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    Lee Cronin
    Lee Cronin
    || Críticas | ★★★★☆
    La momia de Lee Cronin
    Lee Cronin
    El diablo viste con vendas


    José Martín León
    Telde (Las Palmas) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2026. Título original: Lee Cronin's The Mummy. Dirección: Lee Cronin. Guion: Lee Cronin. Producción: Jason Blum, James Wan, John Keville. Productoras: Atomic Monster, Blumhouse Productions, Doppelgängers, New Line Cinema, Wild Atlantic Pictures. Distribuidora: Warner Bros. Fotografía: Dave Garbett. Música: Stephen McKeon. Montaje: Bryan Shaw. Reparto: Jack Reynor, Laia Costa, Natalie Grace, May Calamawy, Shylo Molina, Billie Roy, Verónica Falcón, Hayat Kamille, May Elghety, Emily Mitchel, Mark MitchinsonTim Seyfi, Husam Chadat.

    Hacía mucho tiempo que el mito de la momia pedía a gritos una película definitiva que hiciera honor a su capacidad para generar pesadillas. Vale que La momia (Stephen Sommers, 1999) y sus continuaciones tuvieron su gracia, pero no pueden tomarse de otra manera que no sea como entretenidísimas cintas aventuras con aires de serie B, a lo Indiana Jones, donde el terror quedaba relegado un segundo plano, dentro de unos espectáculos más generosos en acción y efectos especiales. También es un acertado ejercicio obviar la desastrosa La sombra del faraón (Russell Mulcahy, 1999), que, estrenada el mismo año que la primera entrega protagonizada por Brendan Fraser, trató de subirse al carro de su éxito con resultados aberrantes (a pesar de Sophie Marceau). Por no hablar de uno de los peores blockbusters de Tom Cruise, aquella La momia (Alex Kurtzman, 2017) que fuera concebida como inicio de un mastodóntico proyecto bautizado como "Dark Universe", cuyo objetivo era el de resucitar a los monstruos clásicos, pero que quedó automáticamente abortado tras sus decepcionantes resultados (más críticos que comerciales, todo hay que decirlo). Por todo ello, habría que remontarse al cine clásico para reencontrarse con la auténtica grandeza del mito en La momia (Karl Freund, 1932), la mítica aportación de la Universal a su galería de monstruos, con un formidable Boris Karloff encarnando al sumo sacerdote Im-Ho-Tep. Una poderosa historia de amor más allá del tiempo y de la muerte, que, casi un siglo después de su estreno, continúa siendo la mejor aportación al subgénero de resurrecciones egipcias que se ha rodado nunca, con permiso de la también notable La momia (Terence Fisher, 1959) de la mítica Hammer, donde Christopher Lee ejerció de la momia Kharis. Pues bien, los aficionados al género estamos de enhorabuena, porque el mito regresa a la gran pantalla con la intención de acentuar la vertiente más terrorífica (por algo lleva el sello de Jason Blum y James Wan, auténticos expertos en el arte de hacernos pasar miedo), contando para ello con un director tan capaz como Lee Cronin, que, después de la correcta Bosque maldito (2019), había roto todos los esquemas con Posesión infernal: El despertar (2023), su loquísima aportación al legado de Sam Raimi.

    Parece toda una declaración de intenciones que el título del filme sea La momia de Lee Cronin, como si su director quisiera dejar claro que la suya es una obra muy personal (el guion es suyo) y que llega avalada por un sello autoral muy marcado en el que da la sensación que los estudios le han otorgado carta blanca para que rodara lo que quisiera, sin ningún tipo de censura. Se trata de una reinterpretación muy libre, como era de esperar, donde el cineasta se lleva el mito a su terreno, el de las posesiones demoníacas. La historia comienza en El Cairo, donde Charlie, un periodista televisivo norteamericano, vive con su familia, formada por su esposa embarazada Larissa y dos hijos, Sebastián y Katie. Esta última desaparece sin dejar rastro, hasta que es recuperada, con signos de momificación, en el interior de un sarcófago hallado entre los restos de un accidente aéreo, ocho años más tarde. La primera parte de la película es ciertamente interesante, ya que consigue generar un considerable halo de misterio en torno a la desaparición de la niña y sobre cuáles fueron los motivos por los que fue elegida para ser sometida a semejante tormento. Dentro de lo fantástico de la propuesta, hay cierta turbiedad en esta trama casi policiaca y repleta de misterio –muy a la manera de la nunca suficientemente reivindicada La autopsia de Jane Doe (André Øvredal, 2016)–, donde Charlie trata de buscar respuestas y ni las autoridades egipcias, bastante incrédulas, ni los médicos, consiguen ofrecérselas, que sabe enganchar al espectador con facilidad. También acierta Cronin a la hora de mostrar el difícil periodo de adaptación de la recién encontrada Katie dentro de un hogar donde ahora hay también una nueva hermana, Maud, que tiene exactamente la misma edad que ella cuando desapareció, y una abuela, Carmen, profundamente católica, que ahora vive con ellos. Como se puede adivinar, Katie no es ahora la pobre niña enferma y desvalida que parece, ya que no ha venido sola, porque existe una entidad diabólica escondida en su interior que comenzará a convertir la vida de los Cannon en una pesadilla. Toda esta primera mitad de la película está rodada, quitando algunos momentos genuinamente sanguinolentos, marca de la casa, con un tono más o menos sobrio, dejando espacio para que sus personajes desarrollen con convicción una trama dramática en la que el duelo y la culpa tienen un gran peso –algo en lo que recuerda, salvando las distancias, a la reciente Devuélvemela (Michael Philippou, Daniel Philippou, 2025)–, hasta el momento en que La momia de Lee Cronin empieza a entrar en unos terrenos más propios de los de la emblemática El exorcista (William Friedklin, 1973), de la que podría ser una hija bastarda y con la que comparte el protagonismo de una niña poseída y una maldición llegada desde lejanas excavaciones.

