falsas apariencias, asesinos conmutables y un reguero de muertes a cuál más absurda.

    Han pasado más de 40 años desde aquel bautizo en Hollywood y Osgood Perkins siempre vuelve a la casilla de salida. Suya es la tradición familiar del grito y la cuchillada que ha recogido en títulos de atmósfera malsana y centrípeta como La enviada del mal (2015), Soy la bonita criatura que vive en esta casa (2016) y la muy icónica Longlegs (2024). No obstante, hay algo en su quinta película como director y guionista que escarba en lo íntimo, en las penas de su propio pasado. The Monkey es una estupenda comedia negra que adapta libremente el cuento homónimo de Stephen King, pero su festín gore deja anotadas algunas imágenes sobre la pérdida y la ausencia. Esta lectura no es evidente. De hecho, el punto de partida despista un poco. Lo que empieza como un conflicto cainita entre Hal y Bill –dos gemelos que Theo James encarna en un cambio de rol divertidísimo– y se complica con la aparición de un mono de juguete armado con un pequeño tambor y dos baquetas –en el relato original lleva platillos, pero Disney se apalancó los derechos– se descubre como una mortífera ruleta rusa. El mono nunca falla. Si le das cuerda por la espalda y empieza a tocar, se desatan accidentes terribles y aleatorios. Desde un improbable tiro de ballesta sin tirador o una piscina electrificada por casualidad hasta una estampida nocturna que convierte a un tío que hacía vivac –¡gran cameo de Perkins a la Tarantino!– en un saco de carne triturada. En el fondo, no estamos tan lejos de la mecánica truculenta de Destino final (2000), pero filtrada por el espíritu festivo y salvaje de La muerte os sienta tan bien (1992).

    En cualquier caso, lo que importa aquí, además de la juerga macabra y una fascinación casi erótica por la destrucción, es la impotencia de Hal, el gemelo protagonista, en distintos momentos de su vida, incapaz de evitar lo inevitable, de frenar unas pulsiones de muerte que parecen salir como vómitos de su inconsciente. Por esto, detrás de la densidad que arrastra como adolescente acosado por las malotas del cole, maltratado por su hermano, deprimido por el cinismo de su madre –una desmelenada Tatiana Maslany– y desatendido por un padre ausente que es el verdadero motor del mono diabólico; se esconde una profunda necesidad de afecto no exenta de sarcasmo. En este sentido, el juguete que da nombre al título funciona como demiurgo inmisericorde de un mundo alucinado siempre al borde del apocalipsis. Un mundo, por cierto, que se puede leer como viaje de vuelta a casa o regreso al vínculo entre padre e hijo, aunque todo arda sin remisión. Nada tiene de casual que la gramática de Perkins evoque la memoria de su padre –en una escena donde traza una panorámica en un sótano iluminado con una bombilla que se balancea y que recuerda el momento twist del cadáver de Norma Bates– y también la secuela de Richard Franklin, que, a su modo, bromeaba con la original de Hitchcock de la misma forma que The Monkey ironiza con los códigos del cine de terror a través del humor abrupto. Ahí está, en fin, Elijah Wood interpretando al escritor de una larga saga de libros sobre paternidad que parece guiñarle el ojo a las secuelas exploit de la Universal en las que Anthony Perkins quedó encasillado de por vida.

    Sea como sea, Perkins Jr. lo ha vuelto a hacer. Suya es la estética cuidada al detalle, la composición milimétrica y una armonía cromática que, ahora, pone al servicio de su título más comercial hasta la fecha, pero también el más complejo y autoconsciente de su corta filmografía. The Monkey es tan inofensiva en apariencia como ácida en su caricatura de la impiedad con la puerta un poco abierta a la esperanza. Y sí, está claro que no puede escapar de su estructura ascendente y su fórmula excesiva, incluso atropellada en sus deslices oníricos, pero hay algo en la violencia que desata, en su mala leche gamberra, que la convierte en una comedia irresistible. ♦


    por Carles M. Agenjo
    febrero 26, 2025

    Crítica | The Monkey

    por Carles M. Agenjo | febrero 26, 2025
    || Críticas | ★★☆☆☆
    Longlegs
    Oz Perkins
    Nicolas Cage, el diablo y Lou Reed


