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    Michael Almereyda
    Michael Almereyda

    La memoria de los muertos

    Crítica ★★★★ de Marjorie Prime (Michael Almereyda, Estados Unidos, 2017).

    El caso de Michael Almereyda era, hasta el momento, el de uno de esos realizadores aún necesitados de esa obra que les diesen el empujón definitivo para consolidarse dentro de la industria. Poseedor de una filmografía breve pero de lo más ecléctica (y errática), en la que tienen cabida algunos productos fallidos –la comedia Twister (1989), la cinta de terror La momia (Trance) (1998)–, hay que reconocerle, no obstante, ciertas inquietudes que podrían hacernos intuir que dentro de él podría esconderse un cineasta a descubrir. Ha emprendido dos personales y muy desiguales versiones actualizadas de la obra de Shakespeare con Ethan Hawke como protagonista, la nada desdeñable Hamlet (2000) y el flojísimo policíaco Guerra total (2014) que pretendió ser una adaptación de Cymbeline, y sorprendió gratamente con Experimenter: La historia de Stanley Milgram (2015), su interesante visión del polémico trabajo de aquel psicólogo en la Universidad de Yale, en 1961. Dos años después de esta última, parece que Almereyda ha encontrado en Marjorie Prime (2017) el material perfecto para lucirse y dar el salto a la primera división en su doble función como director y guionista. La adaptación de la obra de Jordan Harrison, nominada al Pulitzer en 2014, no era una empresa fácil de trasladar a la gran pantalla. Una historia de hechuras eminentemente teatrales, con escasez de escenarios y pocos personajes. Mucho diálogo y poca acción para un trabajo que el realizador ha sabido manejar con elegancia y sabiduría para que sea capaz de funcionar de manera cinematográfica, a través de una puesta en escena minimalista que ayuda sobremanera a crear la atmósfera íntima que su relato, enmarcado en un futuro no demasiado lejano, requería. Marjorie Prime es un drama independiente que utiliza el género de la ciencia ficción para hablarnos de sentimientos, sin necesidad de efectos especiales ni artificios, que bien puede considerarse una de las joyas ocultas del recién acabado 2017, de esas que pasan desapercibidas por las carteleras de cine pero que dejan un gran sabor de boca en su paso por festivales.

    Es de agradecer que una cinta de temática fantástica se preocupe más del contenido que de las formas, planteando en sus diálogos multitud de sugestivas reflexiones en torno a temas trascendentales como las relaciones familiares, la enfermedad o la muerte, algo que la emparenta con el intimismo de otros títulos de culto como The Man from Earth (Richard Schenkman, 2007) o Ex Machina (Alex Garland, 2015). La historia nos traslada a la sociedad de 2050, una época en la que la inteligencia artificial ha experimentado importantes progresos, formando parte del día a día de la mayoría de los hogares en los que se ha conseguido integrar de forma natural, como una herramienta más al servicio del bienestar humano. Es el caso de la casa en la que vive la octogenaria Marjorie, antigua violinista que afronta los crueles achaques del Alzheimer en compañía de su hija Tess y el marido de esta, Jon. En ella cohabita Walter, una réplica holográfica del difunto esposo de Marjorie cuando tenía unos 40 años, encargado de contarle cada día historias de su pasado en común con el fin de que ella no olvide. Unos recuerdos distorsionados y, en ocasiones, selectivos (tiene prohibido nombrar al hijo que se quitó la vida) que el atento Walter, sentado cómodamente en el sofá del salón, va refrescando a la anciana, a modo de agridulces pequeñas anécdotas, haciendo que, por momentos, esta acaricie una lucidez que parecía perdida bajo las amenazantes brumas del olvido. El filme está dividido en tres actos perfectamente delimitados que enfrentan a los tres miembros de la familia (Marjorie, Tess, Jon) con la imagen digital de los seres queridos a los que han perdido, mediante conversaciones en las que se filtran sentimientos tan enfrentados como el amor, la añoranza por el tiempo pasado y el rencor. La alta tecnología es empleada con fines terapéuticos en el futuro imaginado por Jordan Harrison, posibilitando, además, una escalofriante fábula (siempre como telón de fondo) en la que estas copias artificiales de personas muertas parecen tomar consciencia de que, cuanta más información adquieren acerca de las mismas, más próximos estarán de parecer el humano que anhelan ser.

    por José Martín León
    febrero 14, 2018

    Crítica | Marjorie prime

    por José Martín León | febrero 14, 2018
    Experimenter

    Individuos obedientes para estados totalitarios

    crítica de Experimenter (Michael Almereyda, EE.UU. 2015).

    «Somos, no sé por qué, dobles, de modo tal que descreemos de aquello en que creemos y no podemos deshacernos de aquello que condenamos». Montaigne.