    A partir de ahí cuando empiezan a sucederse las consabidas escenas de acrobáticas contorsiones en la cama de la posesa, las frases blasfemas y los vómitos, así como los primeros síntomas de peligro dentro del hogar, con ataques cada vez más furibundos contra los distintos miembros de la familia. Y es entonces cuando la cinta pega un vuelco tonal, volviéndose mucho más explícita y gamberra, hasta el punto en que parece más que Lee Cronin esté regalándonos una nueva entrega de Posesión infernal que la tradicional cinta de momias. De hecho, hay algunas escenas muy reconocibles, que funcionan como guiño claro al maestro Raimi –cierto personaje en estado de posesión, asomando por la compuerta del sótano–, y si por algo se caracterizará este filme es por lo poco que sus creadores se han cortado a la hora de ofrecer gore y sangre para los amantes de este tipo de terror más extremo. Estamos ante una golosina de lo más disfrutable, en la que parecen convivir dos películas distintas, una más inquietante y oscura y otra más lúdica y divertida –atención a todo lo que acontece durante un funeral, tan grotesco y excesivo que no tiene desperdicio alguno–, pero lo sorprendente del asunto es que la mezcla funciona y cada una de sus partes está perfectamente rematada para conseguir impactar como pocas propuestas del género. Hay una puesta en escena contundente, donde los escuetos 22 millones de dólares de presupuesto lucen como si fueran muchos más. Hay secuencias espectaculares, a nivel de efectos especiales –la tormenta de arena durante el secuestro de Katie–, un extraordinario trabajo de maquillaje que hace que la joven Natalie Grace luzca como un ser monstruoso y absolutamente repulsivo (ayudado por su también fantástica labor interpretativa) y una continua sucesión de set pieces, a cuál más horripilante, que crea la sensación de estar a bordo de un tren de la bruja pasado de rosca. Como puntos negativos, tal vez se podría haber dado más cancha a algunos personajes secundarios con potencial o haber indagado un poco más en el origen de la maldición (aunque la escena de la grabación de video es de lo más perturbadora), pero los actores están tan bien dirigidos y ofrecen actuaciones tan convincentes –Jack Reynor tiene carisma, la española Laia Costa está excelente en su rol de madre sufridora, digna sucesora de otras como la Ellen Burstyn de El exorcista o JoBeth Williams en Poltergeist (Tobe Hooper, 1982) y los niños no pueden estar mejor–, que poco más se le podría exigir. La momia de Lee Cronin es una deliciosa propuesta de horror en estado puro, "creepy", sucia y supurante, que, tal vez no sea del agrado de quienes prefieran un terror más "elevado", pero que hará las delicias de quienes crecimos con Raimi, el primer Peter Jackson o el body horror del maestro italiano Lucio Fulci. ♦


    por José Martín León
    abril 22, 2026

    Crítica | La momia de Lee Cronin

    por José Martín León | abril 22, 2026
    || Críticas | ★★★★☆
    Posesión infernal:
    El despertar
    Lee Cronin
    El Necronomicón expande fronteras


    José Martín León
    Telde (Las Palmas) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2023. Título original: «Evil Dead Rise». Dirección: Lee Cronin. Guion: Lee Cronin. Producción: Rob Tapert, Sam Raimi, Bruce Campbell. Productoras: Ghost House Pictures, New Line Cinema, Warner Bros., Wild Atlantic Pictures. Distribuidora: Warner Bros., Max. Fotografía: Dave Garbett. Música: Stephen McKeon. Montaje: Bryan Shaw. Reparto: Lily Sullivan, Alyssa Sutherland, Gabrielle Echols, Morgan Davies, Nell Fisher, Jayden Daniels, Mark Mitchinson, Mirabai Pease, Anna-Maree Thomas, Richard Crouchley, Noah Paul, Billy Reynolds-McCarthy, Tai Wano. Duración: 97 minutos.