    Rubén Téllez Brotons
    Madrid |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2024. Título original: Longlegs. Duración: 101 min. Dirección: Oz Perkins. Guion: Oz Perkins. Fotografía: Andrés Arochi. Compañías: C2 Motion Picture Group, Saturn Films, Neon, Range Media Partners. Reparto: Maika Monroe, Nicolas Cage, Blair Underwood, Alicia Witt, Kiernan Shipka, Dakota Daulby.

    A veces, una buena campaña de marketing puede perjudicar a una película tanto como beneficiarla. Obsérvese el caso de Longlegs, que tras su estreno en los cines de Estados Unidos no ha tardado en convertirse en un éxito en taquilla, y que, gracias a un sutil y milimetrado ejercicio de fuegos artificiales que consistía, en gran medida, en anunciar, con un tono de voz entre medias de lo estridente y lo inaudible, que el asesino que le da nombre a la cinta y que está interpretado por Nicolas Cage —los créditos iniciales no buscan en ningún caso ocultarlo— es la verdadera gema oculta que le da sentido y fuerza a la propuesta para, acto seguido, evitar mostrar su rostro en los trailers, los posters y demás material promocional. Objetivo cumplido: la maquinaria del boca a boca se pone en marcha y, mucho antes de estrenarse en España, la cinta ya ha generado un gran runrún con el respaldo de todos los críticos que ya le han otorgado la etiqueta de “la mejor película de terror del año”. La gente quiere ver al monstruo interpretado por Cage y la espuma no deja de subir. El problema surge cuando, desde la propia distribuidora, venden la obra como una mezcla de Seven, Zodiac y El silencio de los corderos que, además, busca homenajear a El exorcista y El resplandor. Las comparaciones nunca son buenas; y colocar Longlegs al lado de algunos de los mejores títulos que el thriller de Hollywood dio durante los noventa y principios de los dos mil es una jugada arriesgada (medirse con piezas perfectas que están consagradas en el imaginario colectivo de los cinéfilos puede herirla de muerte) y un poco prepotente, por qué no decirlo, pero también eficaz, en tanto que desvela sus intenciones y ofrece un camino desde el cual leerla. Siguiendo esta línea interpretativa, la nueva cinta de Oz Perkins —hijo de Anthony Perkins— bien se puede ver como un thriller en el que la cuerda de la tensión se estira tanto que el suspense termina convertido en un terror punzante y constante; y en el que, además, los códigos de los géneros no son tanto el único material de construcción de las imágenes, como el marco que contiene los significados de las mismas. Longlegs rechaza el horror de explotación para ofrecer una lectura del mundo desde una perspectiva sombría. O, al menos, eso pretende.

    La primera secuencia de la película da buena muestra de la habilidad del director para diseñar entramados de tensión que supuran un horror neblinoso y que subyacen bajo un espacio cotidiano amenazado por una sombra imprecisa y, por ello, aterradora. Un suelo cubierto por un manto de nieve que enmudece los pasos de los transeúntes que lo atraviesan; sobre él, una casa cuyas paredes exteriores están completamente pintadas de blanco; dentro, una niña que, sentada frente a su escritorio, advierte a través de la ventana que un coche ha aparcado dentro de su jardín. Sin dudarlo, sale de la casa, se acerca al vehículo y ve que está vacío. Escucha un ruido proveniente de la parte trasera del edificio y avanza, sin pensarlo, hacia lo que parece ser un destino fatal. El gran angular con el que está filmada la escena aplana el espacio en el que sucede la acción y lo convierte en un decorado irreal y uniforme por el que el personaje se mueve sin tener, en ningún momento, el control de la situación. La imagen es completamente traslúcida, no tiene grieta alguna, pero, sin embargo, una sensación de violenta extrañeza se cuela en ella y la contamina por completo. La niña llega al otro lado de la casa; echa un vistazo panorámico y no ve a nadie; se gira y, de repente, justo delante de ella, está el tan esperado Longlegs. De su rostro, eso sí, sólo se ve la barbilla, puesto que el director fuerza el encuadre para mostrar lo menos posible. Es ahí, donde el miedo se hace palpable: la premisa de no mostrar al monstruo para que sea el espectador quien se lo imagine de la forma más aterradora posible, surte efecto; cada uno rellena esa silueta vacía con sus propios miedos. Los créditos irrumpen en pantalla y la película inicia de la mejor forma posible.

