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    Manolo Solo
    Manolo Solo

    La extraña amabilidad

    Despedida a Manolo Solo, alguien más que un grandísimo actor.

    AARÓN RODRÍGUEZ SERRANO | València.

    El rostro de Manolo Solo invitaba a la calma. Al menos, en muchos de los personajes que uno recuerda, en muchas de las escenas que uno recuerda, siempre se impone esa voz que ahora vuelve como un eco, una voz en el cine contemporáneo porque apenas era estridente, apenas buscaba el subrayado, era la voz que había ido emergiendo de la caverna de los actores secundarios y traía aquí, con delicadeza, una cierta frase. No había que forzar el ánimo ni puntear el contexto: Solo se paseaba por el diálogo casi de puntillas, con un control absoluto del tempo, con una precisión quirúrgica. Y sin embargo, era una voz siempre humana.

    Como humana era, valga el mal juego de palabras, la humanidad de sus personajes. O lo que uno quería que fuera esa humanidad distante, melancólica, una humanidad que había ido haciendo crecer en la última década y que le llevó a protagonizar dos de las gestas más indudablemente hermosas del presente: Cerrar los ojos (Víctor Erice, 2023) y Una quinta portuguesa (Avelina Prat, 2025), a las que volveré más adelante. Era una humanidad que venía de lejos y que le salía incluso en contra suya, en los villanos o los personajes taciturnos, los burócratas del mal o del tedio que había ido coleccionando en el currículum. Había que trabajar y Manolo Solo había trabajado: aquí y allá, en cárceles mohosas de blockbusters patrios y en comedias populacheras y costumbristas. En thrillers que querían ser de Hollywood pero en los que Solo traía el barrio y la mirada cansada del detective local. En la televisión del mediodía y en la del turno de noche, en los seriales y en lo que saliera, porque lo importante era el trabajo mismo y así casi nunca se le veía mal en pantalla, sino que iba aprendiendo y aprendiéndose y por el camino le salían cosas hermosísimas, sobre todo a partir de esa voz que iba prestando aquí y allá, a cortos y a seriales, la voz —queda dicho— de esa humanidad que esperaba pacientemente en la trastienda a encarnarse.

    España es un país que gusta mucho de cornear a sus actores y actrices, y ya no digamos a los secundarios. Pasar del fondo de un plano de Iñárritu a encarnar a Ibáñez en El gran Vázquez (Óscar Aibar, 2010), ir contando los créditos y montando las fotografías, haciendo lo que saliera. Sin embargo, yo me atrevería a señalar que la primera vez que Manolo Solo se impuso con toda brutalidad fue en un film tan áspero, tan decisivo en su tiempo, tan complejo como La herida (Fernando Franco, 2013). Comenzaba a emerger, escena tras escena, esa increíble paciencia, esa contradictoria comprensión y cercanía ante el dolor del mundo, y lo hacía con un movimiento de cámara deslumbrante.

    Franco seguía los pasos de Ana (Marián Álvarez) después de haberla encerrado en un ataque de pánico. Los primeros minutos de la cinta exigían ese hermetismo incómodo, esa exploración del rostro de la mujer. Sin embargo, había que salir, y al otro lado, en un travelling tomado a mano, estaba Jaime (Manolo Solo) esperando, apoyado en la ambulancia.

    por Aarón Rodríguez
    julio 30, 2026

    Manolo Solo: La extraña amabilidad

    por Aarón Rodríguez | julio 30, 2026

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