    Hubo un tiempo en el que las grandes películas de terror nacían de proyectos modestos, rodados entre amigos, sin casi presupuesto, pero con muchas ideas y, sobre todo, ilusión. La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, 1968) o La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974) fueron la prueba palpable de ello y, en los 80, fue Sam Raimi quien consiguió su propio hito dentro del género, rodado en 16 mm. con solo 375 mil dólares. Posesión infernal (1981) llevaba a cinco amigos universitarios a una perdida cabaña en los bosques de Tennessee, donde encontraban un siniestro libro, el Necronomicón Ex Mortis (“Libro de los Muertos”) y unas grabaciones de audio donde el anterior inquilino del lugar recitaba pasajes de sus páginas. Como no podía ser de otro modo, los incautos jóvenes, al jugar con fuego, terminaban despertando a unas fuerzas diabólicas del bosque que irían poseyendo sus cuerpos uno tras otro. La cinta llamó la atención por su perfecta combinación de gore –mutilaciones, sangre y todo tipo de viscosidades inundaban la pantalla– y humor negro, con unos movimientos de cámara asombrosos que hacían que la amenaza invisible fuera perceptible en todo momento. Los efectos especiales y de maquillaje, en la brutal caracterización de los personajes poseídos, fueron también de lo más resultones, pese a su carácter artesanal y barato. Bruce Campbell, en su rol del superviviente Ash, se convirtió en uno de los héroes más icónicos del género, papel que explotaría hasta la saciedad, tanto en las dos secuelas, Terroríficamente muertos (1987) –casi una repetición de la historia de la anterior película, acometida con un presupuesto mayor y mejores medios–, y la más ambiciosa El ejército de las tinieblas (1992), toda una gozada que acentuaba los toques de comedia, mezclándola con la fantasía oscura en una trama repleta de efectos especiales que homenajeaban al stop-motion Ray Harryhausen –esos esqueletos vivientes, que parecen salidos de Jason y los argonautas (Don Chaffey, 1963)– y que llevaba a Ash a la Edad Media, como en las tres temporadas de la serie de culto Ash contra el mal. 2013 fue el año en que el uruguayo Fede Álvarez –luego director de la estupenda No respires (2017)– resucitaría, por todo lo alto, el universo Evil Dead, gracias al éxito de su violentísimo reboot Posesión infernal, con una protagonista femenina en plena desintoxicación de su adicción a las drogas, acosada junto a su grupo de amigos –la idea de que, en un principio, no supieran distinguir los efectos del mono de una posesión demoniaca fue, desde luego, original– por las oscuras entidades de una cabaña del bosque.

    El triunfo, tanto comercial como de crítica, de aquella actualización más seria y sórdida del mito del Necronomicón –sin Raimi tras las cámaras ni Campbell en su papel de Ash, desaparecía ese humor físico que caracterizaría a la trilogía clásica, tan cercano al cartoon–, ha propiciado que ahora llegue a los cines una secuela, Posesión infernal: El despertar (2023), realizada por Lee Cronin, cuya mejor carta de presentación sería la interesante Bosque maldito (2019). Lo primero que llama la atención del proyecto es su apuesta por alejarse de lo visto anteriormente, buscando su propia personalidad sin, por ello, renunciar a todo tipo de guiños a la mitología de la saga. Para ello, la acción se aleja del alejado escenario de la tradicional cabaña del bosque para traerla a un entorno más urbano –similar táctica le funcionó estupendamente a la reciente Scream VI (Matt Bettinelli-Olpin, Tyler Gillett, 2023)–, concretamente a un destartalado apartamento de las plantas altas de un ruinoso edificio de Los Ángeles que está a un mes de ser derruido, dejando a todos sus inquilinos en la calle. La nueva historia presenta como protagonistas a una familia que se aleja completamente de la perfección mostrada en clásicos del género como Poltergeist (Tobe Hooper, 1982), encabezada por dos hermanas adultas antagónicas: Beth (Lily Sullivan), más independiente y centrada en su trabajo como técnico de sonido, pero enfrentada a un embarazo no buscado que lleva en secreto, y Elle (Alyssa Sutherland), también madre soltera, que trata de sacar adelante a sus tres hijos, los adolescentes Danny y Bridget, y la pequeña Kassie (todos con personalidades muy bien definidas), después de la reciente ruptura de su última pareja. La relación entre ambas no es nada idílica, ya que guardan cosas del pasado que reprocharse mutuamente, pero su reencuentro, tras años de separación, coincide con una serie de acontecimientos que culminan con la apertura del Necronomicón, algo que desata la furia de las entidades demoníacas conocidas como Deadites, convirtiendo a Elle en un ser monstruoso sediento de sangre.