    Después, aparece Lee Harker (Maika Monroe), una agente que acaba de ingresar en el FBI y a la que le asignan el caso de un asesino en serie que mata a familias cuyas hijas están a punto de cumplir catorce años y que deja en la escena del crimen una tarjeta con un mensaje encriptado. Perkins, para presentar a la protagonista, compone una segunda secuencia de suspense en la que sigue los preceptos estéticos que en la descrita en el párrafo de arriba y, de nuevo, consigue que la tensión de las imágenes duela como alambre de espino. Uno de los principales elementos en apariencia disonantes es la música, puesto que el realizador inserta animadas canciones rock en escenas tranquilas, poniendo en pausa el tono tétrico que asfixia la cinta durante sus primeros compases y ofreciendo un respiro al espectador. Esa mezcla entre el horror innombrable y algunos cuadros precisos de la vida cotidiana, entre la sangre y el ritmo animado de unos acordes alegres de conocimiento popular, sugiere que la cinta va a indagar en la forma en que la violencia surge dentro de un espacio aparentemente perfecto y banal: el modelo de familia que cumple con los cánones del sueño americano, con su casa unifamiliar, con sus domingos de béisbol y misa, con esas fotografías colocadas en el centro del salón en las que cada miembro fuerza una sonrisa que termina resultando inquietante, con el rostro del presidente de turno (Nixon y Clinton aparecen de forma explícita) y la bandera yanqui colocados en la pared del despacho o del dormitorio. Perkins parece interesado en desarrollar la cuestión alrededor de la que orbitan algunas de las grandes cintas de David Lynch (Terciopelo azul, Carretera perdida y Mulholland drive): es decir, la forma en que esa vida aséptica y en apariencia feliz implosiona por culpa de la propia represión que provoca y esconde. Durante el primer acto, la idea de que el infierno está bajo la pulcritud de cada hogar proyecta su sombra, escondida detrás de los leves pliegues que se atisban en esos planos generales que congelan en la pantalla la instantánea de un barrio estadounidense de clase media, de las palabras que los protagonistas pronuncian alucinados de incredulidad y miedo, de los destellos de muerte y tortura que sacuden las imágenes con la velocidad de un relámpago.

    Es una pena que todo esto no sea más que un trabajado juego de prestidigitaciones que se viene abajo a partir del segundo acto. En el momento en el que los personajes se adentran de lleno en el proceso de investigación, el realizador abandona la rigurosidad de los códigos estéticos con los que había construido una atmósfera malsana en la que la sensación de que el peligro podía manifestarse detrás de cada puerta, ventana o gesto tensaba cada fotograma, para abrazar una puesta en escena nimia e inexpresiva que nada consigue decir sobre el mundo que retrata. Los policías avanzan sin ningún tipo de problema en su búsqueda del asesino; atan cabos con una facilidad inexplicable, teniendo en cuenta que los primeros crímenes sucedieron hace más de treinta años; y la tensión va decayendo por minutos. Así, justo cuando la cinta está a punto de desfallecer, Perkins pone, en un habilidoso truco efectista, todas las cartas sobre la mesa y, rompiendo con el punto de vista que había predominado desde el principio, sigue los pasos de Longlegs durante unas cuantas secuencias en las que no duda en mostrar su rostro. La bomba explota y, es innegable, impacta, al menos durante unos segundos; las capas de maquillaje consiguen que Cage resulte escalofriante en lo exterior, pero la opacidad del sujeto nunca consigue que su presencia produzca verdaderos escalofríos una vez que el espectador se ha acostumbrado a su aspecto, muy similar al del protagonista de El hombre que ríe.

