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    Crítica: Gretel & Hansel

    El anverso de las tinieblas

    Crítica ★★★★☆ de «Gretel & Hansel», de Oz Perkins.

    Estados Unidos, 2020. Título original: Gretel & Hansel. Director: Oz Perkins. Guion: Rob Hayes (Cuento: Wilhelm Grimm, Jacob Grimm). Productores: Fred Berger, Brian Kavanaugh-Jones. Productoras: Coproducción Estados Unidos-Irlanda-Canadá; Automatik Entertainment / Orion Pictures / Bron Studios / Wild Atlantic Pictures / Creative Wealth Media Finance. Distribuida por GEM Entertainment. Fotografía: Galo Olivares. Música: Robin Coudert. Montaje: Josh Ethier, Julia Wong. Reparto: Sophia Lillis, Samuel Leakey, Alice Krige, Jessica De Gouw, Fiona O'Shaughnessy, Charles Babalola.

    Los cuentos clásicos no siempre han sido todo lo inocentes o inocuos que hoy conocemos. La factoría Disney tuvo buena parte de culpa de que relatos como Blancanieves, La bella durmiente, La Cenicienta o Rapunzel llegaran al mayor número posible de espectadores de diferentes generaciones, popularizándolos de manera edulcorada y enfocada, cómo no, a un público infantil. Historias cargadas de moraleja que no ocultaban, a través de malvadas antagonistas (casi siempre envidiosas madrastras o brujas que disfrutan sembrando el caos), la cara más despreciable del ser humano. Aun así, aquella maldad reflejada en la gran pantalla, en formato animación, no se acercaba, ni por asomo, a la enorme carga de sadismo y tenebrosidad de sus fuentes literarias, especialmente de aquellas retorcidas versiones que los hermanos Grimm recopilaron en su mítico Cuentos de la infancia y del hogar, a partir de fábulas tradicionales, allá por 1812. Más de dos siglos después sigue sorprendiendo la crudeza, propia de la sucia Edad Media, con sus severas torturas y castigos despiadados, que desprendían unos cuentos que, más tarde, pasarían de ser auténticas historias para no dormir a esos cuentos que los padres contarían a sus hijos a la hora de irse a la cama. Detalles tan escabrosos como que la madrastra de Blancanieves fuese condenada a bailar hasta la muerte calzando unas zapatillas de hierro ardiente al rojo vivo, o que las celosas hermanastras de Cenicienta se automutilaran los pies con un cuchillo para poder entrar en el zapato de cristal que podría darles la oportunidad de casarse con el príncipe, así como ese cruel destino que les deparaba, con unas palomas picoteando sus ojos hasta dejarlas ciegas, han sido cuidadosamente suavizados para no causar más pesadillas de las justas a los niños. No debería extrañar que llegue a las pantallas, tras versiones tan dispares como la coreana dirigida por Yim Pil-sung de 2007 o aquel despropósito de acción, a modo de libre secuela, que fue Hansel y Gretel: Cazadores de brujas (Tommy Wirkola, 2013), con Jeremy Renner y Gemma Arterton dando vida a unos ya creciditos y guerreros protagonistas, una reinterpretación como la de esta Gretel y Hansel (Oz Perkins, 2020), que se adentra, directamente, en el cine de terror más puro.

