|| Críticas | Sitges 2026 | ★★★★☆
Pobre diablo
Mario Peña
ficha técnica:
Sudáfrica, 2025. Título original: «Hen». Dirección: Nico Scheepers. Guion: Nico Scheepers. Compañías productoras: Nagvlug Films, kykNET Films. Presentación oficial: Festival de Sitges 2026. Fotografía: Chris Lotz. Reparto: Dawian van der Westhuizen, Amalia Uys, Stian Bam, Marelize Viljoen, Anoecha Kruger-Chanarin. Duración: 108 minutos.
En una umbría llanura, un árbol se yergue solitario. A su sombra yacen los cadáveres en descomposición de lo que un día fue una familia. Decapitados y desmembrados, su pútrida carne se encuentra esparcida alrededor de lo que parece ser una caja de madera asegurada por numerosas cuerdas, una suerte de jaula improvisada que reina en medio de la macabra masacre. Dawid, granjero de la zona, se encuentra de casualidad con la escena, y aún horrorizado, después de enterrar los cuerpos —o más bien, lo que quedaba de ellos—, se decide a abrir la caja. Los planos se dilatan y el silencio comienza a ser ensordecedor. Los segundos se escurren lentamente hasta que Dawid, vacilante, abre la misteriosa caja. Dentro de ella, un niño. Un niño en posición fetal que tiembla al ser descubierto, mientras unos violentos rayos de sol impactan en su inocente rostro. El niño y Dawid se miran largos segundos, hasta que el granjero intenta un acercamiento físico que el infante rechaza con instinto animal. Finalmente, cuando consigue llevarlo a casa y curarle a la fuerza las heridas que el niño presenta, él y su mujer terminarán por acogerlo sin saber que el niño porta consigo una maldición que lleva al delirio a quienes le rodean, muy a pesar de él. Ya en los primeros minutos de
Hen, la ópera prima del sudafricano Nico Scheepers, se nos muestra un absoluto control tonal y rítmico del cineasta que sienta las bases para lo que será una de las cintas de género más atractivas del año, una de las películas más genuinamente agudas , que, sin partir de una idea especialmente original, construye un relato evocadoramente desolador que orbitará sobre la incógnita que Dawid y su esposa mantendrán mientras crían al niño acerca del origen de este y su relación con la masacre circundante en la que fue encontrado.
La maldición que porta el muchacho involuntariamente es el elemento que conforma el cuestionamiento ético de la cinta que, sin duda, es su mayor atractivo: ¿Qué sucedería si el mal fuera manifestado inintencionadamente por el humano que, consciente de ello, lo carga? En un primer momento, el receptor de tal planteamiento puede pensar que la solución a tal pregunta es el aislamiento o la soledad del encarnado, a lo que Scheepers se anticipa y da una contrapregunta de profunda dimensión humana, pues ¿quién no anhela ser amado? Desde esa natural contradicción es animado Lukas, el infante encarnado por el mal, figura central del relato y uno de los personajes más humanos del género en años. Su denostada infancia, marcada por la pesada cruz que tanto le pesa, lo convierte en un alma penitente, con su maldición por cilicio, elemento subversor del tan manido subgénero
evil child horror, al que
Hen se circunscribe, que con cintas como
La profecía (1976) o
¿Quién puede matar a un niño? (1976) por bandera, transgrediendo y rasgando sus osificadas limitaciones para sobreimprimir una sensibilidad emocional profundamente conmovedora.
Arraigado profundamente en
La cinta blanca (2009), Scheepers hace permear un halo inequívocamente hanekiano durante todo el metraje para desplegar un aparataje formal comedido y solemne que, aun sin dejarse llevar por el cinismo del austríaco, comparte con él la sobriedad estilística que el sudafricano sabe perfectamente transversar al terror. Los recursos estilísticos son explícitamente análogos: el blanco y negro, el estatismo de la cámara, la prescindencia de efectismos extradiegéticos y la morosidad rítmica son herencias directas, reminiscencias que conducen la narración por los derroteros de un fascinante hieratismo de tracción sosegada pero inexorable. La que fuera la primera Palma de Oro de Haneke converge con
Hen en el tratamiento del infante como fértil génesis del mal, pero con una diferencia nuclear: la primera versaba acerca de el mal originado por la opresiva sociedad alemana de posguerra hacia toda una generación, que años más tarde devendría nacionalsocialista, y en la segunda, un niño que porta el mal encarnado en contra de su voluntad y, por ello, afecta gravemente a su entorno. Haneke operaba de fuera hacia adentro, desde la represión manifestada, desde la violencia inconscientemente interiorizada; Scheepers, desde una perspectiva opuesta, de dentro hacia fuera, desde la manifestación reprimida y la violencia involuntariamente exteriorizada.
El terrorífico in crescendo narrativo, tan reminiscente del primer Eggers, especialmente el de
El faro (2019), que, en constante dinamismo, pasa de la aparente intrascendencia inicial a la apoteosis final, consuma la danza macabra que meticulosamente Scheepers ha construido con el silencio como materia prima, esculpiendo en él insinuantes miradas sin corresponder, acechantes sombras y oníricas presencias: infiltración diabólica de ese triste Anticristo que no puede evitar destruir a aquellos a quienes ama, condenado a vagar de víctima en víctima. ♦