
Podríamos afirmar que el fenómeno de las explotation movies (películas de explotación) es casi tan antiguo como el mismo cine. Con el objetivo prioritario de hacer dinero a costa de un tema tabú para las grandes productoras mostrándolo de la forma más escandalosa y exagerada posible, estas películas a menudo eran presentadas con fines educativos para evadir cualquier ataque de la censura. Pero de educativas nada: lo que de verdad mostraban era todo aquello que el espectador quería ver y no era accesible en los circuitos comerciales hollywoodenses. Películas que plasmaban la violencia de forma cruda, el sexo de una manera desbocada y que planteaban cuestiones bajo la dudosa moralidad de estar educando a su público potencial. Los temas eran todos aquellos que dieran pie a convertir una historia tabú para las grandes productoras de Hollywood en algo plagado de violencia, sexo y conductas desviadas: matrimonios con niñas, trata de blancas, prostitución, el consumo de drogas, la homosexualidad, las enfermedades venéreas, películas de partos y educación sexual (léase desnudos)… Ya sabéis, lo que nunca debéis hacer y todo aquello sobre lo que debéis prevenir y educar a vuestros hijos. Estrenadas en cines marginales de las ciudades o en los pueblos, la gente acudía en masa a verlas, tanto por el morbo como porque de verdad había quien esperaba aprender algo en ellas. Así, las películas de educación sexual atraían mayoritariamente al público femenino en una época donde acceder a estos conocimientos era difícil. Eran un negocio boyante y seguro, y solo a partir de finales de los sesenta la cosa comenzaría a ponerse seria de verdad buscando cada vez más traspasar el límite que Hollywood no se atrevía a cruzar. Era una huida hacia adelante sin salida: cuanto más permisivo era Hollywood con sus películas, más líneas rojas debían atravesar las explotation movies en busca de su público.