Jesse en las ciudades
Crítica ★★★★☆ ½ de «C'mon C'mon. Siempre adelante», de Mike Mills.
Estados Unidos, 2021. Título original: «C’mon C’mon». Dirección: Mike Mills. Guion: Mike Mills. Compañía productora: Be Funny When You Can. Distribuidora: A24. Dirección de fotografía: Robbie Ryan. Música: Bryce Dessner, Aaron Dessner. Montaje: Jennifer Vecchiarello. Producción: Chelsea Barnard, Lila Yacoub, Andrea Longacre-White. Intérpretes: Joaquin Phoenix, Gaby Hoffmann, Scoot McNairy, Molly Webster, Jaboukie Young-White, Woody Norman. Duración: 108 minutos.
En
Alicia en las ciudades (1974), Wim Wenders seguía los pasos de un periodista alemán, Philip Winter, varado en Nueva York. Comisionado para redactar un artículo sobre los paisajes norteamericanos, el proyecto se ve frustrado cuando termina absorbido por la inmensidad, la desolación y el vacío que lo rodean. Ingeniando en el aeropuerto la forma de regresar a Múnich en plena huelga de controladores aéreos, Philip conoce a una mujer alemana y a su hija, Alice, en la misma situación. Bajo el pretexto de solventar una ruptura reciente, la madre deja a la pequeña a cargo del amable desconocido. Alguien podría pensar a la luz de esta premisa (y del blanco y negro y del formato
road movie) que
C'mon C'mon, la última cinta del realizador estadounidense Mike Mills, se resume a una mera reformulación de la anterior. Sin embargo, las similitudes, que tienen más de homenaje que de plagio, son tan patentes como sus diferencias.
En la obra que nos ocupa, Johnny, un locutor de radio de mediana edad, recorre diferentes ciudades de Estados Unidos con su sobrino Jesse para entrevistar a jóvenes de diversos trasfondos sociales sobre su percepción del futuro. ¿La razón? Darle tiempo a la madre de Jesse para que convenza a su marido —un músico de la Sinfónica de Oakland— de ingresar en una clínica y así lidiar con los problemas de salud mental que le acechan. Ahora bien, mientras que
Alicia en las ciudades se sustentaba sobre tomas dilatadas sin apenas diálogo y un marcado distanciamiento respecto de los personajes,
C'mon C'mon enfatiza las emociones del dúo protagonista por medio, fundamentalmente, de la palabra hablada. El resultado es un sensibilísimo estudio acerca de la relación entre niños y adultos en un contexto de incertidumbre generalizada donde los miedos, las inquietudes y los sueños de unos y otros son, en esencia, idénticos. La película parece echar un pulso a la tendencia, tan manida como irrealista, que sitúa los dos escalones generacionales como polos opuestos destinados a simplemente tolerarse hasta que el relevo biológico se produzca. La figura ambivalente del tío, desprendida de la jerarquía paternofilial, coadyuva a reflejar esa camaradería que Mills no solo cree posible, sino también deseable.
El intimismo en que se desarrolla la relación entre Johnny y Jesse se superpone a la magnitud de un entorno que les excede. Viajarán de Detroit a Nueva Orleans pasando por Los Ángeles y Nueva York, dibujando una suerte de rosa de los vientos a lo largo y ancho de un territorio en plena transición y declive. Las lecturas de
El mago de Oz en la seguridad del dormitorio contrastan con los amplísimos planos a vista de pájaro salpicados de rascacielos. Todos ellos están rodados en el acertado blanco y negro de Robbie Ryan (
American Honey, 2016;
Marriage Story, 2019), que acentúa tanto la soledad inescapable del nómada como la aspereza y la indiferencia del amasijo urbano.
C'mon C'mon es asimismo una mirada melancólica al pasado y un pronóstico optimista del futuro. No es casual que Johnny sea periodista de radio, un oficio que en tiempos del podcast se juzga anacrónico. Tampoco lo son las localizaciones. Si bien Nueva Orleans fue otrora el bastión de la metrópolis francesa al otro lado del Atlántico y Detroit el motor de la economía estadounidense, la primera vive hoy bajo la amenaza de quedar sumergida y la segunda ha sido declarada en bancarrota. En cambio, Nueva York y Los Ángeles son en la actualidad las pujantes capitales del país a este y a oeste (es el propio Johnny quien nos recuerda que la Gran Manzana «representa el futuro»).