    A partir de ahí, la explicitud se apodera de la película y el terror desaparece por completo; al tiempo que el thriller policiaco se esfuma para dejar paso a un aquelarre satánico cuya simbología está bastante trillada: que si el diablo con forma de serpiente y cabra, que si monjas hieráticas con la cara ensangrentada, que si muñecas hiperrealistas poseídas por entes malignos. Todo filmado con una desidia desconcertante, más aún si se tiene en cuenta la milimétrica planificación del inicio. Perkins se deja llevar por el éxtasis demoníaco para, finalmente, ofrecer una visión ultraconservadora del mal y su lugar en el mundo: una rima visual situada a las puertas del tercer acto —en la que intervienen el personaje interpretado por Blair Underwood y un rostro enmarcado justo detrás de él— termina de echar por tierra todo el aparataje discursivo planteado al principio para afirmar que la violencia no surge como consecuencia del sistema (capitalista, heteropatriarcal) que oprime a las personas, sino que es un ente de fuerza ilimitada que surge como consecuencia de la iniquidad de todos aquellos que, es textual, “no rezan sus oraciones”, de todos aquellos que, frente a los suspiros oscurantistas que llegan a la actualidad como ceniza, aún caliente, de los siglos pasados, enarbolan la bandera del racionalismo. El mal como bestia inmortal que amenaza a las respetables, por religiosas, familias estadounidenses y que busca cualquier grieta en la cuadratura rígida de su esquematizada cotidianidad para colarse en su hogar y liquidarla desde dentro. El momento en el que Perkins, colocando la portada del Transformer de Lou Reed en el sótano que habita Longlegs —y en el que no hay más elementos culturales—, insinúa que el rock forma parte de esos elementos satánicos que pervierten a la sociedad, es para echarse las manos a la cabeza.

    De todas las referencias citadas al principio del texto, sólo se atisba en Longlegs el eco de la estructura dramática de Seven, cuyos giros dramáticos, al estar literalmente calcados, la convierten en un quiero y no puedo bastante previsible plagado de agujeros de guion que no consigue mantener el suspense de sus imágenes pasada la media hora inicial. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    agosto 02, 2024

    Crítica | Longlegs

    por Rubén Téllez Brotons | agosto 02, 2024

    El anverso de las tinieblas

    Crítica ★★★★☆ de «Gretel & Hansel», de Oz Perkins.

    Estados Unidos, 2020. Título original: Gretel & Hansel. Director: Oz Perkins. Guion: Rob Hayes (Cuento: Wilhelm Grimm, Jacob Grimm). Productores: Fred Berger, Brian Kavanaugh-Jones. Productoras: Coproducción Estados Unidos-Irlanda-Canadá; Automatik Entertainment / Orion Pictures / Bron Studios / Wild Atlantic Pictures / Creative Wealth Media Finance. Distribuida por GEM Entertainment. Fotografía: Galo Olivares. Música: Robin Coudert. Montaje: Josh Ethier, Julia Wong. Reparto: Sophia Lillis, Samuel Leakey, Alice Krige, Jessica De Gouw, Fiona O'Shaughnessy, Charles Babalola.