    Desde su espectacular prólogo de diez minutos, en una cabaña junto a un lago, Posesión infernal: El despertar pone las cartas sobre la mesa y deja claro que esto es Evil Dead en estado puro. Asegura el director que empleó 6500 litros de sangre falsa para el filme y lo cierto es que es algo que se aprecia en pantalla, pues estamos ante una orgía de violencia explícita, con desmembramientos, decapitaciones y demás salvajadas, por doquier. El claustrofóbico escenario del edificio en ruinas (más aún tras producirse un terremoto), con sus oscuros pasillos, sus viejos ascensores que rara vez funcionan, un lúgubre parking, y esa casa de la familia protagonista, donde acontece la mayor parte de la acción, funciona a la perfección en esta nueva pesadilla que busca la complicidad del fan de toda la vida de la franquicia, a través de aquellos movimientos de cámara imposibles (la película se abre con uno de ellos), escenas que mezclan gore y humor bizarro –ese ojo juguetón, salido de su cuenca, es puro Raimi, no solo el de Evil Dead, sino también el de la maravillosa Arrástrame al infierno (2009)–, y autorreferencias clásicas, como la entrada en acción de la mítica motosierra. Lily Sullivan compone una heroína luchadora cargada de fuerza y carisma, mientras que Alyssa Sutherland está magnífica disfrutando de su sádica encarnación de madre diabólica. Al igual que REC (Jaume Balagueró, Paco Plaza, 2007), esta entrega es un auténtico tren de la bruja desarrollado casi íntegramente en el interior del viejo edificio, sin, por ello, levantar en ningún momento el pie del acelerador. Muertes salvajes, transformaciones de lo más impactantes, una sucesión de set pieces de terror absolutamente modélicas –la de la bañera, la de la matanza vista desde el ojo de buey de la puerta o el clímax final en el parking–, todo está diseñado para encumbrar a esta película como una más que digna incorporación a la serie, algo que consigue con creces. Tal vez no llegue a alcanzar la brillantez formal de la anterior de Fede Álvarez (aquella lluvia de sangre fue, sencillamente, insuperable), pero esta Posesión Infernal: El despertar, no solo es un verdadero regalo para los amantes del horror más físico y sanguinolento, sino que abre nuevos horizontes a una saga que corría el peligro de estancarse en los recónditos bosques, demostrando que el Mal no conoce fronteras y amenaza en cualquier rincón. Más de 40 años después, aquel humilde divertimento amateur rodado por Raimi sin apenas medios sigue manteniendo su esencia intacta como el primer día y su legado promete dar aún muchas alegrías en el futuro.


    por José Martín León
    abril 24, 2023

    Crítica | Posesión infernal: El despertar

    por José Martín León | abril 24, 2023

    No sin mi hijo

    Crítica ★☆☆☆☆ de «Bosque maldito», dirigida por Lee Cronin.

    Irlanda – Bélgica – Finlandia, 2019. Título original: The Hole in the Ground. Director: Lee Cronin. Guion: Lee Cronin y Stephen Shields. Productoras: Savage Productions, Bankside Films, Head Gear Films, Metrol Technology y Wrong Men North. Productores: Conor Barry y John Keville. Estreno: 25 de enero de 2019. Fotografía: Tom Comerford. Música: Stephen McKeon. Montaje: Colin Campbell. Diseño de producción: Conor Dennison. Dirección artística: John McHale. Intérpretes: Seána Kerslake, James Quinn Markey, Kati Outinen, James Cosmo, David Crowley, Simone Kirby.