    Los estudios de mercado habrán determinado que no merece la pena arriesgarse con un producto que gira alrededor de la mente humana y de las razones del comportamiento injusto, de la obediencia ciega. Un olvido que afecta a una película que demuestra, precisamente, lo flexible que puede ser la voluntad, lo fácil que es conducirla por caminos que excluyen la responsabilidad personal en las consecuencias de actos que sólo dependen de nosotros. Actos esencialmente injustos que amparamos en el cumplimiento de una orden. De forma sistemática la Historia de la Humanidad nos demuestra la cantidad de barbarie que encierran muchos actos individuales que nadie reconocería estar dispuesto a cometer, y pese a ello, se cometen. Las razones de este comportamiento las quiso conocer Stanley Milgram. Él (un Peter Sarsgaard extraordinario en su contención y en su tristeza) es el centro de la trama de Experimenter. Y sin embargo no estamos ante una biografía al uso, en este caso los experimentos del psicólogo sirven de puntos de anclaje para conocer el pensamiento y la vida del científico. El relato cronológico se llena de saltos en el tiempo hacia delante, con un único retroceso, el momento en que Milgram conoce a la que sería su compañera toda la vida, Shasha (Wynona Ryder, excesiva en su gestualidad en varias escenas). Nuestro protagonista, psicólogo experimental de origen judío, es consciente del azar que ha provocado su existencia. Siendo hijo de emigrantes húngaros y rumanos, nacido en 1933 en el Bronx, era tan conocedor de su suerte, y la de sus padres, por haber emigrado de Europa antes del nazismo, que su deambular por universidades, por salas de ensayos, por la propia vida; parece lastrada por un peso invisible que hunde sus hombros, que coloca en sus piernas un impedimento tal, que le impide andar con un mínimo de ligereza. Es la pesadumbre de un superviviente que podía haber desaparecido como efecto de la teoría experimental que trata de acreditar. Su mirada nos escruta, nos interroga, se dirige a nosotros con enorme tristeza, aumentada al constatar que el comportamiento humano puede ser injustamente obediente con independencia del país o del sistema político en que se viva. Un experimento diseñado para demostrar que la sociedad norteamericana era mejor que la alemana demostró lo contrario, algo inasumible para la clase dominante del momento.

    El experimento de Milgram, el principal, consistió en colocar a una serie de sujetos en la tesitura de poder infringir daño a un tercero en el cumplimiento de una orden que emanaba de uno de los investigadores. El investigado no veía a la víctima, pero podía intuir lo que le podía estar pasando. Milgram creía que los resultados del experimento demostrarían que la inmensa mayoría de norteamericanos se negaría a obedecer una orden absurda y dolorosa, que ninguno de ellos accionaría el botón de descarga eléctrica cuando el “aprendiz” fallara la respuesta. Eran órdenes verbales al sujeto de investigación, hechas por una persona que llevaba bata y representaba la autoridad, sin consecuencias personales para el caso de ser incumplidas, y, pese a las dudas, el nerviosismo, el aparente rechazo a querer seguir, un 65 % de los estudiados completaron la prueba hasta el final; y eso pese a oír los gritos de dolor de la presunta víctima. Hombres o mujeres, negros o blancos, jóvenes o viejos, los resultados fueron idénticos y concluyentes. Esa obediencia ciega es la que casi nadie se atreve a discutir bajo la excusa de que el hombre con la bata blanca asume las responsabilidades de la orden, justificarse en el cumplimiento de un mandato. Milgram termina insatisfecho el experimento. La educación en unos determinados valores, la supuesta libertad del país; no consiguen una conclusión muy diferente de la que se ha sufrido en la Alemania nazi. Tratando de probar las diferencias termina demostrando las similitudes. La revelación de esas conclusiones, en un país en plena Guerra Fría, años 1961 a 1963, no gustaron al mundo académico (se le cerraron definitivamente las puertas de Yale y de Harvard), ni al Comité Deontológico que examinó su proyecto tachándole de antiético por partir de un engaño a sus investigados ocultándoles la verdad; pero lo que no se podía borrar era que estamos regidos por unas funciones psicológicas de la obediencia, unos impulsos que nos impiden desobedecer a la autoridad aun sabiendo que la acción pedida es esencialmente mala. Los resultados son atroces y devastadores para la sociedad estadounidense, porque si la autoridad que gobernara a esa sociedad fuera malévola, el carácter estadounidense no se abstraería de esa brutalidad y se podría comportar como la sociedad de la Alemania nazi, algo impensable hasta entonces.

    por EAM
    febrero 15, 2016

    Crítica | Experimenter

    por EAM | febrero 15, 2016

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