    Los cuentos clásicos no siempre han sido todo lo inocentes o inocuos que hoy conocemos. La factoría Disney tuvo buena parte de culpa de que relatos como Blancanieves, La bella durmiente, La Cenicienta o Rapunzel llegaran al mayor número posible de espectadores de diferentes generaciones, popularizándolos de manera edulcorada y enfocada, cómo no, a un público infantil. Historias cargadas de moraleja que no ocultaban, a través de malvadas antagonistas (casi siempre envidiosas madrastras o brujas que disfrutan sembrando el caos), la cara más despreciable del ser humano. Aun así, aquella maldad reflejada en la gran pantalla, en formato animación, no se acercaba, ni por asomo, a la enorme carga de sadismo y tenebrosidad de sus fuentes literarias, especialmente de aquellas retorcidas versiones que los hermanos Grimm recopilaron en su mítico Cuentos de la infancia y del hogar, a partir de fábulas tradicionales, allá por 1812. Más de dos siglos después sigue sorprendiendo la crudeza, propia de la sucia Edad Media, con sus severas torturas y castigos despiadados, que desprendían unos cuentos que, más tarde, pasarían de ser auténticas historias para no dormir a esos cuentos que los padres contarían a sus hijos a la hora de irse a la cama. Detalles tan escabrosos como que la madrastra de Blancanieves fuese condenada a bailar hasta la muerte calzando unas zapatillas de hierro ardiente al rojo vivo, o que las celosas hermanastras de Cenicienta se automutilaran los pies con un cuchillo para poder entrar en el zapato de cristal que podría darles la oportunidad de casarse con el príncipe, así como ese cruel destino que les deparaba, con unas palomas picoteando sus ojos hasta dejarlas ciegas, han sido cuidadosamente suavizados para no causar más pesadillas de las justas a los niños. No debería extrañar que llegue a las pantallas, tras versiones tan dispares como la coreana dirigida por Yim Pil-sung de 2007 o aquel despropósito de acción, a modo de libre secuela, que fue Hansel y Gretel: Cazadores de brujas (Tommy Wirkola, 2013), con Jeremy Renner y Gemma Arterton dando vida a unos ya creciditos y guerreros protagonistas, una reinterpretación como la de esta Gretel y Hansel (Oz Perkins, 2020), que se adentra, directamente, en el cine de terror más puro.

    La película, como toda buena historia de orígenes, se abre con un poderoso prólogo en el que una voz en off narra la leyenda de una niña hermosa con gorro rosa que, al poco tiempo de nacer, en unas tierras azotadas por la hambruna, cayó gravemente enferma. Su padre, desesperado con la idea de perderla, la llevó a una hechicera que, al curarla, le transmitió el poder de la clarividencia. Cuando los vecinos del pueblo comenzaron a verla como una amenaza que presagiaba la muerte de cada uno de ellos, fue abandonada a su suerte en lo más profundo del bosque, desde donde se labró su temible fama de atraer a niños a los que posteriormente mataba. Con solo dos películas en su haber, las flojas La enviada del mal (2015) y Soy la bonita criatura que habita en esta casa (2016), el director Oz Perkins da un salto de gigante cualitativo con este tercer trabajo, que le confirma como un creador de atmósferas de lo más interesante. Gretel y Hansel destaca, desde sus primeras imágenes, grabadas en formato 1.55:1 digital con una preciosista fotografía de Galo Olivares, por su condición de ejercicio de estilo muy cercano en espíritu a la magnífica La bruja (Robert Eggers, 2015). Al igual que en aquella, la protagonista de la cinta es una adolescente, en esta ocasión Gretel –no es casual que su nombre se anteponga al de su hermano en el título, ya que esta peripecia vital se vivirá a través de sus ojos–, tentada por el lado oscuro. La acción transcurre en pleno siglo XIV y el panorama que ofrece no puede ser más desalentador para los jóvenes Hansel y Gretel. Al hambre, la miseria, la suciedad y la peste matando a la población, se une el desapego de una madre que, cansada de mantener a sus hijos bajo el mismo techo, les echa de casa. Cabe destacar que, desde el primer momento, sobrevuela en la película un mensaje de empoderamiento femenino, presentando a su heroína como una chica que, pese a sus 13 años, no está dispuesta a aceptar trabajar de criada en una mansión en la que el dueño busca claramente satisfacer sus oscuros deseos sexuales con ella. Tiene la joven una capacidad innata para detectar que nadie regala nada a cambio de algo, por lo que siempre sospecha de la amabilidad de los extraños.

    por José Martín León
    abril 26, 2020

    Crítica: Gretel & Hansel

    por José Martín León | abril 26, 2020

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