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    Kinuyo Tanaka
    Kinuyo Tanaka

    The Moon Has Risen (La luna se levanta)

    月は上りぬ (Tsuki wa noborinu); Kinuyo Tanaka, 1955.

    En el cine, hablar de las «musas» entraña ciertas complicaciones. Sobre todo porque el término se ha aplicado, invariablemente, a actrices a órdenes de directores. Nadie habla del «muso» John Wayne con Ford o Jean-Pierre-Léaud con Truffaut, pero en cuanto aparecen los nombres de, pongamos, Gena Rowlands en relación con Cassavetes o Anna Karina con Godard, la recurrencia a la mitología griega parece obligatoria. Entraña complicaciones, también, porque tiende a asociar la creatividad de un autor terrenal masculino al impulso de una divinidad femenina. Esta significación parece cumplirse a rajatabla con Kinuyo Tanaka, que tiene el «musa de Kenji Mizoguchi» grabado casi como un epitafio. Mizoguchi fue un cineasta de biografía profundamente terrenal al que le gustaba presumir de su faceta de mujeriego y de su habilidad para las peleas de bar, a la vez que un creador de una imagen de la mujer profundamente divinizada en su sufrimiento y sacrificios. Aunque la primera imagen de Tanaka dentro del star system japonés de preguerra estaba asociada a la modernidad (en los años treinta era ya una superestrella en Japón, fue de las primeras famosas en lucir moda occidental y su personalidad era bastante fuerte), sería su posterior trabajo con Mizoguchi el que definiría su imagen para la posteridad. Con personajes como la protagonista de Vida de Oharu, mujer galante (Saikaku ichidai onna, 1952) o papeles secundarios en Cuentos de la luna pálida (Ugetsu monogatari, 1953) y El intendente Sansho (Sansho daiyu, 1954), Tanaka supone el paroxismo de la mujer mizoguchiana: refinada, incorruptible, oprimida sin pudor por una sociedad falocéntrica y en última instancia sacrificada con la muerte o, en el mejor de los casos, la exclusión social. En el cine de Mizoguchi, la indignación con la que se nos mueve a contemplar la opresión femenina solo es superada por la sublimación con la que se muestra ese sacrificio. No en vano, del director se habla como el mayor representante del feminisuto, una especie de rama japonesa del feminismo que no consiste tanto en la denuncia social como en la representación enaltecida del sufrimiento de la mujer, que queda así configurada como divinidad más que como un personaje de carne y hueso. La mujer, la diosa, la musa, el ser de otro mundo que inspira al artista terrenal.

    por Miguel Muñoz Garnica
    diciembre 07, 2018

    Cineclub: La luna se levanta (月は上りぬ, Kinuyo Tanaka, 1955)

    por Miguel Muñoz Garnica | diciembre 07, 2018

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