    La película, como toda buena historia de orígenes, se abre con un poderoso prólogo en el que una voz en off narra la leyenda de una niña hermosa con gorro rosa que, al poco tiempo de nacer, en unas tierras azotadas por la hambruna, cayó gravemente enferma. Su padre, desesperado con la idea de perderla, la llevó a una hechicera que, al curarla, le transmitió el poder de la clarividencia. Cuando los vecinos del pueblo comenzaron a verla como una amenaza que presagiaba la muerte de cada uno de ellos, fue abandonada a su suerte en lo más profundo del bosque, desde donde se labró su temible fama de atraer a niños a los que posteriormente mataba. Con solo dos películas en su haber, las flojas La enviada del mal (2015) y Soy la bonita criatura que habita en esta casa (2016), el director Oz Perkins da un salto de gigante cualitativo con este tercer trabajo, que le confirma como un creador de atmósferas de lo más interesante. Gretel y Hansel destaca, desde sus primeras imágenes, grabadas en formato 1.55:1 digital con una preciosista fotografía de Galo Olivares, por su condición de ejercicio de estilo muy cercano en espíritu a la magnífica La bruja (Robert Eggers, 2015). Al igual que en aquella, la protagonista de la cinta es una adolescente, en esta ocasión Gretel –no es casual que su nombre se anteponga al de su hermano en el título, ya que esta peripecia vital se vivirá a través de sus ojos–, tentada por el lado oscuro. La acción transcurre en pleno siglo XIV y el panorama que ofrece no puede ser más desalentador para los jóvenes Hansel y Gretel. Al hambre, la miseria, la suciedad y la peste matando a la población, se une el desapego de una madre que, cansada de mantener a sus hijos bajo el mismo techo, les echa de casa. Cabe destacar que, desde el primer momento, sobrevuela en la película un mensaje de empoderamiento femenino, presentando a su heroína como una chica que, pese a sus 13 años, no está dispuesta a aceptar trabajar de criada en una mansión en la que el dueño busca claramente satisfacer sus oscuros deseos sexuales con ella. Tiene la joven una capacidad innata para detectar que nadie regala nada a cambio de algo, por lo que siempre sospecha de la amabilidad de los extraños.

    Gretel & Hansel, Oz Perkins.
    Pesadillas infantiles.

    «Los cuentos de hadas pocas veces habían resultado tan espeluznantes en la pantalla y este, por una vez, hace justicia a la visión perversa y oscura de los hermanos Grimm. Puede que el peaje sea el de perder al público infantil con su valiente propuesta pero, a cambio, se ha ganado un puesto entre lo más atractivo que el género de terror ofrecerá en este 2020».


    Gretel y Hansel es una adaptación bastante fiel a lo que los hermanos Grimm trataron de plasmar en el cuento. El descenso a los infiernos que los niños protagonistas viven está retratado en toda su crudeza, no escatimando en pasajes realmente perturbadores (la escena con el cazador, las imágenes oníricas en el sótano de la casa de la bruja), elaborados con una caligrafía visual maravillosa, rica en simbolismos, como esas figuras triangulares tan presentes a lo largo del relato. Los jóvenes Sophia Lillis –ya descubrimos lo buena que era en It (Andy Muschietti, 2017)– y Samuel Leakey están perfectos en sus roles, enfrentándose a la poderosa presencia de una Alice Krige fabulosa, convenientemente caracterizada de esa desalmada bruja, con falsa apariencia de bondadosa anciana, que ofrece a los niños techo y comida, gracias a una labor de maquillaje encomiable. Su representación del mal consigue traspasar la pantalla, siendo un ser despreciable que se alimenta de los inocentes niños que, víctimas del hambre y el abandono de sus padres, caen en sus redes, al igual que los protagonistas, seducidos por generosos banquetes de comida. El guion de Rob Hayes realiza un subyugante retrato femenino, el de Gretel, a medio camino entre ser aún una niña desvalida o una mujer fuerte y con las ideas claras, que es consciente de que su incipiente belleza supone un peligro para ella en un mundo de hombres sedientos de lujuria, solo frenada por la “carga” de tener que cuidar con un hermanito de 9 años. Por ello, su introspectivo conflicto entre el bien y el mal, tentada por los poderes sobrenaturales que el lado oscuro pone al alcance de su mano si renuncia a cualquier tipo de atadura sentimental, está perfectamente mostrado en un filme que transcurre de manera hipnótica y sinuosa durante unos 80 minutos con aroma a pesadilla infantil. Los cuentos de hadas pocas veces habían resultado tan espeluznantes en la pantalla y este, por una vez, hace justicia a la visión perversa y oscura de los hermanos Grimm. Puede que el peaje sea el de perder al público infantil con su valiente propuesta pero, a cambio, se ha ganado un puesto entre lo más atractivo que el género de terror ofrecerá en este 2020 | ★★★★☆


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid


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    Valencia

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