    El espejo deformado como metáfora de una realidad que oculta verdades terribles pareciera revolverse en su significado en Bosque maldito (The Hole in the Ground, 2019), la primera película del director irlandés Lee Cronin. Una joven madre y su pequeño hijo contemplan sus rostros distorsionados en una sala de espejos que devuelven imágenes monstruosas que provocan sus risas. Se convertirá en una broma privada entre ellos el retarse a mantener durante el mayor tiempo posible una mueca grotesca, siendo el perdedor del duelo aquel que antes ceda y recupere una expresión normal. Ambos comienzan una nueva vida en una casa aislada al borde de un extenso y ancestral bosque y será allí donde comiencen a acontecer sucesos misteriosos: golpean a una mujer con el retrovisor del coche de manera accidental pero esta ni se inmuta, permanece impasible mientras sus labios se mueven musitando un galimatías incomprensible; la madre descubre en el interior del bosque un inmenso cráter de cuyas paredes no dejan de desprenderse puñados de tierra hacia un fondo que palpita como si estuviera vivo; y, lo más extraño, el hijo comienza a desarrollar un oscuro comportamiento que llevará a la madre a empezar a temer que ese ya no es su amado retoño. Breves anotaciones al margen que indican que en sus cotidianas vidas ha anidado lo anormal, el espejo real se ha deformado y lo monstruoso ya no es un reflejo. De hecho, como más adelante se descubrirá, serán los espejos la única forma de detectar la realidad. Solo el cristal azogado mostrará la verdad.

    Bosque maldito es una película de terror que se desenvuelve a ritmo pausado, queriendo buscar un tono introspectivo y paranoide apoyándose en tópicos del género: el niño raro que deviene diabólico, ese algo que parece que entrevemos pero que resulta no ser nada, una puerta que golpea su marco mecida por el viento como culmen del horror, un personaje obsesionado hasta tal punto que ya no sabemos si su miedo está justificado o se trata de un delirio enfermizo, un destello de espanto que resulta ser un sueño, un sótano cuya luz siempre parpadea y que acabará fallando en el momento más inoportuno o esa linterna que no hay manera de que funcione correctamente justo cuando más la necesitamos… Y es que quizá lo maravilloso del cine de género es que puede utilizar sin reparos cientos de lugares comunes que, con un mínimo de pericia en el peor de los casos o con un poquito de gusto artístico en el mejor, pueden resultar efectivos, servir de puntal reconocible para empujarnos cuando menos lo esperamos al corazón del horror. Pero no encontraremos esto en Bosque maldito. Cronin no es capaz ni de engarzar con un mínimo de credibilidad escenas que de tan vistas ya ni las ponemos en duda. Las diversas secuencias se van engarzando por pura acumulación, sin continuidad, ocultando toda información visual al espectador y cerrando casi todas las escenas en las que ocurre algo con el rostro en primer plano o plano medio de la actriz mirando no sabemos si aterrorizada o aburrida hacia donde acontece la acción. Una realización de formas televisivas en su peor acepción, esa cuyo modelo de planificación es el contraplano inexpresivo que corta la narración dejando para más adelante las explicaciones. Que llegarán, claro, olvidando por completo el fallido tono de paranoia maternal y decantándose por lo burdo en su desenlace y lo imposible de las situaciones planteadas. Y con un uso de la elipsis tan torpe y tramposa que el filme deviene comedia sin pretenderlo.

    Tampoco ayuda el tono sobrio y circunspecto para una historia de alma pulp, que apunta sin ser consciente de ello a una novela tan alucinante y desbordante en su horror de raíz cósmica como es La casa en el confín de la tierra (The House on the Borderland, 1908), obra del genial escritor británico William Hope Hodgson. Bosque maldito desaprovecha su mágico entorno de soledad milenaria, el silencio eterno del bosque profundo, la atmósfera pesada y agobiante que conlleva el conocer que aquello que más amas te ha sido arrebatado y cambiado por un monstruo, alcanzando la cima del ridículo más abyecto en la secuencia del salvamento in extremis de ese hijo robado. Se pierde la leyenda y se ignora la tradición de cuento cruel, abrazando una puesta en escena de una pobreza notable cuyo estigma más doloroso es el comentado recurso de mantener en plano el rostro de la actriz dejando pasar el metraje hacia la nada más absoluta. Una historia contada sin convicción y con espíritu de confesionario católico. Cronin, en su multipremiado cortometraje Ghost Train (2013), había dado muestras ya de cómo contar de la manera más mortecina posible una anécdota que los guionistas y dibujantes de la mítica revista de cómics Tales from the Crypt (1950-55) habrían convertido en magistral y terrorífica. Bosque maldito resulta más triste aún, el trabajo de un director sin imaginación, sin sentido del humor, sin capacidad para fascinar y con un concepto del género fantástico que se diluye en los primeros planos de un rostro que parece vivir en otra película | ★☆☆☆☆


    José Luis Forte
    © Revista EAM / Cáceres


    por José Luis Forte
    julio 01, 2019

    Crítica | Bosque maldito

    por José Luis Forte | julio 01, 2019

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